Textos para pensar


De múltiple interés para el psicoanálisis (III)
Fragmentos de numismática libidinal
Un camino hacia los procesos de fetichización

Juan Carlos De Brasi [CV]

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Nota del Editor

El presente texto fue distribuido como soporte para la ponencia del mismo título pronunciada por el autor en las XV Jornadas Psicoanalíticas del EPBCN, tituladas Aperturas en Psicoanálisis (IV).

Mi querido amigo, le envío una obrita de la cual no se podría decir, sin ser injustos, que no tiene ni pies ni cabeza, ni cola ni cabeza, ya que, por el contrario, en ella todo es a la vez cabeza y cola, alternativa y recíprocamente. Considere, se lo ruego, qué comodidades nos ofrece esta combinación a todos, A usted, a mí y al lector. Podemos cortar por donde queramos: yo mis divagaciones; usted, el manuscrito; el lector su lectura; ya que no dejo la reacia voluntad de éste pendiente del hilo interminable de una intriga superflua. Quite usted una vértebra, y los dos pedazos de esta tortuosa fantasía se volverán a juntar sin dificultad. Córtela en numerosos fragmentos, y verá como cada uno puede existir por separado. Con la esperanza de que algunos de estos trozos resulten lo bastante vivos como para gustarle y divertirle, me atrevo a dedicarle la serpiente toda entera.
Dedicatoria de La moneda falsa, de Charles Baudelaire, a su amigo Arséne Houssaye.

1. Subrayados imprescindibles

Este es el primer texto que, con el tiempo, será acompañado de la hibridación de otros dos, aunque todos pertenezcan a la misma trama. Uno de sus rumbos centrales es el proceso de fetichización, que siempre está en juego, sea mencionado de manera explícita o no. Sus distintos tiempos rehúyen el falso tintineo – como la falsa moneda de Baudelaire- de una exigencia cronológica, pues el tiempo de los mismos es el del pensamiento. Pero, ¿Cuál es éste? Sólo el de la escritura y su afuera, es decir, también, liberación del psiquismo apresado en el relato de la individualidad y de la libido como vibración cuantitativa del mito de la interioridad; «mito endopsíquico» que ya Freud señaló –sin elucidar su mi(s)tificación- en una carta Fliess de 1897.

Ahora bien, el escrito inicial sobre una numismática libidinal, transita por un estilo libre, indirecto, idea que se reitera a lo largo del trabajo. Ocurre algo similar con el entramado de los dos restantes. Todos siguen la senda de sus propias congruencias y exigencias, ajenas a los mandatos de estilo que se imponen como normativas escolares. Ellas son, generalmente, extrañas a los ritmos, saltos, sorpresas y calles sin salida que urbanizan a un proceso de pensamiento. Sin embargo, tampoco es necesario salir, a veces es mejor permanecer para discurrir y luchar contra sus clausuras para intentar abrirlas, más allá de las dificultades y paradojas que suelen aparecer.

Los fragmentos esparcen sus marcas para indicar la constante carencia, salvo algunas menciones laterales, de una erótica[1]en el campo psicoanalítico, mientras otros discursos la tratan de forma manifiesta o queda como supuesto de sus desarrollos.

Parecería que la concepción habitual del psiquismo, en psicoanálisis, prohíbe de cuajo que se hable de ella porque no está aceptada como habitante de su territorio. O sea, como a priori su erógena (una idea de cuerpo considerado como una serie de «zonas» o puntos de composición, o como una «bolsa de piel llena de órganos», como diría un gran psicoanalista en un lenguaje de morgue) sería lo estrictamente sexual-analítico. Esa geometría del cuerpo no sólo es reductora, un poco mezquina, sino excluyente. Dictamina desde sus figuras: en mis predios, en mis terras tenientes, no entrará nada que transgreda lo estipulado como tema de estudio.

Aquí, directa e indirectamente, alusiva y concretamente, la erótica sustraída ingresará por diversas vías, unas imprevisibles e inventivas, otras obvias y de carácter casi testimonial.

Las dos líneas siguientes, que, por el momento, han renunciado a forman parte de esta entrega, serán: «El fetichismo. Devenires, diferencias y consideraciones actuales. Sexualización del incremento». Por otro lado, como una extensión específica, insertada de diversas y ocurrentes maneras, intervendrá: «El toko. Fetichismo y uso regional. Misterio del incremento».

