Textos para pensar


El odio y sus despliegues
Algunas particularidades

Silvina Fernández [CV]

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Nota del Editor

El presente texto fue distribuido como soporte para la ponencia del mismo título pronunciada por la autora en las XIII Jornadas Psicoanalíticas del EPBCN, tituladas Aperturas en Psicoanálisis (II).

Introducción

El odio es uno de los sentimientos asociados con la parte más oscura del hombre. Frecuentemente son sus aspectos negativos vinculados con la destrucción, con el mal, los que se imponen y obstaculizan el poder abordarlo en su complejidad y totalidad.

El odio es un sentimiento inherente al ser humano y está presente en todas las vinculaciones que tenemos con los objetos del mundo. En la práctica clínica llamó mi atención el hecho de que algunos pacientes no se atrevieran a hablar de él, aun a sabiendas, me refiero estrictamente a la situación analítica, de que lo que dijeran iba a ser tomado como material de análisis, es decir, no sería sometido a ningún tribunal moral. Si esto les sucedía en la relación analítica es porque, probablemente, fuera de esta relación les pasa lo mismo, a saber, tendrán dificultades para vérselas con su propia agresividad.

Además, observé que estas dificultades para sentir, reconocer y/o expresar los propios deseos y sentimientos hostiles, no sólo alejan al paciente de su padecimiento, sino que lo detienen en ciertos aspectos de su vida.

En la siguiente exposición, guiada por la teoría freudiana y también como resultado de la elaboración de algunos casos clínicos, abordaré algunas consecuencias derivadas de la dificultad para manifestar la hostilidad en dos situaciones particulares:

— en la primera, esta incapacidad para manifestar la hostilidad está íntimamente vinculada con una inhibición en la capacidad crítica y ello, en algunos casos, repercute en el apartamiento del mundo intelectual;

— en la segunda, me centraré particularmente en el procesamiento de la rivalidad, y cómo la no tramitación adecuada de los sentimientos concomitantes a dicha situación pueden reactivar situaciones edípicas, atrapando al individuo en una relación imaginaria paralizante.

Comenzaré explicando brevemente la teoría de las pulsiones.

La pulsión de muerte y el odio

Una breve introducción a la teoría de las pulsiones

En la teoría freudiana existen dos variedades de pulsiones.

Eros o pulsión de vida comprende las pulsiones sexuales genuinas, las mociones pulsionales de meta inhibida y las sublimadas, así como la pulsión de autoconservación. La energía de estas pulsiones es la libido, encargada de investir objetos, de buscar la reunión, la síntesis y con ello lograr la conservación de la vida.

Nuestro interés se centra en la segunda variedad de pulsiones, las llamadas pulsiones de muerte. Para ellas no se distingue ninguna energía en particular y, como tal, no son pesquisables. Las observamos cuando una parte de ella se exterioriza como pulsión de destrucción o de apoderamiento, mientras otra parte, que permanece en el interior del organismo, nos es ocultada.

No podemos pensar las pulsiones de vida separadas de las de muerte, ellas están íntimamente ligadas desde el comienzo. No conocemos exactamente cómo se da esta mezcla pulsional, sólo que es proporcionalmente variable y de diversa intensidad en cada uno de los individuos. Y que así como se mezclan, por diversas circunstancias puede acontecer una desmezcla.

Así como Eros lucha por la conservación de la vida, las pulsiones de muerte laboran en el sentido contrario, quieren hacer retornar al organismo a un estado anterior.

Apoyándonos en la biología, el proceso anabólico nos orienta en cuanto al funcionamiento de las pulsiones de vida, éstas buscan la unión, la síntesis, el ligar libidinalmente los componentes para la consecución de la vida. En tanto que el proceso catabólico nos permite comprender la modalidad de procesamiento de las pulsiones de muerte; éstas trabajan en pos de la descomposición, la disgregación, la separación de la materia.

La pulsión de muerte se exterioriza a través de la pulsión de destrucción, y ésta no tiene una voluntad propia, no piensa, no siente, es una fuerza que sólo procesa a su manera, o sea, disgregando, separando, desarticulando todo lo que toca.

¿Qué es lo que guía a la pulsión de destrucción? Freud aquí es claro: la pulsión de destrucción es guiada por el odio. Dice: «...nos contenta mucho que podamos pesquisar en la pulsión de destrucción, a la que el odio marca el camino, un subrogado de la pulsión de muerte, tan difícil de asi» [1, p. 43].

