Textos para pensar


Cuerpo y poder

Josep Maria Blasco [CV]

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Nota del Editor

El presente texto fue distribuido como soporte para la ponencia del mismo título pronunciada por el autor en las XXII Jornadas Psicoanalíticas del EPBCN, tituladas Aperturas en Psicoanálisis (XI).

Introducción: del cuerpo al poder

¿Qué es el cuerpo? Esta pregunta, en cierto sentido, nos puede parecer un poco tonta. «¿Cómo que qué es el cuerpo? ¡Pues esto!», puede contestar, ingenuamente, cualquiera, mientras se señala el cuerpo propio. Y sin embargo, sin embargo, ...

El cuerpo, digámoslo para empezar, no es un dato, no es algo dado. Si le preguntamos a la gente, a los demás, qué piensan que es, el cuerpo, obtendremos contestaciones muy diversas y, en muchos casos, contradictorias entre sí.

¿Qué podemos saber, con seguridad, sobre el cuerpo? De lo único de lo que podemos estar completamente seguros es del hecho de que hay muchas, muchísimas, corrientes que tienen opiniones sobre el cuerpo. La medicina pretende tener mucho que decir sobre el cuerpo, hasta el punto de que aspira a ostentar el monopolio de esas opiniones, pero también cree tener mucho que decir el yoga. O la Medicina Tradicional China. O la osteopatía, o el tai-chi. O el tantra. Los que practican alguna forma de canto, por ejemplo, tienen una experiencia del cuerpo que no es la habitual en las personas que no realizan esa práctica: respiración y relajación funcionan ahí de un modo completamente distinto al de la vida normal. Tampoco son idénticas las maneras de respirar en el canto y en el yoga. O los que hacen running: tienen también que aprender a respirar de una cierta manera, que no coincide con la del canto ni con la del yoga. Una cosa tan básica como la respiración no es algo natural, sino algo que se aprende, algo codificado.

«¡Pues a mí nadie me ha enseñado a respirar!», nos dirá alguien. Exacto, exacto, le contestaremos: respirarás, entonces, como todo el mundo. A eso también se aprende, aunque no nos demos cuenta. Mediante las identificaciones, con el padre y con la madre, pero también con los hermanos, amigos, compañeros de colegio, profesores, etcétera, aprendemos a comportarnos, mimetizándonos con ellos, aunque sin darnos cuenta. Y eso lleva implícito, también, un modo de respirar. Lo copio —sin saberlo— al otro en su pose, en su intención (eso imagino), en sus detenciones más íntimas. Eso incluye su respiración.

En la literatura está claro: «ella suspiró con fuerza», «it left me breathless», «se me cortó la respiración», etcétera. No son frases escritas al azar. Codifican un universo riquísimo: de alternancias, inspiración retención expiración retención; de lugares desde los que se respira, respiración abdominal, intercostal o alta; de velocidades, respiración rápida o lenta; de intensidades, superficial o profunda; de bloqueos variados...; un riquísimo universo, decimos, que, sin embargo, no se hace consciente, en absoluto, como codificado. Se trata de una codificación opaca, en el sentido de que no nos entrega la estructura (y ya no digamos el posible significado) de aquello que se está codificando. Y, debido a que se repite —la repetimos— por todas partes, aparece revestida de naturalidad.

Podríamos, entonces, y en este sentido, hablar de un inconsciente de la respiración.

El cuerpo que se experimenta en la meditación no tiene nada que ver con el que se tiene cuando estamos acurrucados en el sofá, cervecita y manta, viendo una serie. Resulta, en suma, que hay muchas vivencias del cuerpo, y también muchas teorías sobre el cuerpo. Muchas de esas teorías dicen cosas completamente distintas sobre ese mismo cuerpo; a veces, esas cosas distintas se complementan unas a otras, pero otras veces son perfectamente antagónicas, e incluso contradictorias entre sí. Y, a su vez, cada una de esas teorías suele acompañar a una práctica, que produce, en su ejercicio, un modo de subjetivación corporal único,[1] distinto de los demás modos.

Cada teoría (que acompaña a la correspondiente práctica) quiere definir lo que el cuerpo es, sea parcialmente, o bien como una teoría completa sobre cuerpo (y, en algunos casos, sobre la existencia entera, etcétera). Algunas de esas teorías quieren, entonces, instalarse como «la» teoría, y pretenden ser la única existente (o la mejor, la única atendible, la única digna de ese nombre, etcétera). Aspiran a ocupar, de ese modo, el lugar de la instancia privilegiada de verificación, como la denominaba Foucault: como los únicos emisores de la verdad sobre el cuerpo, los guardianes de esa verdad. Ellos tendrían la única teoría atendible (por ejemplo, porque sería la única «científica»), y las demás teorías no serían atendibles (por ejemplo, porque serían «pseudocientíficas»).

Es obvio que está en juego, aquí, una cuestión de poder. De poder sobre el discurso mismo, pero también de poder sobre ciertas prácticas, que pasarían, si alguna de esas teorías triunfase, a estar desmerecidas, denostadas, marginalizadas y, en algunos casos, hasta prohibidas o perseguidas. De poder sobre nuestras vidas cotidianas, en las que determinadas prácticas pueden pasar a estar mal vistas, ser menos accesibles, etcétera. Pero también de poder sobre las cosas mismas, sobre la ontología, ya que el progresivo imperio de alguna de esas teorías irá remodelando —lo veremos— la clasificación de los entes mismos de los que se trata: así, una práctica social pasará, por arte de birlibirloque, a ser «una terapia en evaluación», mientras que un modo de subjetivación corporal se convertirá en «una pseudoterapia», y así sucesivamente.