Pero, no estarán jugando en secciones o partes separadas, sino en un bloque que, en lugar de bloquearlas, definirlas o caracterizarlas, como es costumbre, las mezclará como el «as de oro» se mezcla en un mazo donde cada una de sus cartas-fragmentos refleja sin interdicciones a todas las demás.

En las líneas antes mencionadas la noción de proceso de fetichización, como apunte de entrada, falsea ya el hablar de fetichismo a secas y hace del mismo término que consta en el título una «moneda falsa». A la vez que induce como adulterada la «moneda perversa» que califica como perversión a un tipo de intercambio sexual.

Dicho proceso de fetichización ya no puede leerse en el mero plano del objeto (como en las incontables investigaciones que se centran en él) ni ser asfixiado en una categoría (donde se guarda una acusación) psicopatológica o en una clasificación psiquiátrica, cercana o alejada del caso que se pretende abordar.

Los tres escritos (siendo éste su punto de largada) responden, según su modalidad, uno a otro, pero, bajo la resonancia de uno en otro. Todo los liga y desliga simultáneamente, sin un antes y un después que los ordene ni los desordene. De modo que cada uno puede leerse en el otro, cualquiera sea No es preciso tener en cuenta una sola palabra de un texto para internarse en las del otro, puesto que ya es considerado un internado, sea como reflejo, resonancia, grito a distancia o señal local. Lo entretextual —ese entendimiento tan peculiar— sólo atiende a la «inteligencia», al intellego, a esa perspicacia para pescar en aguas vertiginosas.

2. Libidos

Es un plural simulado. Ello ocurre en correspondencia a su sustantividad que es una simulación gramatical. Ni sustantivo ni adjetivo. Entraña una expansión sin volumen que baña todos los ámbitos, indefinidos e inextensos por su arrasamiento de todo intento de medición. Su medida consiste en ser inmedible, autodesborde que desconoce las acumulaciones unilaterales (cuando sólo se las considera genitales) o las dispersiones cósmicas que son su contrapartida (cuando sólo se las orienta hacia una energía ascensional o en dirección a una mítica estática).

En los diferentes trabajos la libido, ahora en singular, singularizada como tal, se derrama sobre todo, un todoilimitado, abierto, como hoy se lo concibe, donde la totalidad (el viejo y malentendido «todo») es su enemiga y la totalización uno de sus continuos procesos.

Libido una de cuyas materias es el impalpable deseo, al que nada le falta ni registra carencia alguna. Su producción misma es deseante, caso contrario estaríamos pendientes del antiguo apetito, en el plano imaginario de la demanda, a través de lo pedido (ad)petitio, del ruego de ser colmado. Libido cuyo único fin —diferencia y complementariedad con las pulsiones— es convertirse en indiscernible de las intensidades que corren, escapan, viajan en ellas —inmanencia del todo en lo psíquico— no con ellas.

Así es como se autoproduce, en vecindad con las pulsiones y los confusos límites que se dibujan entre soma, quizá, Sodoma orgánica, y psyché, quizá, Gomorra corpórea e intensa que huye apalabrada por la boca.

De aquella libido in-mensa y de estas pulsiones que no pueden reducirse en la salita del teatro familiar, tratan de balbucear libremente los diferentes escritos, atentos a sus tiempos y a sus involuntarios contratiempos.

3. Deslindes y coincidencias

Existen variadas referencias, o simples menciones, sobre la problemática en su conjunto. No obstante, sólo me interesa destacar dos o tres que poseen singular importancia. Una, por su relevancia histórica y su carácter pionero. Otra, porque su enunciación marca un punto de partida que sostiene distintas formas de llegada, ninguna de las cuales puede atribuirse la palabra final, pues ella jamás termina de llegar.

Lo anterior no implica que la o las coincidencias eviten las observaciones críticas.

La primera corresponde al ensayo de Jean-Joseph Goux, que fue traducido al castellano en 1973 bajo el título, Los equivalentes generales en el marxismo y en el psicoanálisis.

El nombre del libro ya es una interpretación –acertada pero parcial- del original, Numismatique, nombre con el que apareció en los números 35 y 36 de la revista parisina Tel-Quel.

