Textos para pensar


Pulsión de muerte: pliegues, límites y encubrimientos en la clínica

Silvina Fernández [CV]

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Nota del Editor

El presente texto fue distribuido como soporte para la ponencia del mismo título pronunciada por la autora en las XX Jornadas Psicoanalíticas del EPBCN, tituladas Aperturas en Psicoanálisis (IX).

1. Introducción

El interés de esta ponencia se centra en destacar las formas de manifestación de la pulsión de muerte en la práctica clínica, en sus dos modalidades básicas de exteriorización: el sadismo y el masoquismo. Ambas formas contienen en sí mismas, ligadas, la satisfacción y la agresión o destrucción, ligazón sin la cual determinadas conductas, síntomas, vinculaciones sociales e incluso formas de vida de algunos individuos resultan incomprensibles.

Sin embargo, la pulsión de muerte no puede reducirse sólo al aspecto destructivo,[1] sino que es tan vital como el Eros, así como Eros puede llegar a ser tan mortífero como la pulsión de muerte (aunque esta última afirmación se aleje de nuestra intuición).

Hechas estas salvedades, las formas de exteriorización de la pulsión de muerte nos interesarán por varios motivos. Por un lado, como pulsión de agresión siempre ha sido y ha estado presente como un conflicto de difícil resolución en el ser humano. Por otro lado, porque en ocasiones la pulsión de muerte se dispone y pliega en formas sutiles de agresión difíciles de reconocer y de aceptar para el propio individuo y para los que lo rodean. Además, porque en el afán de explicar de forma diáfana estos conceptos, en ocasiones quedan simplificados y pierdan así la complejidad que comportan. Y, por último, porque si no se tiene en cuenta en la práctica clínica, el análisis que se realice sobre los procesos del paciente será incompleto.

En el desarrollo del texto pondremos en juego todos estos aspectos apoyándonos en viñetas clínicas.[2]

2. Primer acercamiento

Soy un cobarde es la frase con que un paciente se presentó en la consulta. Como descripción de sí mismo entraba en contradicción con su aspecto; pero como conclusión a la que había llegado acerca de su recorrido vital era más ajustada. Aun así, la insistencia en ser reconocido por otros en esa verdad (y otras de características similares) llamaba la atención.

Para muchos, asumir la propia cobardía puede ser el primer paso para un cambio en la posición subjetiva o, incluso, también puede ser un acto de provocación: Soy un cobarde, ¿y qué?, sin embargo, si ninguno de esos pasos, u otros, se dan y lo que observamos es una fijeza en esa posición de autohumillación, es un indicio de que estamos ante otro escenario.

¿Por qué alguien desearía eso? Racionalmente, es difícil de comprender. Sin embargo, sabemos más acerca de ello de lo que creemos.

2.1. Placer en lo displacentero

La asociación entre determinadas sensaciones de displacer o esfuerzo y lo placentero no es una idea muy novedosa, está dentro del imaginario social. Por ejemplo, muchas metas y objetivos que nos proponemos requieren de un gran esfuerzo físico o mental y nos llevan a un límite en el que padecemos, y justo ahí es donde encontramos la satisfacción. En el uso coloquial es habitual decir que lo hecho adquiere más valor porque costó mucho esfuerzo.

Así, tanto el dolor físico como anímico entran en asociación. La primera aproximación que realiza Freud a esta cuestión se halla en Tres ensayos de teoría sexual [9]; allí dice que esta asociación se establece por un mecanismo puramente fisiológico del período infantil. Parte de la idea de que la excitación sexual es el efecto de una serie de procesos internos generadores de intensidad que rebasan ciertos límites cuantitativos. Y también el dolor y lo displacentero son fenómenos que provocan un incremento de intensidad con su debido vuelco en excitación sexual, configurando la base para lo que llamará masoquismo erógeno originario.

Esto explica en parte el placer que se siente en situaciones de tensión. Sin embargo, a la luz del desarrollo de los conceptos de pulsión de vida y pulsión de muerte esta explicación era insuficiente, por lo que en El problema económico del masoquismo [4] retoma lo ya dicho y amplía su concepción. Apoyándose en Más allá del principio de placer [6], dice que en el ser vivo la pulsión de muerte tiende a la desintegración del organismo, y justamente es la libido la que inhibe ese proceso, mezclándose con aquélla y dirigiéndola hacia los objetos del mundo exterior como pulsión de destrucción. Como resultado de esta mezcla, el sector de la pulsión de muerte que se exterioriza y se adhiere a la función sexual es el sadismo y la parte que permanece dentro del organismo cuyo objeto es el propio ser, con ayuda de la coexitación sexual, es masoquismo erógeno.