¿Cuál es la función del odio dentro del psiquismo?

En la vida cotidiana el odio siempre aparece ligado al amor, generalmente como su contrario, y son concebidos en una paridad que no es tal. El odio y el amor no parten de algo común, no son el lado bueno y malo de una misma cosa, como se piensa, sino que sus orígenes son diversos [5, p. 132] y cada uno de ellos tiene desarrollos particulares.

El odio es más originario que el amor, surge en reacción del narcisismo originario frente al mundo exterior. Desde el primer momento que nos relacionamos con el mundo éste nos aparece como hostil; de él nos vienen los estímulos que perturban la estabilidad del aparato psíquico, por ello en un comienzo coinciden lo odiado, el mundo exterior y los objetos.

El odio parte del yo, es el yo quien odia a todo aquello que le procura una sensación displacentera y arremete contra ello sin ningún tipo de miramiento: «El yo odia, aborrece y persigue con fines destructivos a todos los objetos que se constituyen para él en fuente de sensaciones displacenteras, indiferentemente de que le signifiquen una frustración de la satisfacción sexual o de la satisfacción de necesidades de conservación. Y aún puede afirmarse que los genuinos modelos de la relación de odio no provienen de la vida sexual, sino de la lucha del yo por conservarse y afirmarse» [5].

En esta cita queda explicitado que el yo es capaz de destruir aquello que le daría una satisfacción pulsional, pero que él vive como una amenaza para su conservación y afirmación. ¿A qué se refiere Freud cuando dice que los genuinos modelos de la relación de odio provienen de la lucha del yo por conservarse y afirmarse?

Descartamos que sea en relación a la conservación del individuo, ya que sería una contradicción con la frase anterior del párrafo. Entonces, podría ser que haga referencia a la conservación del yo en tanto instancia psíquica. Debido a que el yo en el comienzo es endeble y es a lo largo del desarrollo del individuo que se va conformando, se entiende que cada impulso o excitación que reciba lo desestabilice y como respuesta, para la propia conservación, intente eliminar a la fuente de displacer.

Ahora bien, a medida que el individuo crece, ese yo endeble se va fortaleciendo, es decir, se va conformando mediante identificaciones: los objetos incestuosos son los primeros y abren la serie a todos los siguientes; los rasgos de carácter también son formaciones del yo, junto con las formaciones reactivas y los ideales a los que se aspira. Esta instancia también adquiere, debido a las vivencias, modos de funcionamiento y procesamiento privilegiados. Como resultado de este proceso, apenas esbozado en estas líneas, el yo adquiere una identidad que vive como propia y que lo define.

Entonces, podría ser que la lucha por conservarse y afirmarse, que ya no está relacionada con ese yo endeble, fácil de desestabilizar, sea la lucha contra aquello que ponga en jaque la propia identidad, es decir, alguna de las identificaciones o rasgos de carácter del yo, o contra aquello que pueda derivar en el resquebrajamiento del propio ideal. En este sentido, el odio se dirigiría contra lo que hace peligrar alguno de los aspectos de esa conformación con el objetivo de eliminarlo, ya que la desestabilización en este caso viene dada por el temor a la pérdida de algo que cree propio.

Ejemplificándolo, el yo odia al que me hace ver que no soy tan fantástico como pensaba, al que desmiente mi gentileza y amabilidad, al que me devuelve la opacidad de mi ser. Emerge cuando el yo siente peligrar su grandiosidad.[1]

Dice Lacan: «Estamos tan sofocados por esto del odio que nadie se percata de que un odio, un odio consistente, es algo que se dirige al ser, al ser mismo de alguien que no tiene por qué ser Dios» [6, p. 120].

Llevado por el odio, el yo emprende una auténtica investigación, un análisis exhaustivo de ese a quien está dirigido. De pronto el otro se transforma en el enemigo, y es a quien se dedica la máxima atención. El yo toma notas de lo que dice, de lo que hace. Evalúa sus fortalezas y debilidades. Lo observa para saber cómo piensa, cómo siente. Sigue con su mirada inquisitiva la mirada del otro, lo desnuda en su ser. Entregado a la pulsión de destrucción, el yo desgrana, descompone al otro en partes con la crueldad de un niño que despieza un grillo.

En esta línea y llevado al extremo, el odio es altamente destructivo. Sin embargo, en otro aspecto, si observamos la modalidad con la que procesa y trabaja, advertimos que en verdad lo que realiza es un análisis exhaustivo del objeto o la situación que vive como amenazantes.