Si el título en castellano era una interpretación adecuada del texto publicado en francés, este, a su vez, era un capítulo extraído del libro de Goux, llamado Économie et Symbolique, que había sido editado en 1973 por la Ed. du Seuil. Capítulo aquel, que es ampliado y desarrollado, once años después —1984— en el libro Les monnayeurs du langage, publicado por la Ed. Galileé.

¿Cuál es mi observación? La siguiente: en primer lugar la interpretación de la publicación en separata extravía el nombre guía y singular de Numismática. En segundo lugar, la sustitución del título casi borra la dificultad y complejidad que posee el pasaje de uno a otro texto.

Ahora bien, el «viaje» numismático libidinal que propone mi trabajo y el que realiza Goux, difieren en lo que podríamos llamar, de manera un poco imprecisa, «climas epocales y conceptuales». El suyo está atravesado por una vocación epistemológica ligada a una gran agitación social (mayo del 68), unido a la búsqueda encomiable de hallar isomorfismos estrictos, en este caso, entre el marxismo y el psicoanálisis.

Sin embargo, sus libros visten otras ropas que las acostumbradas. Ellos no tratan, a la manera usual e indiscriminada de establecer correspondencias de uno y otro lado, regidos por una voluntad analógica, amante de los espejos. Sus admirables e intrincados esfuerzos apuntan a mostrar una modalidad de análisis, o sea, la identidad de función que tenían los conceptos en las metodologías de ambos universos disciplinarios. Su aporte es una marca indeleble que lo lleva, partiendo de un isomorfismo estructural, no de encabalgamientos circunstanciales, a ubicar la falta de centro que caracteriza al sujeto, un descentramiento que alimenta las construcciones conceptuales que elaboran en distintos dominios.

Cuando el sujeto queda desplazado, pierde su centro porque el camino metódico ya no lo requiere para nada. Así, desaparece, siendo su propia presencia la que se torna evanescente. Un sujeto sin presencia es, en realidad un sin sujeto. Su deconstrucción —de aires derridianos— da cuenta de la presencia del sujeto como ilusión consumada.

En el «clima» de mi escrito existe una diferencia notoria. No busca ni buscará isomorfismos estructurales, no porque falten, sino porque no son esas disciplinas o ciencias las que están en juego, aunque ellas sigan jugando en todos los momentos del mismo. Por eso la atmosfera de esta numismática libidinal, su régimen inmanente[2] al psiquismo —no de una exterioridad que invade lo estrictamente suyo— demanda otro clima, el de una historia dislocada (no homogénea ni lineal), el de una erótica insinuada, más allá de cualquier forma de «erotomanía», por su obstinada e inexplicable ausencia en el psicoanálisis. Y en especial por apelar repetidamente a la afirmación o si se quiere una especie de tesis a la que uno se acoge o deja entre paréntesis: la libido se derrama sobre todo; todo siempre abierto y herido como la vida que lo impulsa hacia una muerte viva.

Ello no entraña que ese derramarse se refugie en una neutralidad que sobrepase a la sexualidad misma, sino que su fuerza inmanente imanta continuamente la producción deseante —extraña a un deseo todavía regido por la representación— y sus potencias. El goce es su materia prima, opaca primordial e indescifrable. Es decir, la vida plena gozando el silencio de su misterio. Apartándose tanto de la decisión ascexual del estilita, como de la eucaristía genital publicitaria. Cultos que, para colmo, ni siquiera conservan el menor signo de aquella arcaica «religación».

Finalizando. Esta inducción no hizo más que deslizar el aviso de mis sobrevuelos. Aunque no sólo eso. También fue mirando, en silencio, de soslayo, casi sin mencionarlo los recelos del psicoanálisis gerencial hacia las intensidades libidinales, los fárragos pulsionales y la angustia que suele producir su inquietante economía. Si, la que absorbió el perjurio de haber entrado con su nombre completo en el campo psíquico, haciendo «sistema» y cediéndole varios conceptos centrales (deuda, beneficio, interés, contrato, dinero) pero ante todo mostrando que es inmanente a él. De ahí el fracaso de intentar sin sosiego dejarla cesante junto a los trabajadores de su fábrica deseante. Ella es la que persevera a través de ellos, sea en las huellas de Freud, Reich, Bataille, Klossowski, Deleuze, Podolsky, Lyotard, Goux, Foucault o Derrida. Los que puedo haber dejado fuera, seguramente muchos, por la magia de Moebius, ya están dentro. Es, entonces, cuando la introducción es la de todos a la vez y en este instante el conjunto podría refrendarse en una aseveración de Derrida que me permito transcribir, «Lo que voy a nombrar desafía la economía de lo posible y del poder, del “yo puedo”. Se trata en efecto de la economía en todos los sentidos del término, la ley de lo propio (oikonomía), de la domesticidad familiar,... y más ampliamente de todo lo que Freud llama también economía psíquica».

