Textos para pensar


Ser en un crimen

Silvina Fernández [CV]

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Nota del Editor

El presente texto fue distribuido como soporte para la ponencia del mismo título pronunciada por la autora en las XV Jornadas Psicoanalíticas del EPBCN, tituladas Aperturas en Psicoanálisis (IV).

[...] ni aun la autodestrucción de la persona puede producirse sin satisfacción.
Sigmund Freud

1. Introducción

La pregunta por el sentido de la propia existencia se responde con la vida misma. En este largo camino que transitamos, nuestro ser se transparenta en la manera en que vivimos y expresamos los afectos, en nuestro modo de vinculación con los semejantes, en la forma en que ejercemos nuestro trabajo, en la relación que establecemos con el campo intelectual.

En estos intercambios actuamos lo que pensamos del vivir.

Esta actuación está guiada por nuestra ideología, de la que no somos del todo conscientes, por los mecanismos privilegiados de satisfacción pulsional congénitos y adquiridos en el desarrollo, y por las consecuencias o, incluso, secuelas de las vivencias que nos predisponen en alguna dirección.

A pesar de estas determinaciones cada uno tiene ante sí numerosas vías por las que caminar. Si bien no somos completamente dueños de lo que hacemos, y aunque lo fuésemos, nadie está libre de haber tomado caminos no muy fructíferos para sí, de haberse equivocado en algunas decisiones o de no estar de acuerdo con su obrar en determinadas circunstancias.

Sin lugar a dudas, estos pasos en falso tienen consecuencias. Una mirada compasiva nos dice que es parte del aprendizaje y, desde luego, lo es. Una mirada crítica nos advierte de que en algunas ocasiones nuestros actos han hecho daño a personas valiosas para nosotros o han menoscabado un vínculo importante para nuestro crecimiento o, incluso, han quebrantando una parte de nosotros mismos.

Ahora bien, ¿podría ser que, en algunas personas, estos estropicios no sean errores o desaciertos, sino que sean la consecuencia de una estrategia, inconsciente en ciertos casos, llevada a cabo con máxima precisión? ¿Cabría la posibilidad de que en ciertos individuos el padecimiento, el propio y el ajeno, sea la vía privilegiada de vinculación? ¿Podría ser que para algunos la vida sea un campo de batalla en el que sólo hay enemigos?

La respuesta es afirmativa en todos los casos. Para muchos seres humanos la existencia está guiada por lo destructivo, por el sufrimiento, por lo ruin. La venganza, la ira, el rencor, la humillación, la autocompasión, entre otros, son su leitmotiv.

Y ahora nos preguntamos: quienes se entregan a estas pasiones, ¿qué vida tienen?, ¿qué deseos cumplen?, ¿qué aspiraciones creen alcanzar?, es decir, si múltiples son los caminos, ¿por qué andar precisamente por estos? ¿qué encuentran allí?

A lo largo de la ponencia intentaremos arrojar luz sobre algunas de estas preguntas. Para ello nos es imprescindible poner la lupa sobre algunas formas que el individuo tiene de procesar, elaborar y reaccionar frente a los sucesos de la vida, para observar así qué mecanismos están en juego y tener de ese modo algunas ideas que nos orienten para pensar la globalidad.

2. Comenzamos la inmersión

Vivir no es fácil es un frase hecha que por ser tan repetida ya no tiene fuerza, pero no por eso deja de ser válida. El mundo desde el comienzo nos resulta hostil, somos puestos a prueba en cada paso que damos, primero en el reducido entorno familiar y luego en el ámbito social.

El intercambio y la vinculación con los semejantes siempre es fuente de perturbación anímica ya sea porque, por ejemplo, despierta sentimientos, buenos o malos, muy intensos, o porque el vínculo nos daña, o porque no sabemos muy bien cómo arreglarnos con él, entre otras cosas. Esta incomodidad nos mueve y frente a ella reaccionamos con el ser de ese momento vital.