Las cosas ya no serán lo que creíamos, ya no serán lo que parecían. Habrá un nuevo chico en la clase. Grande y malote, intentará hablar más fuerte que todos los demás. Tendrá el monopolio de la verdad y de la fuerza, o al menos intentará tenerlos. Intentará también decirnos lo que son las cosas, lo que debemos pensar de ellas: en su versión, como hemos dicho, nada será ya lo que parecía. Será asunto nuestro, el aceptar o no esa forma de bullying.

Así habremos ido transitando, desde una pregunta aparentemente ingenua («¿Qué es el cuerpo?»), hasta la intuición de una posible respuesta parcial: es, entre otras muchas cosas —pues no hay discurso sobre el cuerpo que agote su problemática—, el escenario de determinadas luchas de poder. Es el campo sobre el que se están librando una serie de guerras. Deberemos examinar el problema, o, para expresarnos con más precisión, internarnos en la problemática.

La ingenuidad ya no será una opción. Y, como veremos, la neutralidad tampoco.

¿Un cuerpo, o varios cuerpos?

Habrá, pues, varios cuerpos o, si se quiere decir mejor, varias maneras de experimentar el cuerpo, de vivirlo, lo que producirá diversos modos de subjetivación de ese mismo cuerpo (aunque, ¿es realmente el mismo, cuando varía el modo de subjetivación?). Cuando uno se interna en una modalidad nueva, las anteriores modalidades quedarán, inmediatamente, y por eso mismo, cuestionadas: entonces, a la vez, e irremediablemente, se irán desnaturalizando.

Ejemplo. Hago yoga (con un buen maestro de yoga, no en un gimnasio). Empiezo a sentir todo tipo de cosas que no había sentido nunca y que ni siquiera sabía que se podían experimentar: un calor extraño, relajación en lugares inéditos, o de una magnitud insospechada; variadísimos tipos de respiración, muchos de ellos nuevos; la puesta en acción y el descanso de musculatura de la que ignorábamos su existencia. Mi propiocepción[2] se dispara y aumenta exponencialmente. Desde esa experiencia, me digo: «¿Qué era el cuerpo que creía tener, antes de conocer esto? ¿Cómo podía creer que sabía algo sobre mi cuerpo, si ahora me doy cuenta de que no sabía casi nada?». Mis experiencias anteriores quedan, así, relativizadas: lo que viví ya no puede haber sido natural, puesto que hay otra manera —la del yoga, que estoy experimentando ahora— de vivir el cuerpo, de transitar nuestra corporalidad.[3]

El cuerpo de la persona normal no se parece a nada, excepto al propio cuerpo de la persona normal. Es decir, a un cuerpo que ignora las contingencias de su propia vivencia, y la toma por la de todos.

Parecería, entonces, aunque quizás nos cueste, de entrada, aceptarlo, que, en realidad, tenemos varios cuerpos. Cuando nos hacen reiki, tenemos un cuerpo. Cuando tenemos lo que solemos llamar «sexo», tenemos otro cuerpo. Cuando vamos al médico, tenemos otro cuerpo. Si cuando vamos al médico tenemos el cuerpo de cuando tenemos sexo, tenemos un problema o hemos encontrado pareja. Si cuando estamos con nuestro partenaire tenemos el cuerpo que tenemos con el médico, o nuestro partenaire es un poco rarito, o volvemos a tener un problema.

«La ciencia» cree que existe un solo cuerpo

«¡Ah!», nos espetará alguien, «entonces, ¿no crees que existe un único cuerpo, que subyace a eso que tú llamas los muchos cuerpos; un cuerpo real, objetivo, independiente de la experiencia?». «Bueno», le contestaría yo, «puede ser que sí que exista, ese cuerpo que tú dices. Pero no podemos saber qué es: ni siquiera las teorías que se pretenden más amplias son capaces de dar cuenta de todo el abanico de experiencias, de subjetividades que se despliega con la inmensidad de prácticas corporales. Con lo único que podemos contar es con los diversos relatos, con lo que se ha escrito y se ha vivido sobre el cuerpo. Y con lo que la gente nos cuenta sobre ello. Dejemos, entonces, de lado la idea del cuerpo objetivo: no sabemos qué es».

«¡Un momento!», se nos objetará desde un cierto discurso, «¡Por supuesto que sabemos qué es, el cuerpo! La medicina, la biología, son disciplinas científicas, y pueden dar, con el auxilio, si es necesario, de la genética, la física, la química, etcétera, una visión lo suficientemente completa sobre lo que es el cuerpo».

Esto es lo que suele creerse. También es, lisa y llanamente, falso.

Refutación

Primero. La primera refutación es de orden epistémico. La ciencia no dice lo que las cosas son, sino que presenta hipótesis, teorías, que tienen que ser falsables o falsificables. No llega, nunca, a ninguna certeza. No define ninguna realidad última, sino que opera con silogismos hipotéticos: «si esto es así, entonces eso otro tiene que ser de esa manera». Por tanto, es literalmente imposible que «la ciencia» sepa lo que el cuerpo es. Mandaremos a nuestro interlocutor a reformular su objeción: no es que la ciencia no sepa nada, nunca hemos dicho eso. Pero no se encarga de verdades, sino de silogismos.

Segundo. Resulta que, además, la medicina, precisamente la medicina, de donde viene la protesta que estamos examinando, no es, ella misma, una disciplina científica.