El masoquismo erógeno es entonces la prueba de aquella fase originaria en que aconteció la mezcla pulsional, porque sin ella el organismo hubiera perecido por su propia constitución. A cambio de ello quedan ligadas satisfacción y autodestrucción, con distintas intensidades según el recorrido y la constitución de cada individuo. Y con el sadismo ocurre lo mismo, la descarga hacia el exterior y la destrucción o agresión quedan ligadas a cierta satisfacción.

Así como se produjo la mezcla, muchos son los factores que juegan para que en un determinado momento acontezca un desmezcla pulsional. A partir de aquí puede pasar que el sadismo desligado de la libido y como pulsión de destrucción arremeta contra los objetos del mundo (como veremos más adelante). O bien que esa pulsión de destrucción se vuelque contra el propio ser y refuerce el masoquismo originario ya como masoquismo secundario.

Tenemos la primera imagen: tanto sea dirigida hacia afuera o hacia uno mismo, coloreada con Eros, la pulsión buscará de forma constante la satisfacción sin importarle las consecuencias.

Volvamos a la primera viñeta clínica.

2.2. Soy un cobarde

Soy un cobarde es la conclusión a la que ha llegado después de valorarse en distintas situaciones de su vida. Piensa que desde su juventud siempre fue arrastrado por los deseos de los demás, no reconoce como propia ninguna decisión tomada, ningún afecto sentido, ni siquiera reconoce su propio interés en la profesión que ejerce. Varias situaciones de insatisfacción fueron sostenidas por muchos años sin que fuera capaz de poner un límite. Y terminará sus días sufriendo.

Todo fue, es y será insatisfactorio y, aunque es capaz de verlo y se compromete con acciones puntuales, no está dispuesto a movilizar nada. Lo que prevalece es un padecimiento constante y una rigidez férrea apoyada por racionalizaciones que en ocasiones llegan a ser contradictorias. En este pliegue sobre sí mismo nos encontramos no sólo con el goce en lo displacentero, es decir, con este masoquismo erógeno acrecentado, sino que sobre él se ha instaurado una forma de conducta en la vida, lo que Freud llamó masoquismo moral.

3. ¡Ay! Cuánto sufrimiento en esta vida

En el masoquismo moral lo importante es el padecer, da igual quién o qué inflija el sufrimiento. Y la neurosis es en sí una forma de padecimiento, por eso esta forma de masoquismo se nos revela, en ocasiones, como un límite a la curación. La satisfacción que se obtiene es totalmente inconsciente y en lo social pasa generalmente inadvertida, sólo es alguien que ha tenido mala suerte o que no ha sabido hacer.

El paciente llega, entonces, a la consulta lamentándose de todo lo que le ha sucedido: imprevistos que no le permitieron conseguir lo que quería, maltratos y decepciones por parte de la gente que ama, emprendimientos que no salieron bien. Voluntariamente quiere salirse de allí, quiere sentirse bien, pero su conducta en el mundo revela que ha ido y que va en la dirección contraria.

Detrás de esta acumulación de desaciertos, lo que sostiene esa actitud en la vida es la necesidad de ser castigado y expiar, así, el sentimiento de culpa inconsciente que deriva, en estos casos, de una regresión y resexualización de la moral.

Si nos atenemos al desarrollo psíquico, con el sepultamiento del complejo de Edipo y la instauración del superyó, la conciencia moral y la moral misma quedan desexualizadas. Pero en el caso del masoquismo moral se produce una regresión en la que el complejo de Edipo es reanimado y la moral misma es resexualizada.

Así se comprende que el ser golpeado por el padre o uno de sus subrogados, como el destino, el jefe, el maestro, un mayor, etc., es una forma regresiva de entrar en vinculación con él. Pero estos mismos deseos son los que producen el sentimiento de culpa que castiga con los reproches procedentes de la conciencia moral sádica. Entra, de esta forma, en un círculo de difícil salida, en el que cada desgracia que se procura es el castigo que cree merecer por esos deseos inconscientes y es, a la vez, fuente de satisfacción masoquista. De aquí deriva la dificultad para abordar estos casos en la clínica, porque donde dice que sufre, en verdad goza.