Una reacción originaria frente a la irrupción de lo que consideramos un ataque es contraatacar. Si observamos en un parvulario el intercambio entre los niños vemos que la respuesta instintiva de quien ha sido pegado es devolver el golpe, es una acción cercana al acto reflejo. Es parte de la educación neutralizar esa respuesta introduciendo un intermediario, el maestro en este caso, hasta llegar a que el propio individuo sea capaz de abstenerse y procesar el golpe de otra manera.

Ahora bien, esa primera reacción es una forma rápida de liberar la tensión que provocó el encuentro y es una respuesta que queda incorporada, y puede desarrollarse con más sofisticación en los adultos y con consecuencias bastante más arrasadoras.

3. La justicia delirante

Quien ha vivido, en algún momento habrá sufrido algún incidente o padecido algún mal, en ocasiones por parte de personas cercanas, que creyó no haber merecido, y muchas veces con razón.

Cuando esto ocurre, primero provoca asombro y desconcierto, hasta que, como si fuera un proceso de decantación, la arena va reposando en la base, el agua pierde la opacidad y, entonces, con cierta distancia y ya no turbados por lo acontecido, lo que había irrumpido en nuestra vida se discierne con mayor claridad. En ocasiones el golpe recibido fue sólo un hecho aislado, perturbador, sin duda; en cambio, en otras circunstancias, se inserta dentro de una cadena de acontecimientos.

La venganza, entonces, se nos presenta como una forma de justicia: le hará pagar con la misma moneda, la Ley del Talión por todos conocida: Ojo por ojo, diente por diente;[1] podemos agregar, alma por alma.

Sin embargo, este acto de justicia, que a simple vista nos parece una respuesta directa dentro de la dupla acción-reacción, es más complejo de lo que parece. René Girard, en su libro La violencia y lo sagrado [7], desarrolla ideas interesantes acerca de la venganza, algunas de las cuales comentaré a continuación.

En la página 22 dice: «El crimen que la venganza castiga casi nunca se concibe a sí mismo como inicial; se presenta ya como venganza de un crimen más original» [7, p. 22]. Es decir, no existe crimen original, ya ese primer acto que nos sorprendió se instaura como venganza de otro acto, desconocido para nosotros. No hay venganza que resarza el daño primero, porque éste, en sí, no existe.

Continúa diciendo que «la venganza se presenta como una represalia, y toda represalia provoca nuevas represalias» [7, p. 22]. O sea, no existe un crimen inicial, ni tampoco un crimen último con el que todo quedará cancelado. La venganza es una espiral que no tiene principio ni final. Mi acto es la consecuencia de otro, que a su vez es la consecuencia de otro, y así hasta el infinito.

Agrega que no hay una relación entre el acto castigado con la venganza y el acto de la propia venganza, puesto que no hay forma de establecer una proporcionalidad adecuada entre el daño recibido y el ocasionado. ¿Qué sería lo proporcional: hacer exactamente lo que me hicieron? Primer interrogante: ¿es eso posible en todos los casos? Segundo: ¿hacer lo mismo implica que el otro tenga el mismo perjuicio?

Además, lo que nos resulta un acto de justicia en algunos casos, en otros nos produce horror. Siguiendo sus palabras: «Cada cual abraza o condena la venganza con idéntico ardor, según la posición que ocupe, en cada momento en el tablero de la violencia» [7, p. 23]. Somos víctimas o verdugos según nuestros intereses.

Ahora bien, si en el ámbito social fue preciso la instauración del sistema judicial para, entre otros objetivos, racionalizar, aislar y limitar la venganza es porque, sin duda, ésta tiene un lugar importante en la economía libidinal. ¿Qué realizaciones se ponen en juego?

Por un lado, hay un componente de envidia. Aquel de quien buscamos vengarnos se ha atrevido a realizar algo que está sancionado o reprimido para la mayor ía de los hombres, es decir, se le envidia al otro una libertad de la que el individuo no puede gozar. Cuando se venga, bajo el manto de la justicia, se posiciona como agente activo, y la venganza pasa ser un acto de libertad (este es uno de los motivos por los cuales los delitos deben ser castigados, para que no se produzca el efecto del contagio)[2] en el que obtienen satisfacción las pulsiones que hasta entonces estaban reprimidas o inhibidas.