Si damos un paso más, ya no podemos desligar la modalidad de procesamiento de la pulsión de destrucción de la capacidad de análisis vinculada con las capacidades intelectuales. Ambas tienen el mismo objetivo; así, no es difícil pensar que cuando uno pone en juego la capacidad analítica lo que subyace es la pulsión de destrucción, es el odio, ya no emergente frente a un peligro, sino en otro de sus múltiples despliegues.

Para concluir esta primera parte, sólo quiero señalar que si el odio, en lugar de dirigirse hacia afuera, se dirige hacia adentro se abren dos caminos: puede ser que el odio se vuelva directamente contra el propio yo, acrecentando el masoquismo originario. O puede ser que vaya al superyó aumentando la severidad de la conciencia moral y las exigencias hacia el yo.

En cualquiera de estas dos formas el resultado es el mismo, la pulsión de destrucción se cierne sobre el yo, y ello no es sin consecuencias.

A continuación examinaremos algunas de esas consecuencias, producidas, justamente, por la dificultad para poder exteriorizar la pulsión de destrucción, y su vinculación con una inhibición en la capacidad crítica.

Capacidad crítica, odio e inhibición

En la práctica clínica he observado que algunos pacientes tenían dificultades para sentir, reconocer y expresar sentimientos hostiles o deseos malignos dirigidos hacia ellos mismos o hacia algún ser cercano. Sin embargo, algunos recuerdan haber vivido intensas discusiones con los padres o los hermanos en las que la ira y el odio hacia ellos los había superado, o incluso recuerdan haber sido provocadores de situaciones agresivas en la época infantil, pero en la adultez no hay rastro de esa rebeldía. Sabemos que una parte de ella ha de someterse a las leyes sociales y así encauzarse por los caminos adecuados. Sin embargo, la pregunta evidente es por el destino de esa hostilidad. Si en algún momento se ha vivido, no puede desaparecer. ¿Adónde ha ido a parar?

Las respuestas pueden ser múltiples y dependerá de cada uno de los casos. Yo me centraré, en particular, en aquellos en que esta dificultad para reconocer, expresar y exteriorizar la hostilidad coincide con una inhibición en la capacidad crítica.[2] Entiendo por capacidad crítica aquella capacidad intelectual que permite realizar un análisis exhaustivo y en detalle de un pensamiento, idea, objeto o situación obteniendo una mirada nueva y diferente.

En estos casos, por un lado, aparecía la dificultad antes aludida, y por otro, manifestaban una incapacidad para desarrollar un pensamiento o una idea, ya que, a veces, aquello pensado se tornaba confuso y oscuro. Además, les era difícil focalizar su atención para continuar una ilación de pensamientos y llevarla hasta obtener lo buscado, y sin saber cómo se alejaban de la idea y se encontraban pensando en cosas irrelevantes. Esta situación, frecuentemente, iba acompañada de angustia, y el resultado era el abandono de la tarea.

No soy afín a realizar perfiles generalistas y quiero subrayar que no es una guía válida para todos, pero he encontrado algunas coincidencias en estos pacientes relacionadas con la forma de vincularse con el mundo. Algunos son personas que presentan como fachada una excesiva complacencia con los demás, acompañada con una sonrisa permanente dibujada en la boca. Nos dan la idea de que están siempre bien, nunca les pasa nada y la felicidad está siempre con ellos. Otras dan al mundo el aspecto que se espera de una persona buena, tranquila y obediente, pasan desapercibidas por su conducta apacible y solidaria. Y, por último, lo observé en algunos casos en los que ciertas características infantiles estaban acentuadas.

¿Qué relación establecemos entre las dificultades para expresar los pensamientos hostiles y la inhibición en la capacidad crítica?

Para poner en juego la capacidad crítica es necesaria una dosis de odio. Como he desarrollado en el primer apartado, llevado por el odio el otro se torna en una diana que observo, mido, calculo y analizo. Entonces, si cada vez que el odio viene a la conciencia —surgido a raíz de situaciones exteriores o proveniente del propio psiquismo— es apartado, resulta probable que la capacidad crítica esté mermada o incluso inhibida.

La inhibición es una limitación en las funciones yoicas como consecuencia de una precaución [2, p. 86] siguiendo palabras de Freud. La precaución viene dada en estos casos porque el odio está dirigido a quien también se ama. Para el yo es inadmisible esta situación, y como consecuencia se produce la inhibición, es decir, la inhibición surge cuando la expresión hostil es dirigida a un ser al que se odia tanto como se lo ama.