Por ello muchas neurosis se curan en el momento que la persona tiene un infortunio real en la vida, importa que uno se sienta miserable, no interesa de qué modo, llega a decir Freud en Esquema de psicoanálisis [5].

Ahora bien, si esta forma de satisfacción pulsional sólo atañe a quien la padece, en algunos casos, perfectamente podríamos retirarnos. Sin embargo, necesita de los otros para su satisfacción: bien para obtener el castigo, bien como lugar en donde regodearse.

3.1. Malestar por doquier

¡Que penita me doy!, exclama otro paciente, y acto seguido dispara una larga lista de explicaciones de todo lo que le salió mal, que lejos de llevar a la conmiseración, despierta malestar, porque ¿qué se supone que debemos hacer? ¿Convencerlo de que su vida no es tan penosa como se figura, que seguro le esperan cosas buenas, que tiene que levantar ese ánimo porque es una persona maravillosa y merece otra cosa para sí mismo? Eso lo escucha diariamente sin que tenga ningún efecto.

Y, además, sucede algo llamativo: si comienza a sentirse mejor anímicamente, entonces sobrevienen dolores de cabeza, problemas en el aparato digestivo, insomnio, no puede salir de casa, etc. Es decir, cualquier mejoría en el ámbito psíquico aparece como una amenaza y su padecimiento se traslada al cuerpo.

Observamos que la hostilidad no sólo la vuelca hacia sí mismo, sino que también desborda sobre los otros, hace sentir mal a quienes lo rodean, volviéndolos impotentes: contigo no hay nada que hacer, le responden, puesto que cualquier intento de ayuda termina, en el mejor de los casos, con frustración, en el peor con un recrudecimiento de su padecer. A la vez, produce actos de manipulación inconscientes con los que espera ser golpeado, ser abandonado, ser reprochado, ser exigido, repitiendo de esta forma su trágico destino. Su fijeza y autolamentación pueden llegar a ser desesperantes, y aunque sus allegados en muchas ocasiones se retiran, no es sin cierto desasosiego.

Esta forma de goce rompe vinculaciones, produce malestar alrededor, en ocasiones rebasa sobre el propio cuerpo y toca el cuerpo del otro de forma larvada. Así, la pulsión de muerte satisface los componentes tanto masoquistas como los sádicos.

A partir de aquí nos surge la pregunta, ¿se puede pensar un masoquismo puro, sin satisfacción sádica en juego? El masoquismo vinculado con las prácticas sexuales puede echar luz al respecto.

4. 50 sombras de Grey

Hoy en día, si hablamos de masoquismo o de las llamadas actualmente BDSM (Bondage, Disciplina, Dominación, Sumisión, Sadismo y Masoquismo), automáticamente aparecen en nuestra mente el porno, las revistas y la literatura erótica; que, lejos de ser algo censurable, está de moda y reaviva el deseo en la pareja. Ahora bien, el jueguito de esposas y látigo no es más que eso, un jueguito.

En la práctica sexual masoquista, por un lado, el individuo, ya sea en la fantasía o en la escenificación que realiza de la fantasía, necesita ser amordazado, atado, golpeado dolorosamente, azotado, maltratado de cualquier modo, sometido a obediencia incondicional, ensuciado, denigrado para obtener placer. Y no podrá obtenerlo de ninguna otra forma que no sea la de estar ubicado en ese lugar de sometimiento. Se instaura, así, como la única forma de satisfacción posible.

Freud denomina a esta forma de satisfacción masoquismo femenino, porque pone a la persona en una situación característica de la mujer: ser castrado, poseído sexualmente o parir. Y, como en el masoquismo moral, está sostenida por el sentimiento inconsciente de culpa y expresa el castigo que se merece por algo que ha infringido.