Si no es una ciencia y pretende ser científica, entonces, según su propio criterio, es una pseudociencia. Y si no es una pseudociencia, entonces no puede pretender ser científica, y entonces ya no se entiende tan bien desde dónde monta su persecución de lo que considera pseudociencias.

Que la medicina no sea una ciencia no quiere decir que no haya segmentos de la actividad médica que no estén amparados en el paradigma científico, o que lo intenten. Ni que muchas de las experiencias médicas universitarias y experimentales no estén (o lo intenten) integradas en el paradigma científico.

Pero (1) el trabajo cotidiano de los médicos, siendo muy respetable, no puede ser científico. Por varias razones. La primera es sencillísima: existen cosas como los diagnósticos divergentes, la práctica de la segunda opinión, etcétera. A nadie en su sano juicio se le ocurriría considerar que después de obtener como resultado de la suma de cinco y siete la cantidad de doce, podría ir uno a pedir una segunda opinión, a ver si el resultado, por la razón que fuese, le conviniese más, o porque no terminase de gustarle del todo el ya obtenido.

La segunda es (2) que se intenta, con calzador y, para decirlo todo, con extrema violencia, hacer entrar muchas observaciones que no son cuantificables en el campo de lo cuantificable, por el muy cuestionable expediente de pedir a los sujetos de la experimentación que evalúen, en una escala dada, determinada variable, difícil, si no imposible, de cuantificar de entrada. Volveremos sobre ello en seguida.

Tercero. La medicina no está en condiciones, en absoluto, de dar cuenta de la tremenda riqueza y variedad de las experiencias, vivencias y modos de subjetivación corporales. Es algo que le excede por completo. Entonces decreta —«¡Están verdes!»— que son vivencias o experiencias «pseudocientíficas», o «alucinatorias», o directamente ignora lo que no le conviene considerar.

No tiene fuerza, ni entidad simbólica bastante, para intentar ser una teoría de todo lo corporal o, como está intentando últimamente, hasta una teoría de todo lo psíquico. Para esos menesteres, quizás le vendría bien recordarlo, está mucho mejor pertrechado el yoga. O hasta el catolicismo. Por eso es tan peligrosa, cuando se sale de su campo: cree, infatuada, que tiene derecho a opinar sobre cualquier cosa que tenga, según su corta pero pretenciosa mirada, alguna conexión, por tenue que sea, con «la salud», o con «el bienestar», etcétera.

El colegio médico en la cacharrería.

La cuantificación de lo subjetivo

Cuando se intentar transformar en «científicas» observaciones que pertenecen al campo de lo subjetivo, se hace necesario convertirlas primero en medibles, mediante expedientes francamente cuestionables. Por ejemplo, se le pide al sujeto que describa su nivel de felicidad en una escala del cero al nueve. ¡Pero ese sujeto, habitualmente, es una persona normal! ¿Qué sabrá él sobre la felicidad? ¿Ha experimentado el bien más elevado, el summum bonum, o quizás la unión mística con Dios, o el satori, o la iluminación, o el nirvikalpa samadhi? O, menos pretenciosamente, ¿ha ganado un premio Nobel, ha culminado el Pedraforca, ha participado en un 3 de 10 amb folre i manilles?[4] Y, si no ha vivido ninguna de esas cosas, ¿qué va a imaginar él que es un nueve? ¿Cuál es su escala? ¿Es la misma para todos? ¿En serio?

Y si no es la misma para todos, ¿cómo se puede pretender hacer algo científico con esos numeritos? Habría que adaptar las diversas escalas primero.

Dicho de otro modo, habría que valorar primero toda la vida del sujeto, todo el abanico de su experiencia, fijarse en cómo describe las cosas, qué léxico utiliza, qué idea maneja de la felicidad, para poder después adaptar, en una pertinente e imprescindible corrección, la escala de sus respuestas a una escala más general.

Por supuesto que eso no va a hacerse. Ni por asomo: no se tendría tiempo, es dudoso que la mayoría de los sujetos tuviesen en sí los recursos propios para historizarse hasta ese punto ante los investigadores, se pondría en juego una cuestión de confianza y de confidencialidad, y, además, esos mismos investigadores carecerían por completo de las competencias requeridas para iniciar primero y recibir después los contenidos y el afecto de anámnesis de esa magnitud.

Y, lo que es más: aun suponiendo que se llevase a cabo todo ese trabajo, y se intentase un reequilibrio, tan fino como se quiera, de las diferentes escalas, ¿estaríamos entonces ante unos datos que se habrían vuelto, mágicamente, objetivos? Desde luego que no: seguiríamos inmersos en la falta de objetividad.

La teoría que se está manejando, entonces, habrá perdido, desde hace mucho tiempo, cualquier posibilidad de cumplir con su aspiración de ser considerada «científica», pero eso no importa, es «científica» de todos modos, hay demasiados intereses en juego, no hay que ponerse tan tiquis-miquis, hombre: a fin de cuentas, a nivel estadístico todo va funcionando bastante bien.

Lo peor es que tienen, en parte, razón. De la campana de Gauss, de la distribución normal, pasamos directamente a las personas normales y, entonces, los resultados de esas investigaciones «científicas» pasarán a su vez a no ser más que una teoría de las personas normales. Pero la normalidad es la forma más extendida de enfermedad y, si hemos de hacerle caso a la boutade lacaniana, se trata, además, de una enfermedad incurable. Una reflexión que se hace necesaria, pues, para plantear la responsabilidad moral de los que aceptan, con tanta alegría, que lo subjetivo se puede volver «medible». O el doble rasero: con nosotros no se ponga tiquis-miquis, pero usted, que se hace hacer masajes tailandeses... ¡puaj!, ¡es un vil pseudocientífico! En fin. Estragos de «la ciencia» moderna.