El odio es reprimido, alejado de la conciencia, de manera que ya no se siente la hostilidad, pero junto con ello se inhibe la modalidad de procesamiento del odio, se inhibe la capacidad de análisis, de descomposición característica de la pulsión de destrucción y propia y necesaria para la capacidad crítica.

En algunos casos, esta inhibición repercute directamente en el mundo intelectual, ya que es una de las capacidades imprescindibles para acercarse al conocimiento. Y es por ello que algunos pacientes manifestaban ciertas dificultades para pensar y analizar una idea o pensamiento. No se puede inhibir una forma de pensar en un área determinada sin que rebase a otras.

Hay otras situaciones en las que las dificultades que se experimentan al tramitar el odio, tienen importantes consecuencias con sus propias particularidades. Nos centraremos en la rivalidad.

Rivalidad, «o él o yo»

Algunos pacientes han pasado por situaciones muy difíciles cuando han tenido que resolver situaciones de rivalidad con personas allegadas. Una de las dificultades radicaba en la incapacidad para procesar los celos y la envidia, junto con la hostilidad provocados por la propia situación de competencia, ya que estos sentimientos entraban en conflicto con aquellos de índole tierna presentes en la relación. Estos «malo» sentimientos quedaban apartados de la conciencia, pero no por ello sin eficacia. Lo llamativo fue que en algunos casos, cuando finalmente pudieron poner en palabras lo que les pasaba, la intensidad con que eran vividos estos sentimientos no era acorde a la situación o al momento. El trabajo que se nos impone es averiguar de dónde proviene, entonces, esa intensidad.

Para dar respuesta haremos un breve rodeo. La rivalidad tiene sus raíces en el complejo de Edipo, el primer rival es la persona del mismo sexo, el padre o la madre, dependiendo el caso. Es el competidor a quien se ama y a la vez se odia quien despierta sentimientos, tanto los tiernos como los de aniquilación. La lucha que se establece contra él es para obtener el amor o un lugar frente a un tercero, o sea, se lucha contra la madre para obtener el amor del padre, y viceversa. En el desarrollo del individuo la situación se amplía, ya que se suman nuevos contrincantes, por ejemplo, los hermanos y las relaciones típicas de la edad, y con ellos, nuevas aspiraciones para la obtención del amor por parte de los maestros o cuidadores.

Tanto en la relación edípica como en las siguientes, la envidia y los celos están siempre presentes, y con ellos el deseo de eliminación dirigido hacia el adversario. Una vía que encuentran los niños para resolver la rivalidad, es decir, para apartar el odio, la envidia y los celos, es mediante la identificación con aquellos que son los rivales [3, pp. 113–14] De esta forma se entablan lazos de camaradería, todos quedan unificados e igualados frente al objeto de amor. La condición es que esta igualdad sea sostenida a lo largo del tiempo, ya que cualquier cambio es vivido como una injusticia. De allí los reclamos infantiles de «esto no es just» cuando algún niño se siente desfavorecido.

A lo largo de la vida las situaciones de rivalidad se continúan, y de éstas deberían derivarse nuevas formas de tramitación. Sin embargo, lo que observamos en la clínica es que esta modalidad que funcionó para resolver la rivalidad en la época infantil, en algunos casos, continúa funcionando como modalidad única de procesar la rivalidad en la vida adulta. Ante cada nueva situación de competencia, esta originaria situación edípica se reactiva con la intensidad de entonces, que ya no es acorde con la situación actual, desembocando en la identificación, la exigencia de justicia y la igualdad para todos.

Si nos asomamos a los ambientes laborales, la promoción de alguien dentro de grupos de trabajadores siempre provoca comentarios y reacciones adversas, debido a que los demás sienten que están recibiendo un trato injusto. Es decir, cuando ese «pacto» se quiebra, los sentimientos hostiles, que aparentemente se habían domeñado, salen a la superficie nuevamente.

El odio, acompañado de la envidia y los celos, crea un cultivo peligroso que no es fácil de dominar por el propio individuo. Y la identificación con el rival, en algunas situaciones, no es más que una salida en falso, ya que deja en suspenso estos sentimientos y no los lleva a su procesamiento.