Por el otro, aquel que está en la posición sádica también obtiene satisfacción. Pero ésta no deviene por el sólo hecho de infligir dolores, humillar o sojuzgar, sino que debido a que previamente obtuvo satisfacción masoquista es que luego, identificado con el objeto al que somete, puede gozar de esa misma forma masoquista. El dolor en sí, como hemos comentado, no es fuente de goce, sino que el goce se obtiene de la excitación sexual que lo acompaña. Freud irónicamente señala que como sádico esto es particularmente cómodo [8].

Entonces, si bien antes encontramos que ciertas satisfacciones masoquistas tenían su aspecto sádico que nos hacían pensar que no hay una separación tajante entre estas formas, la satisfacción sádica proveniente de un goce masoquista más originario refuerza aún más esta idea.

Los límites entre sadismo y masoquismo se desdibujan, como así también la idea de un exterior y un interior. Y damos un paso más: esta forma de satisfacción pulsional que observamos en el masoquismo femenino puede estar presente en fantasías inconscientes también en aquellos que están apartados de esta satisfacción sadomasoquista explícita.

4.1. No puedo tolerarlo

Palpitaciones, agitación, cierta tentación de mirar pero sin ser vista cada vez que su jefe reprende a alguna de sus compañeras de trabajo. Ver que alguien haga daño a otro no puedo tolerarlo, pero a la vez no puedo dejarlo estar. Luego tengo que ir y enterarme de los detalles, de lo que le han dicho, del porqué, exclama. No entiende por qué le produce tanta movilización y pensamientos encontrados, aunque reconoce que, a veces, le da satisfacción. Lo mismo le sucede con noticias que escucha en la radio o la televisión acerca de mujeres maltratadas o abusadas. Le repele, pero no puede dejarlo estar. Clínicamente, esta movilización exagerada, la afectación corporal, es indicio de que hay algo inconsciente en juego.

Por un lado, en la situación laboral podemos interpretarlo como satisfacción de determinados deseos inconscientes infantiles de índole sádica que entran en conflicto con su moral: celos hacia los pares que se ven resarcidos por la afrenta con el superior, sentimientos egoístas de ser ella la preferida, ver que es a otros a quienes se golpea y no a ella, etc.

Por otro lado, en la observación de las escenas en las que un mayor azota (metafóricamente hablando en el caso del ámbito laboral) o abusa de otro, puede jugarse también la satisfacción de una fantasía totalmente inconsciente de índole masoquista, es decir, la de ser ella misma azotada por un mayor que regresivamente equivale a ser amada, y sus derivaciones: ser deseada, ser poseída. Esta fantasía, igual que en el masoquismo femenino, es la expresión de la conciencia de culpa frente a los deseos incestuosos [7].

Entonces, esta satisfacción masoquista que a priori parece más bien sádica, como resultado de diversas formas de vaivenes identificatorios, redunda en la ruptura de límites: no hay adentro y afuera sino pura satisfacción pulsional. Incluso en los casos extremos, como el que desarrollaremos a continuación, siempre hay una gota que desborda en el otro ámbito.

4.2. Mi madre es mi refugio

Después de haber obtenido reconocimiento a nivel laboral en una gran empresa y viajar por todo el mundo, su vida comienza a cambiar. Primero una intervención quirúrgica de la que le quedan secuelas, después una depresión de la que nunca termina de recuperarse completamente y que continúa en su vida de forma intermitente, ataques de ansiedad que vienen en los momentos menos convenientes, luego la detección de una enfermedad crónica de la que padece un dolor constante que es resistente a la medicación y, finalmente, problemas en las articulaciones. En diez años pasa del éxito a la invalidez con un padecimiento corporal constante.

Hasta aquí es un ejemplo paradigmático de lo expuesto por Freud en Los que fracasan al triunfar [2]. Una vez conseguido todo lo anhelado, la conciencia moral prohíbe a la persona disfrutar de su logro. Pero no se detiene aquí.

La única satisfacción que reconoce como tal son los encuentros sexuales de escenificación sadomasoquistas, cada vez más espaciados en el tiempo, en los que ha ido alternando de posición. Esta tendencia emergió con fuerza en la adolescencia, pero a medida que sus circunstancias vitales empeoraron fueron desapareciendo y ahora son sólo encuentros muy puntuales.

Actualmente no trabaja, vive con su madre y una vez retirado del mundo, el cuerpo es entonces el campo del que obtiene máxima satisfacción. ¿Qué espera de las sesiones? Recuperarse un poco y conocer a alguien. Sin embargo, cuando la interpretación va en la línea de la satisfacción masoquista que es evidente en todo su cuadro, la respuesta es una sonrisa ¿sádica?, podemos preguntarnos.