La afirmación lleva su firma en lo que suscribe y a lo que me suscribo por entero en estos veloces gestos que dibujan en cada uno y a la vez en todos los fragmentos que serán la muestra, no siempre perceptible, de una investigación reiniciada incesantemente. De una numismática actual que bebe su abundante y abundado néctar fetichista.

Esta ponencia sólo pretende ser la figura que encadene sus anillas con otras en tiempo futuro; simultáneamente, más contraídas y más desplegadas. Hacia ellas vamos con pisadas de paloma.


Notas

1 El simposio (o de la erótica —subtítulo agregado— nombre del diálogo platónico era una reunión de bebedores, donde privaba el diálogo, la escucha y donde nadie probaba bocado. Justo lo contrario de lo que se hace en el «banquete» actual) parece formular una erótica específica, provista de reglas rigurosas (léase bien Foucault). Pero, la lectura que hace Lacan, la única consistente en el campo psicoanalítico, lo aborda para tratarla y, a la vez, negarla en la búsqueda de la ligazón del amor con el deseo para ser ambos reducidos en la máxima de la falta, ya que «el amor(Eros) es dar lo que no se tiene». En el simposio esto es cierto, por lo menos, hasta que aparece Alcibíades y con él, quizá, la posesión del amado (erómenos). Así la falta desliza, a su manera, una erótica que falta en tanto que es Aporía, o falta fundamental, la que engendró a Eros, palabra única para el amor y la erótica. Ello indica que no se habla de lo mismo en producciones posteriores, aunque se puso, a menudo, bajo ese término la recopilación de varios escritos, p. ej., los de Pietro Aretino (Sonetos lujuriosos, Diálogo de cortesanas, etc.).  
2 Lo inmanente no debe confundirse con lo innato. El innatismo es una compleja corriente que se extiende, de distintos modos y sentidos, desde Platón a nuestros días. Por ejemplo para Descartes, y tantos otros que lo siguen, ciertas ideas son innatas como la «capacidad de pensar y comprender las esencias verdaderas, inmutables y eternas de las cosas». Pero el asunto no es tan sencillo como parece. Esa «capacidad» ha sido entendida como «disposición», «virtualidad», «propensión», etc. y no como algo dado e inmóvil para siempre. En cambio la inmanencia, según mi perspectiva, deviene constantemente ligada a una experiencia trascendental, ya sin sujeto ni objeto ni mera conciencia que pertenecen a lo trascendente. No pueden tomarse como sinónimos y menos una por otro. De ahí las frases comunes, «sujeto» u «objeto» trascendentes o trascendió tal «cosa». En cambio la «inmanencia absoluta» —de la vida a lo psíquico o la numismática libidinal, por ej.— se caracteriza por su propio devenir, por el aumento o disminución de su potencia, no por la suerte que haría trascender a un sujeto o convertir en trascendente a un suceso. Como dice Deleuze, «es en sí misma: no es en algo (y yo agregaría: ni por algo, simplemente en ser siendo), no está en otra cosa, no depende de un objeto ni pertenece a una cosa».\par Tampoco se trata de una simple inmanencia, donde el concepto operaría automáticamente. En cada caso hay que especificar el plano de inmanencia que se está tratando, los caracteres y singularidades que lo determinan y la vida, la forma de vida, que es en sí mismo dicho plano. Si algo es interno o externo a otra cosa es sólo un embobamiento con la inmediatez. Al sobrepasarla la relacionalidad y la fuerza convoca a lo conjunto y disyunto, a la vida en su potencia y disminución, porque ella es esa mezcla que corre el límite siempre finito a su propia infinitud vivida. Nada más. 

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