Por otro lado, nos permite la descarga de la tensión acumulada por el daño. Y, como agravante, el contraataque ni siquiera es necesario que se ejecute en el causante del mismo, puesto que por efecto del desplazamiento, la venganza puede ejercerse en un objeto distinto, es decir, se venga un mal en una tercera persona que no tiene relación alguna con el provocador del daño. Relanzando así, probablemente, el circuito de afrentas.

Por último, en sus Estudios sobre la histeria, Breuer afirma [4, p. 217] que la venganza es irracional, independiente de toda ventaja y adecuación a fines, y no tiene miramientos por la propia seguridad. En resumen lo que se juega es la exteriorización de un componente destructivo que no mide consecuencias.

Entonces, si la venganza es irracional, podemos pensar que el hecho que venguemos también lo sea (teniendo en cuenta todo lo dicho anteriormente). Es ahora cuando nos encontramos con la desazón de pensar que posiblemente muchos individuos, llevados por el resentimiento de creerse perjudicados, entreguen su vida a resarcir algo que podría realmente haber ocurrido o que sólo haya sido producto de su propia forma de interpretar el mundo.

A partir de aquí, pueden hacer del mundo el lugar al que dirigen su hostilidad. Entonces, centran la mirada en quien creen que les provocó el daño, analizan a ese otro al que odian, agudizan su inteligencia y se embarcan, como el Conde de Montecristo, en una aventura en la búsqueda de la justicia que finalmente los librará del malestar. O, al menos, eso fantasean. Lo que no llegan a preguntarse es por el después: una vez consumada la venganza,¿qué viene?

Ahora bien, en otras circunstancias la venganza puede ser asumida sobre el propio individuo, él se convierte en el campo de batalla, con la certeza de que ese daño que se impone afecta, directa o indirectamente, a quien quiere vengarse.

Entonces, detenimientos en el desarrollo profesional, emprendimientos que siempre terminan de forma desdichada, sintomatologías corporales y psíquicas [3, p. 249] de la más variadas, relaciones amorosas decepcionantes (y podemos seguir enumerando un sinfín de situaciones y padecimientos), podrían ser modos de ejecución de la venganza. No sería un mal plan, si no fuera porque por este camino su vida es entregada a la insensatez más absoluta.

Ahora nos sumergirnos en otro de los afectos que seguramente hemos sentido en más de una ocasión: el rencor.

4. En las mazmorras del alma

Indaguemos en el origen de la palabra rencor. Según la Real Academia Española, proviene del latín Rancor que refiere al resentimiento arraigado y tenaz. Rancor, a su vez, significa rancidez, que proviene de la misma raíz que el adjetivo rancidus: rancio, o del verbo ranciere: enranciarse [2].

Esta última forma verbal es la más inusual, está documentada en la obra de Tito Lucrecio Caro, Sobre la Naturaleza de las Cosas (De rerum natura, 1418), donde utiliza el término para referirse a los viejos odios, los odios enranciados, resentimientos que provocan hedor y perduran. A su vez, Jerónimo[3] trasladó el término rancor al ámbito moral para designar el hedor que exhalan los odios envejecidos, las almas percutidas por una ojeriza tenaz, por un resentimiento insanable.[4]

La amplitud que Jerónimo le otorga al término rencor nos introduce en un camino de ida unicamente. Este resentimiento insanable mantiene aferrados a algunos individuos durante periodos muy largos de su vida, y en algunos casos hasta la muerte misma.

Este sentimiento está muy bien retratado por Roberto Arlt en su libro Los siete locos [1]. El protagonista, Erdosain, es un ser muy complejo, abrumado e infeliz, sostenido por la esperanza de que algún acontecimiento lo liberará de la desgraciada vida que lleva. El rencor, entonces, surge de este magma. Veamos:

Erdosain odiaba a Barsut, pero con un rencor gris, tramposo, compuesto de malos ensueños y peores posibilidades. Y lo que hacáa más intenso este odio era la falta de motivos. A veces dábase a trenzar las imágenes de alguna venganza atroz, y con el ceño fruncido compaginaba desastres. Pero al otro día, al llamar Barsut a la puerta de calle, Erdosain se estremecía como una adúltera a la llegada de su esposo [1, p. 48].