El goce corporal, la degradación anímica y la ganancia secundaria de la enfermedad son altísimos. Movilizar algo de esa estructura es una tarea casi imposible. Su único malestar y culpa consciente proviene de la situación económica, puesto que sobrevive gracias a su propia pensión y, principalmente, a la de su madre.

Ahora bien, ¿sentirse mal y culpable no sería, acaso, suficiente para llevar a cabo algún cambio en su vida? Depende. Sentirse mal también es parte del goce masoquista. Y su madre lo comprende, porque ser una buena madre implica eso, estar con su hijo en todo, responde con esa misma sonrisa sádica, ya sin duda. Y esta es la gota que desborda en el otro ámbito.

Entonces, observando este caso tan extremo, ¿podríamos pensar en el despliegue de una pulsión de muerte sin Eros? De ser posible, ¿cómo se figuraría en las dos formas que estamos elaborando?

5. Desmezcla pulsional

Pensar en la pulsión de muerte sin Eros es hablar de la desmezcla pulsional, y aquí los términos masoquismo y sadismo ya no se ajustan. Entonces, si nos interesan estos extremos es porque nos revelará formas del juego medio.

5.1. Furia ciega destructiva

En El malestar en la cultura [3] Freud dice que la satisfacción de la pulsión de agresión, cuando surge sin ningún tipo de revestimiento erótico, en la furia ciega más destructiva, está enlazada con un goce narcisista extraordinariamente elevado -destaca- y por un momento el yo vivencia los deseos inconscientes infantiles de omnipotencia.

Ampliando la mirada fuera de la clínica, esto explica, en parte, la situación del mundo actual: devastación, contaminación, conflictos bélicos, etc. Lamentablemente, hay muchos individuos en los que prevalecen estos rasgos más narcisistas, que se sienten (y en algunos casos lo son a nivel geopolítico) poderosos y omnipotentes, y guiados por el principio de placer dan satisfacción a la pulsión como lo hicieron en sus años de infancia, sólo que ya no se trata de desmembrar insectos, sino de someter, sojuzgar y maltratar a otros seres humanos, a los animales, a la naturaleza misma. Lo que los moviliza es la pura satisfacción narcisista, en la que el sentimiento de culpa rara vez está presente.

Si estos deseos narcisistas de omnipotencia se hacen tan evidentes en la desmezcla pulsional es porque también están presentes de forma temperada en todos nosotros como consecuencia de la mezcla con Eros. Por ello el acceso a un lugar de poder establecido por una jerarquía puede despertarlos y generar distintos escenarios. Por un lado, puede repetirse a escala micro lo que expusimos previamente a escala mundial, es decir, que esos deseos infantiles narcisistas se satisfagan mediante el abuso y el exceso de poder ejercido contra otros en diversos ámbitos como pueden ser el familiar, laboral, de amistades, de pareja, etc.

Por el otro lado, en personas con inclinación más bien sádica pero cuya conciencia moral es más estricta, estos componentes infantiles pueden dificultar llevar adelante lugares simbólicos que implican una jerarquía, puesto que para evitar caer en ese lugar de exceso que la conciencia moral no les permite, se posicionan en el otro extremo y dejan de ejercer la autoridad correspondiente al cargo, entrando así en una oscilación entre posicionamiento rígido y laissez faire.

Un paciente cuenta las contrariedades que tiene para coordinar un grupo de personas en el trabajo: se lleva muy bien con ellos, casi amigos, pero por momentos siente que le toman el pelo y que debería poner ciertos límites, pero le es imposible. El temor de ser un tirano como lo es su jefe inmediato le hace desplazarse en un vaivén entre abuso de mi lugar-soy abusado, cuya expresión en general es abusan de mi confianza.

Y en el otro extremo, ¿qué nos encontramos?