No habría que pedirle al analfabeto en música que nos transmita la emoción que le produce escuchar una sinfonía. ¿Verdad? He visto más de uno que lo único que escucha es «ruido». Tampoco habría que pedirle al infeliz que nos indique su nivel de infelicidad: muchos infelices lo han sido desde siempre, y no saben nada sobre la felicidad, puesto que nunca la han experimentado.

No hay que pedirle a la gente que hable sobre lo que no conoce: acabarán diciendo tonterías. Y con un montón de tonterías, es francamente difícil hacer «ciencia».

Intereses en juego

¿Por qué entonces, esa insistencia en «la ciencia», «la ciencia», todo el rato «la ciencia»? ¿Por qué esos forzamientos epistémicos y metodológicos, que rozan el ridículo, cuando no directamente el espanto? Resulta muy claro: porque hay intereses en juego, intereses muy fuertes, muy potentes. Intereses monetarios. Porque hay, por ejemplo, empresas que fabrican medicamentos que pretenden tener algún efecto sobre nuestro nivel de felicidad. Porque hay medicamentos que intervienen sobre los estados de ánimo de una manera tal que mucha gente que se declaraba infeliz se siente, después de tomarlos, menos infeliz. Porque, en esas escalas subjetivas, muy criticables, hay mucha gente que declara que se siente mucho mejor después de haber tomado esos medicamentos.

Y sobre eso no tenemos la menor duda, ni queremos arrojar ninguna. Es claro que hay medicaciones que hacen milagros con la angustia, con la ansiedad, con los síntomas obsesivos de las personas. Es igualmente claro que hay también medicaciones (muchas veces son exactamente las mismas) que hacen maravillas con otros síndromes de naturaleza menos clara, como los ataques de pánico, la fobia social, etcétera.

Pero —y aquí está el pequeño detalle— esas mismas empresas que fabrican esas medicaciones que resultan maravillosas con la angustia o la depresión tienen sus propios intereses. En general, tienen los mismos intereses que cualquier otra empresa cotizada: darle el máximo valor al accionista. Eso lo que quiere decir, en términos muy llanos, es que quieren vender sus medicamentos, cuantos más mejor. No cabría reprochárselo. Pero eso quiere también decir que para ellos va a ser más fácil, o natural, lo podemos decir de muchas maneras, tener propensión a financiar estudios que digan que es beneficioso administrarse sus productos diariamente durante toda la vida, en vez de financiar otros estudios que lo que recomienden es terminar con esas medicaciones cuanto antes, o después de un periodo discreto.

Interés, sesgo, influencia, compra, lucha

No es exactamente que esas empresas sean malas: es el sistema capitalista el que funciona así. A Bayer le interesa que la gente crea, más allá de que sea más o menos cierto, que tomar una Aspirina al día les prevendrá de determinados riesgos cardiovasculares. Le interesa desde un punto de vista objetivo, no se trata de que Bayer sea buena o mala: esa es una visión ingenua y un tanto infantil. Una empresa no puede actuar en contra de sí misma.[5]

Bien, entonces. Como la Aspirina. Hay empresas muy poderosas que tienen intereses muy importantes en que la gente crea que (1) su malestar se llama, por ejemplo, depresión, y (2) que ellos tienen, para seguir con el ejemplo, una medicación, como los inhibidores de la recaptación de la serotonina, que son perfectamente capaces de terminar con su malestar. Se entiende todo. Pagarán informes que defiendan eso. Si hay otro informe que les lleve la contraria, pagarán, también, para hacerlo desacreditar. Está en juego el dividendo, la capitalización bursátil, la propia supervivencia de la compañía. Comprarán artículos de opinión en los periódicos, para ir preparando el terreno para sus propias opiniones. Lucharán hasta el final: lo que ellos defienden tiene que ser «científico». No diremos que comprarán a la ciencia, porque «la ciencia» es una abstracción, es algo que, en este sentido, no existe y, por tanto, no se puede comprar. Pero lo que sí que se puede hacer es financiar determinadas actividades de investigación. Las variadas fundaciones, a poder ser «filantrópicas», o «sin ánimo de lucro», ayudarán a darle un aire de respetabilidad, más lavado, a todo el asunto. Lo que ellos hacen tiene que ser «científico» y, lo que es más importante, lo que los demás hacen —lo que ellos perciben como «la competencia», más allá de que tengan o no razón— tiene que carecer de esa etiqueta, tiene que ser «no científico». A ser posible, que sea «pseudocientífico»: eso lo desacreditará.

Bastiones a conquistar: (1) los colegios de médicos

Si consiguen eso, habrán ganado la batalla. Habrán puesto de su lado al Dios moderno. Aunque eso que se llama «la ciencia» no se sepa muy bien qué es. Hemos dedicado nuestro tiempo, en variadas ocasiones,[6] a ocuparnos de este problema. No insistiremos en ello aquí; sólo resaltaremos, una vez más, que, cuando se dice «la ciencia», no se sabe, se constata, en los contextos que nos ocupan, muy bien qué se está diciendo.