El rencor gris del que nos habla Arlt es aquí una expresión del odio. De un odio intenso que no está ocasionado por nada. Quizá si tuviese alguna motivación, algo que hubiera provocado tanta inquina, posiblemente le sería más fácil atemperarlo mediante la razón. Pero justamente al no estar ligado a nada, a ningún hecho en concreto, el aislamiento aumenta su fuerza.

Rencor tramposo. Erdosain, que odia tanto a Barsut, que planea venganzas y fantasea con provocarle los perjuicios más desagradables, cuando éste llama a la puerta, él tiembla, se agita y corre hacia él temiendo que los segundos que lo separan del llamado pongan en evidencia esos malos sentimientos. Porque Erdosain odia a Barsut, pero lo ama con igual intensidad.

Observamos, entonces, que el amor es aliado del rencor. Desde otra perspectiva, Luís César Amadori[5] lo caracteriza perfectamente en la letra del tango Rencor,[6] de la que sólo transcribiría algunas partes. Dice así:

Rencor, mi viejo rencor
déjame olvidar,
la cobarde traición.
...
Deja que viva otra vez
y olvide el dolor
que ayer me cacheteó...
Rencor, yo quiero volver
a ser lo que fui...
Yo quiero vivir
...
Este odio maldito
que llevo en las venas
me amarga la vida
como una condena.
El mal que me han hecho
es herida abierta
que me inunda el pecho
de rabia y de hiel.

Si bien anteriormente nos aventuramos a decir que la intensidad del sentimiento podía depender de su falta de motivos, aquí esa idea se nos deshace. En este caso el rencor es provocado por un desengaño amoroso. Y tal es el dolor que le produce que le desgarra el alma y el odio, como un fluido, se inserta en el torrente sanguíneo y le invade hasta la última porción de sustancia viva. El desengaño, esa herida abierta, le aprisiona, le aparta de la vida y de lo que fué. Y justamente porque no cicatriza, porque siempre está supurando, el malestar se encarna.

Nos presenta así varios aspectos, la idea del rencor como consecuencia de un d año aunque esto no elimina su presencia sin causa efectiva. A su vez, este hecho actúa como un ancla que inmoviliza, que no permite el alejamiento. Y, por último, encontramos nuevamente al rencor como manifestación del odio. Continuemos:

Rencor, mi viejo rencor
no quiero sufrir
esta pena sin fin
Si ya me has muerto una vez
¿por qué llevar
la muerte en mi ser?

El sufrimiento y la muerte. El rencor surge también de la muerte de nuestra ingenuidad. Los malos pensamientos y deseos hacia los otros son los representantes de la desconfianza, del temor de ser dañados una vez más. En este sentido, la imagen de una herida es acertada, puesto que, aunque ésta sane, deja una cicatriz que tiene una textura diferente de la piel, su grosor cambia y con ello, también cambia su sensibilidad. Si trasladamos esta imagen a nuestra alma es fácil pensar que una vez dañados nos endurecemos y una parte de nosotros se transforma. Nuestra mirada sobre el mundo cambia, y quizá, en definitiva, sea esto lo que no se perdone.

Amadori termina su tango así:

La odio por el daño
de mi amor deshecho
y por una duda
que me escarba el pecho
No repitas nunca
lo que via decirte:
rencor, tengo miedo
de que seas amor.

El odio y el amor, la ambivalencia es lo que no permite el olvido. Este conflicto también lo encontramos como rasgo relevante de la melancolía [3, p. 239], que al igual que el rencor se presenta en situaciones de afrenta, de menosprecio y de desengaño.

Desde esta perspectiva observamos en el rencor un rasgo melancólico, que nos permite entender esa herida abierta y el odio con el que se ensaña contra el objeto y contra el propio individuo. En Duelo y melancolía [3, p. 239], Freud dice:

Si el amor por el objeto —ese amor no puede resignarse al par que el objeto mismo es resignado— se refugia en la identificación narcisista, el odio se ensaña con ese objeto sustitutivo insultándolo, denigrándolo, haciéndolo sufrir y ganando en este sufrimiento una satisfacción sádica.