5.2. Al límite de la vida

Lo que no permite perecer al individuo es la mezcla pulsional. En sus últimos días Freud retoma la idea de la pulsión de autoconservación, y en Esquema del psicoanálisis [5] dice que hay pacientes en los que dicha pulsión ha experimentado un trastorno y sólo buscan dañarse y autodestruirse. En ellos supone una vasta desmezcla pulsional a consecuencia de la cual cantidades hipertróficas de la pulsión de agresión han quedado liberadas y se han vuelto contra el yo. No toleran restablecimiento anímico alguno, y en el extremo quizá -puntualiza Freud- sean aquellos que lleguen al suicidio. En este extremo advertimos que la pura furia ciega es dirigida hacia uno mismo.

Llegados a este punto, es momento de hacer un stop. Partimos del masoquismo originario, para desarrollar el masoquismo moral y femenino, llegando a la conclusión de que no hay límites entre adentro y afuera cuando hablamos de goce masoquista o sádico. Porque siempre se necesita de otro, de otros, para la satisfacción. Y si nos remitimos a las formas puras -podemos llamarlas así- concluimos que nos llevan a la destrucción del mundo o a la del propio organismo.

Ahora bien, hay otras formaciones en las que la satisfacción tanto sádica como masoquista está presente pero encubierta: hablamos del automartirio y el arrepentimiento, tan habituales en la práctica clínica.

6. Automartirio y arrepentimiento

6.1. No sirvo para nada

El automartirio es técnicamente el castigo del superyó al yo por algo que ha pensado, sea consciente o no de ello, o ha hecho. Y la dureza acrecentada es consecuencia de una parte de la pulsión de muerte que en su retorno al yo se ha volcado en el superyó.

En el masoquismo moral, la moral misma está puesta en duda por el proceso de resexualización. Por ello encontramos que en los pacientes hay un sentirse mal explícito más ligado a la obtención de placer masoquista, y no tanto como una crítica que pueda abrir el camino hacia un proceso de subjetivación.

Si nos detenemos en el campo de las neurosis también podemos detectar rasgos masoquistas en juego. En la crítica cruel que realiza el superyó al yo con frases del orden eres un imbécil, no sirves para nada, no te mereces nada, etc., el yo las asume y se martiriza diciendo soy un imbécil, no sirvo para nada, etc., desencadenando así toda una serie de autolamentaciones de las que obtiene la satisfacción.

Ahora bien, el automartirio en el campo de la neurosis obsesiva tiene otras particularidades, puesto que es la respuesta al propio sadismo del individuo proviente de la regresión libidinal a la fase sádico-anal característica de esta neurosis. En dicha regresión la pulsión de destrucción es liberada y arremete contra los objetos de amor más allá de las intenciones del yo, y debido a ello el yo es castigado con dureza por el superyó. El resultado es, junto con el automartirio un sentimiento de culpa en muchas ocasiones, consciente.

Debido a esta estructura tan férrea, a la satisfacción obtenida y a la dureza del superyó, conlleva mucho tiempo deshacer estos circuitos.

6.2. Prometo que no lo volveré a hacer

Ahora bien, el arrepentimiento no es más que la culpa que se siente por la satisfacción de una necesidad pulsional que ha adquirido tanta intensidad que la conciencia moral no puede contener. Una vez satisfecha y rebajada la intensidad viene la frase: ¡Qué he hecho! Y la promesa de no volver a hacerlo (promesa que generalmente no se cumple).

Esa necesidad puede provenir de los más diversos ámbitos y situaciones, no sólo de mociones hostiles, y será la incapacidad para frenar, absorber, redirigir, aplazar esa descarga lo que termine haciendo daño o causando una molestia al otro.

Cuando estoy mal me pongo muy pesada, no lo puedo evitar, y pobre mi pareja, todo lo que hace me parece que está mal. La comida que prepara no me gusta, el cómo se mueve, lo que dice y piensa. Cuando se me pasa le pido perdón. Se comprende: una vez que se descargó con quien tenía más cerca, se queda tranquila. Pero el daño ya está hecho, el malestar por haberse puesto pesada también está provocado y, entonces, el arrepentimiento aparece él mismo como un castigo.

Así, en el automartirio lo que destaca es el sadismo de base y un superyó cruel que no se deja avasallar, mientras que en el arrepentimiento es la intensidad de la necesidad pulsional lo que se impone. Ambos son formas de autocastigo y en ambos sobreviene un sentimiento de culpa después de realizar el acto contra el otro.

Ahondemos ahora en el sentimiento de culpa que hemos visto asomarse reiteradas veces en esta ponencia.