Y es más, cuando la igualdad imaginaria se pone en juego, se cae en una trampa, ya que desde allí se exige igualdad, pero esta exigencia lleva a instaurar una igualdad que nunca es tal, con el consecuente detenimiento del crecimiento y la no instauración de las diferencias propias de un grupo, entre otras cosas.

Esta demanda perjudica tanto al que la solicita como al resto del grupo, ya que cada vez que alguno dé un paso hacia adelante se reactivarán los sentimientos hostiles edípicos. Para que esta modalidad funcione, los lugares tienen que ser estáticos e inamovibles. Y ese es un pacto que muy difícilmente se pueda llevar a cabo.

Por lo tanto, la incapacidad para resolver la rivalidad de una forma innovadora arrastra al individuo a repetir lo acontecido en la trama edípica, a revivir una y otra vez esa situación originaria, que tiene por consecuencia el mantenerse siempre en igualdad imaginaria con el «rebaño».

La cura por odio...

Siempre se habla de las virtudes del hombre de poder expresar los sentimientos, en particular, el amor, la amistad, la ternura, por ejemplo. Pero no es corriente que se comenten los beneficios de poder expresar los sentimientos considerados impropios de una persona de bien, por ejemplo, el odio, el rencor, el desprecio, si no es pensado como una catarsis: «tienes que sacar toda la rabia que tienes dentro», se le dice a un adolescente mientras se lo enfrenta a un saco de boxeo.

No pretendo hacer una apología del odio, sino darle la relevancia que tiene. En la creencia de que estos malos sentimientos del hombre tienen que reprimirse, nos perdemos aspectos que, como hemos visto, están íntimamente relacionados con determinadas formas de procesamiento psíquico. Sofocamos ideas y pensamientos sin saber exactamente qué se juega en ese acto, qué es lo que dejamos sin elaboración y cuáles serán las posibles consecuencias. La incapacidad para elaborar los sentimientos hostiles, en algunos casos, inhibe la capacidad crítica, y en otros, mantiene al individuo en un lugar inferior de aquel al podría acceder. Poder procesarlos implica abrir una nueva vía de conocimiento para el paciente, supone la actualización de dichos sentimientos con el fin de ponerlos en juego con la intensidad propia del momento y de la situación, sin que su percepción provoque ningún malestar de orden moral.

Dice Freud: «La experiencia enseña que para la mayoría de los seres humanos existe un límite más allá del cual su constitución no puede obedecer al reclamo de la cultura. Todos los que pretenden ser más nobles de lo que su constitución les permite, caen víctimas de las neurosis; se habrían sentido mejor de haberles sido posible ser peores»[4, p. 171].

Con esta exposición no se agotan todos los posibles despliegues acerca del odio. Es apenas un esbozo del lugar que ocupa en cada uno de nosotros.

Barcelona, 15 de abril de 2013

Referencias

[1] Sigmund Freud. El yo y el ello, y otras obras. En Sigmund Freud Obras Completas, vol. xix. Buenos Aires: Amorrortu, 1984.
[2] Sigmund Freud. «Inhibición, síntoma y angustia». En Sigmund Freud Obras Completas, vol. xiv: Presentación autobiográfica, Inhibición, síntoma y angustia, ¿Pueden los legos ejercer el análisis?, y otras obras. Buenos Aires: Amorrortu, 1986.
[3] Sigmund Freud. «La feminidad». En Sigmund Freud Obras Completas, vol. xxiii: Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis, y otras obras. Buenos Aires: Amorrortu, 1986.
[4] Sigmund Freud. «La moral sexual «cultural» y la nerviosidad moderna». En Sigmund Freud Obras Completas, vol. ix: El delirio y los sueños en la «Gradiva» de W. Jensen, y otras obras. Buenos Aires: Amorrortu, 1986.
[5] Sigmund Freud. «Pulsiones y destinos de pulsión». En Sigmund Freud Obras Completas, vol. xiv: Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico, Trabajos sobre metapsicología, y otras obras. Buenos Aires: Amorrortu, 1984.
[6] Jacques Lacan. El Seminario, Libro 20: Aun. Barcelona: Paidós, 2007.


Notas

1 Con esta exposición, no se agotan todas las posibilidades en que el odio puede manifestarse, emerger o dirigirse a. 
2 Quiero puntualizar que este hecho no tiene relación directa con el nivel intelectual, es decir, que las dificultades para ejercer la capacidad crítica no están dadas por circunstancias relacionadas con el coeficiente intelectual. 

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