Sadismo hacia el objeto, como también claramente nos presentaba Erdosain, que por medio de la identificación narcisista se vuelve sobre el propio individuo. Así comprendemos el automartirio, la autopunición y la humillación a la que se somete. Entonces, el amor del melancólico, el amor emergente del rencor, está sostenido por el odio mismo. Odia a quien le causó el dolor, y a la vez se odia a sí mismo.

Odio, desprecio y tristeza, no tienen fuerza para nada más que amar. Quisieran librarse de él, pero su padecimiento se les ha vuelto gozoso. Quedan a su merced. Es entonces cuando poco a poco el rencor les doblega el alma, les opaca la mirada, les encorva el cuerpo y, entonces, el hedor surge de sus entrañas, y eso se huele.

En ese mundo lleno de dolor la vida plena es impensable. Entonces, ¿por qué vivir inmersos en esos sentimientos?

5. Es hora de salir a la superficie

Si en este recorrido hemos abordado principalmente la venganza y el rencor es porque ambos tienen algunos puntos semejantes, que podemos observar en otros afectos, y algunas diferencias que nos permiten pensar la complejidad. Junto a estas afecciones del alma se encadenan otras, como la humillación, el desprecio o la envidia, que como en una madeja se mezclan, se entrecruzan y se embrollan.

Ahora bien, el punto que destacaremos de ambos es la fijación, no solamente como un término técnico sino entendiéndolo en un sentido ampliado, como el aferramiento a una vivencia, un suceso o una persona. Esa herida abierta, siguiendo a Amadori, que por estar sostenida por fantasías de diversa índole (la recuperación de lo perdido, la espera por la obtención de un resarcimiento, la ejecución de un castigo, etc.), detiene al individuo. Esa herida sangrante es el punto nodal de su existencia en torno a la cual comienza a girar la vida, y poco a poco se transforma ella misma en el motor.

Si esto sucede es porque el afecto que subyace, no sólo en la venganza y el rencor, sino en muchos de los sentimientos que hemos nombrado, es fuertemente poderosos y lucha contra el desarrollo vital. Ese afecto que ya hemos nombrado, pero en el que no nos hemos detenido, es el odio.

A éste podemos atribuirle la maldad originaria del hombre, la fuente de los sinsabores de la vida, la causa de las guerras y una larga retahíla de pesares. Lo cierto es que no podemos comprender la complejidad del ser humano si no le damos el lugar que tiene en la economía psíquica. Es un afecto poderoso, y hay que destacar que su expresión no siempre involucra la parte oscura del ser, como ya hemos destacado en otro lado[7] y que por ello aquí no nos extenderemos, su manifestación, en determinados casos, puede ser el camino hacia la salud.

En el aferramiento que hemos nombrado previamente lo que se evidencia, por un lado, es el carácter conservador del odio. En el rencor claramente hay una ideación que permanece y que no se transforma. En este aspecto actúa como una fuerza que se opone al pensamiento y al desarrollo, que hace caminar al individuo por circuitos estériles.

Esta idea conservadora, llevada al límite nos remite a lo inanimado [5, p. 38], a lo que está siempre igual y de una misma forma, y acaso nos preguntemos: ¿hay algo más inanimado que un ser encerrado en sí mismo?, ¿O alguien que sólo vela por un eterno resarcimiento, alguien que sólo mira fijamente a un lugar?

Por otro lado, su carácter destructivo. Hemos comentado que el odio, en el pulsionar hacia la satisfacción, se vierte tanto hacia el mundo exterior como hacia el propio individuo. Destruye y en ello encuentra satisfacción.

La dificultad estriba que en muchas circunstancias esa fuerza que la destrucción hace sentir se alía con el narcisismo, entonces el individuo se siente poderoso y activo. Renunciar a ello es como pedir a Superman que rehúse a sus poderes, es decir, es pedirle que deje de actuar en lo único que él cree que tiene fuerza. Y esa es la trampa.

Tanto el carácter conservador como el destructivo se combinan de diversas formas y con variadas intensidades en cada una de las afecciones. Ahora bien, imbuido de estos sentimientos una vida plena no parece algo fácil de alcanzar. Una Vida que potencie y desarrolle nuestra singularidad queda en las antípodas para aquel que respira por el odio.