7. Sentimiento de culpa

El sentimiento de culpa, consciente o inconsciente, lo hemos encontrado casi en todos los puntos desarrollados como indicio de un conflicto entre la conciencia moral y las mociones pulsionales agresivas.

Es necesario destacar que, aunque en ocasiones podríamos pensar que las mociones eróticas inconscientes también son fuente de este sentimiento,[3] Freud remarca que son sólo las agresivas las que se transmudan en sentimiento de culpa. El proceso es el siguiente: una moción pulsional erótica busca la satisfacción, pero alguien la estorba. Es, entonces, la hostilidad que va dirigida a aquel que estorba esa satisfacción la que se sofoca, se endosa al superyó y desde allí produce el sentimiento inconsciente de culpa.

El sentimiento inconsciente de culpa es constitutivo del aparato psíquico y su intensidad dependerá, por un lado, de la intensidad de las pulsiones agresivas que pugnan por expresarse y, por otro, de la crueldad del superyó.

Me siento mal desde hace mucho tiempo, y me di cuenta de que me siento culpable por todo. Su vida está exprimida por su autoexigencia, trabaja y estudia veinte horas al día, aun así se siente mal, no puede decir que no a nadie ni a nada, le sabe mal y no quiere molestarlos. Ahora bien, cuando finalmente se atreve a decir que no, el destrozo que produce es monumental. Su argumentación es lógica: ya no podía más, he hecho todo lo posible, pero mi capacidad tiene un límite. No hay nada malo en ello, ¿verdad?, pregunta. Racionalizaciones que intentan tranquilizar su conciencia, que imploran al superyó un poco de piedad, pero no la consigue, aumentando su malestar y afirmando su autoexigencia de llevar todo adelante sin queja alguna.

Pero esta autoexigencia no sólo proviene de la crueldad del superyó individual, sino que también contamos con duras exigencias ideales que plantea un superyó de la comunidad, que construye cada comunidad, bajo el que se desarrolla la cultura y cuyo incumplimiento es castigado mediante angustia de la conciencia moral.

En la clínica observamos que las exigencias del superyó individual permanecen, generalmente, inconscientes. Mientras que los reproches, cuando llegan a la conciencia, coinciden en muchos aspectos con las exigencias de este superyó de la comunidad. Exigencias que, lejos de promover los intereses de la persona, son alienantes y vuelven más cruel al superyó, con el consiguiente aumento del sentimiento de culpa.

Así, el sentimiento de culpa es una manifestación de la pulsión de muerte que vuelve más sádico al superyó. Si esta crueldad en algún momento conecta con cierta satisfacción inconsciente, ya queda abonado el terreno sobre el que es posible que se desarrolle una satisfacción de orden masoquista fijando al individuo en ese lugar de padecimiento.

7.1. Exigencias que ahogan

Siempre había pensado que haría algo con su vida: es la persona más inteligente de la familia, lo sabe y se lo han dicho, ha estudiado dos carreras, su situación económica es tal que no necesita trabajar para vivir, lo que le permite una mayor movilidad en cuanto a sus intereses. Pero no logra hacer nada de lo que se supone que tiene que hacer, situación que le hace sentir muy mal, anímica y físicamente.

Se siente culpable por haberse ido del país de origen y haber dejado a sus padres, por sus hermanos que están lejos, por su pareja, que la tiene que aguantar. A la vez, todos esperan que haga algo de provecho con su vida, incluso sus amistades se posicionan en ese lugar, alientan, empujan a que haga algo. Lo que siente es culpa e impotencia, combinación que desborda en malestar por doquier.

Nos enfrentamos así a imperativos individuales y sociales que oprimen, aumentan el sentimiento de culpa e imponen formas de vida sin miramiento por las particularidades psíquicas, vitales, económicas, sociales, afectivas, de los individuos. En este entramado, el malestar está asegurado.

Hemos llegado aquí al final de la ponencia, creemos que es momento de concluir.

8. Para ir cerrando

Camaleónica, insaciable, constante. La vida pulsional no cesa, nos mantiene vivos y gozando, a la vez que nos fuerza hacia situaciones de difícil resolución. Si lo importante es la satisfacción, la buscará más allá de toda moral y daño.