Esa batalla se gana —se intenta ganar— de muchas maneras. Por una parte, se intenta tomar el control de los dispositivos de verificación, los centros de los que se supone que emana la verdad. El big pharma intenta entonces —y está teniendo bastante éxito— infiltrar los Colegios de Médicos. Ellos opinarán después, sirviéndose de jubilados que creen estar escribiendo una enciclopedia,[7] literalmente sobre cualquier cosa. La entrada de la Wikipedia sobre la manzanilla, por ejemplo, incluye una advertencia: «Aunque se utiliza ampliamente en medicina tradicional, atribuyéndosele efectos terapéuticos digestivos, carminativos, sedantes, tonificantes, vasodilatadores y antiespasmódicos, no hay evidencia científica suficiente para respaldar las propiedades medicinales que se le atribuyen» (el énfasis es nuestro). Para el cardo mariano, la misma fuente admite que «Las semillas del cardo mariano se han venido usando desde hace siglos con fines medicinales», pero antes ha advertido, en negrita, para que no se nos escape, que «no existen estudios con metodología y rigor científico que avalen los beneficios para la salud humana descritos aquí».

Ahora, una pregunta. Sigamos por un instante a los que se sienten obligados a introducir esas precauciones, y supongamos, con ellos, que «no existen» esos estudios. ¿Por qué «no existen»? La respuesta es bien sencilla: porque nadie paga por ellos. Las farmacéuticas pagan, como es lógico, por los estudios que «avalan los beneficios para la salud humana» de sus medicamentos, así como aquellos que demuestran que no hay efectos secundarios, más allá de lo considerado razonable. Pero, ¿por qué pagan? Porque vienen obligados a ello por las legislaciones de los diversos paises: en caso contrario, no podrían comercializar sus sustancias, que no llegarían a ser consideradas, por lo mismo, medicaciones.

Por parte de la herboristería tradicional, en cambio, ¿quién debería pagar por esos estudios? Nadie. A menos que una gran compañía obtuviese —digamos— el monopolio mundial de la manzanilla, no existiría economía que permitiese esos estudios. La crítica, entonces, descubrimos ahora, está sesgada de entrada. Y los sesgos, lo sabemos, responden siempre a intereses, conscientes o inconscientes.

Bastiones a conquistar: (2) los ministerios

También se intenta tomar el control sobre los ministerios. El español de Sanidad, por ejemplo, en una nota de prensa del 28 de febrero de 2019, atribuída a la entonces ministra de Sanidad, Consumo y Bienestar Social, María Luisa Carcedo, y al ministro de Ciencia, Innovación y Universidades, Pedro Duque, y titulada «El Gobierno lanza la campaña #CoNprueba frente a las pseudoterapias y las pseudociencias», se dedica a hacer una lista de buenos y malos. Y se pasa mucho de frenada, porque incluye entre las «pseudoterapias» cosas que no tienen nada que ver con terapia alguna. Por ejemplo, el feng-shui, que a mí siempre me ha parecido algo más bien cercano a la estética; los «cuencos tibetanos» (tengo dos), que son un instrumento musical maravilloso, uno puede pasar un rato estupendo absorbiéndose en su sonido, que nos captura; el tantra, que no es una terapia bajo ningún concepto, sino en todo caso un conjunto de ideologías desgajadas de la tradición principal del pensamiento hindú, etcétera.

Por supuesto que es posible que uno pueda encontrar, en determinados lugares, afirmaciones sobre «el efecto terapéutico del feng-shui», sobre supuestas «terapias con cuencos tibetanos», o hasta sobre alguna «terapia tántrica» (aunque, personalmente, nunca he visto cosas así). Pero el escrito del Ministerio no discrimina. El tantra, claramente, no es de por sí una terapia; si alguien se ha inventado una supuesta «terapia» basada en el tantra, eso no autoriza al Ministerio a denostar al tantra entero, especialmente cuando se ve con claridad que no se ha enterado de lo que el tantra es. Lo mismo se aplica a los cuencos tibetanos, el feng-shui, y muchas otras cosas heterogeneas que mencionaremos despues.

Un católico moderado puede creer que su religión es la única verdadera y no molestar a nadie, mientras que un fanático de ultraderecha puede creerse imbuído de la misión sagrada de «salvar», y hasta «sanar», a la Humanidad entera. Que algunos fanáticos insistan en las virtudes sanadoras de su Dios no convierte a la religión entera en una «pseudoterapia». ¿Verdad?

Y eso que la religión es responsable de muchas, muchísimas más muertes, que la manzanilla o el feng-shui. ¡Eh, un momento! ¿Hay algún muerto, por manzanilla, o por feng-shui? No, ¿verdad?

Entonces, ¿alguien me puede explicar de qué narices estamos hablando?

Uno se pregunta qué hace el Ministerio «analizando» lo que denominan «técnicas». «No son científicas», dicen. Ni nadie lo pretendía, desde luego. Si uno se pide una especialista de feng-shui, lo último que quiere es que la cosa sea «científica». Tampoco se entiende por qué tendría que tener una opinión sobre el asunto nada menos que el Ministerio de Sanidad. Si uno quiere pasar un rato divertido (¡vale la pena!) con un cuenco tibetano, oigan, ¿qué le importará eso a la ministra? Y, bueno, el tantra, pues se supone que para follar, yo qué sé, cada uno hace lo que le da la gana, no creo que uno pueda irse a la cama con su partenaire de un modo especialmente científico.

«Terapias» «en evaluación»

Pero no hemos terminado: entre las terapias que «aún» están «en evaluación», encontramos el chi-kung, que es, como el tai-chi, más bien una gimnasia de gran autoconsciencia, o quizás una práctica espiritual, o hasta una forma de vida, pero desde luego no «una terapia»; el kundalini yoga, que tampoco es, bajo ningún concepto una terapia, sino una variante, más o menos esotérica, del yoga; el masaje tailandés, francamente agradable (¡lo recomiendo!), uno se hace masajes porque es lindo, te descontracturan, oyes, te sientes mejor al salir, ¿por qué debería importarle eso al Ministerio?; la medicina natural china (hay que ser osados); ¡la meditación! (creo que no saben a qué se refieren); la osteopatía (por eso se estudia en diversas universidades españolas);[8] el seitai (que su inventor siempre insistió en registrar como una actividad cultural y no como una terapia);[9] las «técnicas de relajación» (esperemos que no las terminen prohibiendo todas, porque terminaremos muy tensos); el yoga, que es una forma alternativa de encargarse del cuerpo, alternativa, queremos decir, a los gimnasios, además de, para algunas personas, una forma de vida...

Uno no entiende muy bien cómo se puede dar un despliegue tan amplio de estupidez e ignorancia. Se nota que se quiere hacer pasar a todas esas actividades «con pretendida finalidad sanitaria» por el filtro (citamos al Ministerio) de tener un «soporte en el conocimiento científico con metodología lo suficientemente sólida que sirva para evaluar su seguridad, efectividad y eficacia, por lo que se pueden clasificar como pseudoterapias».

¿Quién hace la atribución de la «pretendida finalidad sanitaria»? Lo ignoramos. Yo mismo he practicado casi todas las técnicas que he mencionado, y nunca tuve la impresión de que «pretendían» ser «sanitarias». Da la impresión de que el Ministerio ve enemigos por todas partes, de que los médicos ven competencia por todas partes.

Es francamente difícil soportar tanta estupidez engreída. Cuando uno decide hacer un poco de yoga, no está intentando ninguna forma de terapia. Cuando uno hace un ratito de katsugen, o comparte un yuki con otro, está pasando un buen rato, nada de terapia. Si se entrega, con su partenaire, a experimentos de corte tántrico, tampoco está en juego terapia alguna. Si quiere darle un toque feng-shui a su casa, no hay terapia ninguna, en ningún lado.

¿Qué les ha pasado a los del Ministerio? ¿Se han vuelto todos locos? No lo sabemos. Lo que sí que podemos decir es que son francamente ignorantes. Mucho. Les tendría que dar vergüenza. No saben de lo que hablan. Uno ha estudiado un poquito algunas de estas cosas, y las ha practicado. De terapia, nada. A mí me dan vergüenza ajena, estos del Ministerio (y los que piensan como ellos, que no son pocos, porque no están solos). Me dan vergüenza ajena, y me indignan, también: a fin de cuentas, pago a estos irresponsables ignorantes de mi propio bolsillo. Bueno, lo hacemos todos. Todos estamos financiando que persigan al feng-shui, al tantra, al yoga, a la meditación... Pagando purgas. Es maravilloso. Por Navidad, siente a un purgado a su mesa.

Tontos útiles

Pero, un momento. No sólo es que sean un poco tontos. Bueno, un poco tontos sí que son, o mucho; ya lo hemos demostrado con creces. Lo que quería decir es que, además de tontos, son tontos útiles. Ellos creen ser los adalides de la ciencia, sus campeones, sus paladines. No tienen ni idea de lo que es la ciencia, desde luego; no están formados en epistemología de la ciencia, no conocen bien el problema de la demarcación, ni sus múltiples falencias; no, no; son fanáticos. Fanatiquitos de la ciencia. Como todos los fanaticos, dan mucho miedo: siempre son peligrosos.

Y, como casi todos los fanáticos, están también siendo manipulados. Por determinados intereses económicos, por determinados intereses de poder. Por las instancias de verificación que quieren acumular todo el poder, el de decir qué es terapéutico qué no, qué cura y qué no cura. Por instancias que son capaces de intentar erradicar de la tierra actividades francamente placenteras, como el yoga, el yuki, el katsugen o el divertirse con unos cuencos tibetanos, a base de tirarles por encima el estigma de que «no son científicos». Habría que salir a la calle y gritar: «¡Dejadnos en paz, ignorantes! ¡Ocuparos de mejorar la sanidad, que está cayéndose a trozos, en vez de perseguir a la gente!».

Y por las compañías que quieren que haya criterios «científicos», avalados, como no, por instancias prestigiadas —que no prestigiosas—, como los colegios de médicos, que nos aconsejen no tomar manzanilla («cuidado, que en determinadas dosis...»), aunque sí, desde luego, la medicación X del laboratorio Y, que ha sido «científicamente testada» y naturalmente cuesta su buen dinerito; no ir al psicoanalista a ver si averiguamos lo que nos pasa («es un método que no está científicamente contrastado»), en vez de tomar Prozac o una substancia equivalente (a pesar de que en el prospecto nos dejarán claro, casi desde la primera línea, que no saben por qué produce el efecto que produce)...

Todo esto es por tu bien

Lo peor es que toda esta reducción del abanico de posibilidades, esta persecución, esta purga, se realiza, se supone, ¡por nuestro bien! El argumento siempre es el mismo. Reproducimos aquí, en forma condensada, el hilo de nuestro Teoría práctica ciencia, donde criticamos un artículo furibundo contra el reiki que resulta ejemplar —lamentablemente— por su tendenciosidad. El argumento comienza con una obviedad: si cuando tenemos cáncer vamos a que nos hagan un reiki en vez de ir a radioterapia, lo más fácil es que no terminemos nada bien. En esto nos pondremos rápidamente de acuerdo.

Pero en seguida comienza el sofisma: como si uno se hace hacer un reiki, no puede hacerse a la vez un masaje —eso es también obvio—, y se supone —cosa que después se verá que es falsa— que disponemos de estudios que demuestran que un masaje es mejor que el reiki, entonces (aquí está el error) el reiki es malo, porque me está impidiendo tomar un masaje.