Y esta es una de las dificultades con la que nos encontramos en la práctica clínica, puesto que si hay satisfacción inconsciente, ¿por qué alguien debería renunciar a dicha satisfacción?

La respuesta va más allá de aliviar el padecimiento del propio individuo; es decir, aquellos cuya satisfacción privilegiada está centrada en el malestar y la descarga de la hostilidad se convierten en individuos asociales y egoístas, que sólo pueden tomar lo generado por el mundo y, en el mejor de los casos, no devuelven nada, o en el peor, destruyen parte de dicho entorno. No estamos ni solos ni aislados de nuestro entorno, nuestros límites están tan desdibujados como lo están para la pulsión. Por lo tanto, la renuncia debería imponerse como una cuestión ética: no se puede hacer daño, destruir, herir gratuitamente.

¿Cómo se llega hasta ahí? Por un difícil camino, puesto que implicaría la transformación de la satisfacción pulsional, en el que la mayoría queda a mitad. Una meta no imposible pero que sí requiere gran esfuerzo y compromiso.

En todo caso, no hay que desmerecer a aquellos que dan pasos en esa dirección; el trabajo que realizan produce modificaciones interesantes: llegan a elaborar los diversos conflictos y ambivalencias que están presentes en los vínculos, detectan los actos de manipulación propios y ajenos, ponen fin a los circuitos de autolamentación cuyo resultado es siempre el padecimiento, entre otros procesos.

Ahora bien, no podemos dar fin a la ponencia sin dejar por escrito esa pregunta que estuvo en suspenso a lo largo de todo el desarrollo: ¿es posible la sublimación de la pulsión de muerte? Pregunta pendiente para otra ponencia.

Barcelona, marzo de 2021

Referencias

[1] Silvina Fernández. El odio y sus despliegues. En Textos para pensar, 2014.
[2] Sigmund Freud. «Algunos tipos de carácter dilucidados por el trabajo analítico. Los que fracasan al triunfar». En Sigmund Freud Obras Completas, vol. xiv: Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico, Trabajo sobre metapsicología y otras obras. Buenos Aires: Amorrortu, 2003.
[3] Sigmund Freud. «El malestar en la cultura». En Sigmund Freud Obras Completas, vol. xxi: El porvenir de una ilusión, El malestar en la cultura y otras obras. Buenos Aires: Amorrortu, 2001.
[4] Sigmund Freud. «El problema económico del masoquismo». En Sigmund Freud Obras Completas, vol. xix: El yo y el ello y otras obras. Buenos Aires: Amorrortu, 2000.
[5] Sigmund Freud. «Esquema del psicoanálisis». En Sigmund Freud Obras Completas, vol. xxiii: Moisés y la religión monoteísta, Esquema del psicoanálisis y otras obras. Buenos Aires: Amorrortu, 2001.
[6] Sigmund Freud. «Más allá del principio de placer». En Sigmund Freud Obras Completas, vol. xviii: Más allá del principio de placer, Psicología de las masas y análisis del yo y otras obras. Buenos Aires: Amorrortu, 2001.
[7] Sigmund Freud. «Pegan a un niño». Contribuciones al conocimiento de la génesis de las perversiones sexuales. En Sigmund Freud Obras Completas, vol. xvii: De la historia de una neurosis infantil (el «Hombre de los lobos») y otras obras. Buenos Aires: Amorrortu, 1997.
[8] Sigmund Freud. «Pulsiones y destinos de pulsión». En Sigmund Freud Obras Completas, vol. xiv: Contribución a la historia del movimiento psiconalítico, Trabajo sobre la metapsicología y otras obras. Buenos Aires: Amorrortu, 2003.
[9] Sigmund Freud. «Tres ensayos sobre una teoría sexual». En Sigmund Freud Obras Completas, vol. vii: Fragmentos de un caso de histeria (Dora), Tres ensayos de una teoría sexual y otras obras. Buenos Aires: Amorrortu, 1996.


Notas

1 En la ponencia El odio y sus despliegues [1] desarrollo más ampliamente esta idea. 
2 Los relatos clínicos están lo suficientemente desfigurados como para mantener la confidencialidad de los pacientes. 
3 Por ejemplo, cuando desarrollamos la satisfacción masoquista que se juega en las fantasías inconscientes de ser golpeado, que regresivamente implica ser amado. 

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