¿Por qué decimos que es un error? Porque el autor del artículo supone que son verdaderas una serie de cosas que, en realidad, están por demostrar.

a) Supone que disponemos, en todo momento, de un suplido igual e infinito de practicantes de reiki y de masajistas. La realidad, sin embargo, es muy otra: muchas enfermeras están en condiciones de hacer un reiki, por ejemplo porque lo practican en casa, con sus amigas, con su pareja o con sus hijos, mientras que para hacer un masaje hay que haber estudiado, y en muchos casos —depende, claro está, del tipo de masaje— hay que haber estudiado bastante. Si tenemos siete enfermeras capaces de hacer un reiki y ninguna capaz de un masaje, la frase «el reiki es mejor que el masaje» pasa a carecer de sentido, pues se refiere a un escenario contrafáctico. Pero el autor sigue pensando que hay que privar a los enfermos del reiki, «porque es mejor el masaje». Incluso cuando no hay nada más a mano. Sin comentarios.

b) Supone que no es necesario preguntarle al paciente qué prefiere, qué le gusta. El paciente no sabe lo que le conviene. «La ciencia», en cambio, ya lo sabe por él. Se ha visto una y otra vez: son discursos imperialistas. No se le pregunta al homosexual, o al transexual; no se le pregunta a la persona sin papeles; no se le pregunta al inmigrante; no: uno habla en su lugar. Uno sabe perfectamente qué le pasa al otro, que es lo bueno para él, qué le conviene. Lo sabe tan bien, que ya no es necesario dejarle hablar: no emitiría otra cosa que un molesto ruido. Sin embargo, y aun suponiendo que fuese cierto (veremos que, en realidad, está por demostrar) que el masaje es mejor que el reiki, eso sería verdadero en una forma estadística: si a un paciente concreto le sienta mejor el reiki que el masaje, eso quedará barrido, anulado, por la mayoría, para los que lo contrario es lo verdadero. Para ese paciente concreto, el reiki es mejor que el masaje. Quizás el propio paciente lo sepa; hasta podría decírnoslo. Pero no: ni hablar de preguntárselo.

c) Supone que disponemos de un estudio que demuestra que el masaje es mejor que el reiki, pero, en realidad, sólo disponemos de dos cosas: (1) de un estudio que demuestra «de un modo científico» que el masaje alivia a los pacientes, y (2) de otro estudio que lo que demuestra es que si se les aplica reiki a los pacientes, estos quedan también aliviados, pero con la salvedad de que no importa si el practicante de reiki cree o no estar haciendo un reiki. El autor interpreta esta peculiar característica del estudio deduciendo que el reiki es indistinguible del placebo, pero en realidad no advierte que lo único que cabe deducir es que el reiki es independiente de la creencia del practicante, puesto que no es posible determinar con precisión en qué consistiría un placebo del reiki.[10] En cualquier caso, de lo que no disponemos es de de un estudio que determine que el masaje es mejor que el reiki.

«Es por vuestro bien, para que no creáis que el reiki es bueno. Si creéis eso, ¡os podríais perder un masaje!». Por «el bien» de uno se da rienda suelta a mucho fanatismo. Hay que protegerse. Son capaces de dejar sin reiki a un enfermo de cáncer que está sufriendo, y, encima, ¡pensar que lo están ayudando!

Cuidado con los errores lógicos: pueden producir un gran sufrimiento.

El terrorismo ontológico

Lo más grave de todo esto que estamos examinando no es que intenten hacerse con lo que consideran el mercado de otros (que ya es, de por sí, bastante feo). Lo más grave de esto es que, para poderse hacer con eso que consideran que es el mercado de otros, primero tienen que reducir esas prácticas, esas disciplinas, que en el fondo no comprenden, a un mercado, para podérselo apropiar después. Contando con sus aliados, entre los que se han infiltrado y a los que han, digamos, subvencionado generosamente, dictaminarán lo que es y lo que no es. Ejercerán una violencia ontológica.

El sexo tántrico no es un mercado, ni un negocio. Cuando es un mercado o un negocio, queda desnaturalizado: ya no es sexo tántrico.

El reiki, tomado como la manera de pasar un rato agradable juntos, no es un mercado, ni un negocio. Cuando se convierte en un negocio, deja de ser agradable, y es dudoso que siga siendo reiki.

La práctica del pranayama (expansión de la respiración yóguica) no es un mercado, ni un negocio. Cuando se intenta convertirlo en un negocio, entonces sí que puede ser dañino para la salud. No se puede ir jugando a lo bestia con la respiración.

Violencia ontológica: convertirán a la fuerza una tranquila práctica social como es el seitai, inscrita como tal por su creador en el japonés Ministerio de Cultura (es decir, no en el de Sanidad), en una «terapia», y se precipitarán a ver si cumple con determinados criterios científicos: sería equivalente a pedirle cumplir esos mismos criterios al hecho de saludarse con la mano, o a darse dos besos, o a conversar en un bar. «Práctica social» quiere decir «práctica social», pero se ve que no. He aquí la violencia.

Convertirán una forma alternativa de subjetivación corporal, como el yoga, en una «terapia». Insistirán en ello, lo que me parece tremendo, los pensadores y los periódicos que se consideran «de izquierdas»; después, el Ministerio tendrá algo que decir al respecto. En este desgraciado país, la tradición de Tomás de Torquemada ha llegado a lugares inauditos: lo que pretende ser la izquierda debería potenciar las visiones alternativas, en particular las del cuerpo, en vez de perseguirlas, en nombre de no se sabe bien qué ortodoxia.

Convertirán a «la meditación» en una forma de «terapia» que está «en evaluación». Uno se queda atónito, sin palabras, ante la magnitud de su osadía. Esperamos que estén preparando un comando antiterrorista para detener a un tal Renato Descartes, que por lo que parece es el autor de un panfleto denominado nada menos que Meditaciones metafísicas; parece que ha alcanzado bastante difusión, especialmente en facultades sospechosas de veleidades anticientíficas, como la de Filosofía. Nos gustaría saber quiénes son los especialistas del Ministerio que se creen capacitados para esta labor de purga, de corte francamente estalinista.

Y así sucesivamente. Están ejerciendo una violencia sobre las cosas, sobre nuestro lenguaje. Sobre nuestro tiempo libre, sobre nuestros vínculos con los demás. Sobre la lengua misma.

Malos, ignorantes y peligrosos

En nombre de su propio beneficio y, lo que es francamente repugnante, desde un punto de vista estético, partiendo de una ignorancia tremenda.

Lo sepan o no, son personas malas. ¿Por qué? Porque sólo tienen en cuenta su propio beneficio. Claro que lo que está mal es el sistema que posibilita eso, pero ellos también son malas personas. Podrían no serlo, podrían negarse a trabajar ahí. Podrían denunciar esas prácticas. Hay que hacerlo: deben ser denunciadas. Lo estamos haciendo.

Son malas personas, desde luego, y además muy ignorantes. Pero nos están fastidiando la vida. Y, si no vamos con muchísimo cuidado, nos la van a fastidiar mucho más.

Hay que saberlo, y haríamos mejor en empezar, desde ya, a protegernos.

¿Dónde queda, entonces, el cuerpo?

¿Y el cuerpo? ¿Dónde queda, después de todo este viaje, el cuerpo? Bueno, el cuerpo, ya no hay manera de saber lo que es; ya lo habíamos anticipado. Lo que sí que sabemos es que ha pasado a ser el escenario de batallas tremendas. Batallas en las que están en juego las capitalizaciones bursátiles de gigantescas compañías; batallas en las que intervienen poderes muy consolidados, y otros que aspiran a serlo. Batallas por el poder. El cuerpo, hoy día, si no vamos con muchísimo cuidado, es ya un cuerpo roto. Es el campo de batalla, después abandonado, de unas guerras que no le competen ni, en realidad, le corresponden. Guerras libradas por ignorantes avariciosos, que no saben nada sobre el cuerpo. Por pequeños ejecutivos, que no tienen cuerpo.

Es el resto ignorado, aquello sobre lo que todo el mundo cree que puede opinar sin que aparezca en ningún lado que se haya tenido, de él, ni la más mínima experiencia, más allá de la más banal de las normalidades.

Hay que saberlo. Y empezar a actuar en consecuencia.

Agradecimientos

Laura Blanco, Carlos Carbonell, Norma Cirulli, Silvina Fernández, María del Mar Martín, Mireia Monforte, David Palau, Olga Palomino, Amalia Prat, Cristina Prats y Ana Sáncer han tenido la amabilidad de leer diversas versiones de este escrito, y de contribuir a mejorarlo con sus contribuciones y comentarios. Les estoy muy agradecido a todos.


Tregurà de Dalt-Barcelona, 8 de marzo – 12 de mayo de 2023


Notas

1 Abordamos el tema de los modos de subjetivación hace ya más de una década, en nuestro «Los psicoanalistas no tienen cuerpo» (2012). 
2 La sensación (corporal) de mí mismo, mi percepción interna. Un sexto sentido del que no se suele hablar. 
3 Para no apresurarnos en substituir a un emperador por otro, será muy conveniente, claro está, que experimentemos, después, un tercer modo de subjetivación corporal: primero el cuerpo normal, después el cuerpo del yoga, y ahora un tercer cuerpo. Tarde o temprano se nos hará patente que no hay ninguna de esas vivencias que tenga el derecho de arrogarse ser la de «el» cuerpo. Lo que no quiere decir que nos tengan que merecer todas el mismo respeto, ni que tengan una importancia similar. Como podemos ver, el tema es de una gran complejidad. 
4¡Quina experiència, tu!
5 Los del denominado big pharma no son, por supuesto, los únicos que tienen intereses. El consumo de agua embotellada, por ejemplo, ha crecido exponencialmente: hay que hidratarse, hay que consumir dos litros de agua al día, y, ¡hala!, todo el mundo a ir dejando un rastro infinito de botellines de plástico, para que terminemos todos muertos bajo una montaña de plásticos no degradables (pero, eso sí, bien hidrataditos). 
6 Consúltense, por ejemplo, nuestros «Freud, Popper y el sentido común» (2018), «Descuidos popperianos» (2019), y Teoría práctica ciencia (2021). 
7 En la magnífica definición del digital The Register. 
8Por ejemplo, el Máster en Fisioterapia Manipulativa y Osteopatía impartido por la UCAM; el Máster en Especialización en Osteopatía Visceral y Estructural impartido por el MEDAC; el Máster en Osteopatía de la Universidad de Alcalá de Henares, o Máster Universitario en Osteopatía por la Universidad de Murcia [fuente]. 
9 Por ejemplo, la web seitai espaidó, de Magda Barneda, comienza con las siguientes palabras: «¿Qué es Seitai? El Seitai es una actividad cultural dedicada a la investigación del ser humano y la salud,...» (énfasis propio). 
10 El tema es peliagudo. Para un desarrollo más amplio, remitimos al lector a nuestro ya citado Teoría práctica ciencia. 

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