Llegados a este punto es el momento de que nos detengamos a pensar a qué llamamos vida o, mejor dicho, a qué nos referimos cuando hablamos de una Vida plena.

6. Una bocanada de aire

Partimos sabiendo que no hay una respuesta para la pregunta acerca de La Vida, cualquier acercamiento que hagamos será incompleto desde algunos puntos de vista, erróneo e incluso insensato desde otros. Así que os propongo desarrollar dos ideas simples que nos permitan pensar en alguna dirección.

La primera es la que asevera que todos tenemos algún tipo de fuerza. Todos sentimos que hay ámbitos en los que nos desenvolvemos mejor y en los que incluso destacamos, que hay haceres que se componen con nuestro ser. Si esto fuera así, ¿no sería lo más provechoso que cada uno pudiera desarrollar esa fuerza? ¿No nos llevaría a una mayor plenitud, acaso, el potenciar aquello que nos hace crecer?

La respuesta sencilla es la afirmativa. Pues bien, en esta idea, ¿dónde quedan las aspiraciones e ideales? ¿Cómo concebimos aquellas cosas que queremos alcanzar, pero que van en contra de nuestra naturaleza? ¿Sería, entonces, un forzamiento ir en su búsqueda? ¿Nos alejaría de nuestra fuerza? No tendría por qué ser así; sin embargo, para que no se ejerza una violencia contra el ser tiene que producirse una transformación, un cambio radical en el modo de satisfacción pulsional.

Ahora bien, tal y como hemos presentado el odio, lo que veíamos era que el individuo encontraba satisfacción en ese padecimiento, es decir, encontraba una realización pulsional. Ello nos lleva a pensar que esta fuerza propia, esta potencia la ejerce de esa forma: odiando.

En estos términos podemos conjeturar que el individuo vive en plenitud ¿por qué, entonces, ejercer esa potencia lo alejaría de La Vida, como hemos comentado más de una vez a lo largo de la ponencia?¿No lo está ligando, acaso, con lo más propio de sí?¿No está jugando su máximo potencial allí?

Podría ser. Sin embargo, y sin querer hablar desde una perspectiva moral, nos preguntamos si es posible pensar o creer que estamos inmersos en La Vida cuando lo que obtenemos de nuestro hacer es una resta, es decir, cuando la potencia que ejercemos es contra alguien, contra el mundo o contra nosotros mismos. ¿No es absurdo pensar que La Vida exige eso? ¿Acaso no es más sensato potenciar lo mejor de nosotros sin que eso implique atentar contra algo?

La segunda idea que abordaremos está tomada de un libro de Anselm Grün (monje y sacerdote alemán), La sabiduría de los padres del desierto [8]: en particular del párrafo que transcribimos a continuación en el que habla acerca de la espiritualidad y cómo ésta debería reflejarse en la vida concreta de los monjes. Veamos lo que dice:

La espiritualidad de los monjes antiguos tiene gran fuerza para conformar la vida. Hoy corremos el riesgo de escribir mucho sobre espiritualidad; pero ésta no se ve en la vida concreta de cada día, no tiene fuerza para marcarla. Estando una noche en una casa parroquial, durante la cena, el párroco no tuvo otra ocurrencia que encender la televisión. Yo pensé: "Mañana podrá predicar lo que quiera, pero cuando la vida no está de acuerdo, tampoco lo estará la predicación. La espiritualidad no tendrá valor [8, p. 97].

En sus palabras Grün confronta el predicar, el pensamiento y la vida. Para que aquello que se predique tenga fuerza tienen que estar consustanciados, de lo contrario, se percibe la contradicción, es decir, lo que hacemos espeja las ideas que tenemos acerca del vivir, del mundo y de las vinculaciones con él, entonces, aunque hablemos de una vida plena, nadie lo creerá si nuestro hacer no está a la altura de nuestras palabras.

Si obramos llevados por malos ensueños es porque consideramos que La vida es eso, sólo un discurrir por un camino un tanto tortuoso, de desengaños y de afrentas. La plenitud está, entonces, en el paraíso y en la tierra sólo queda el resistir.

En definitiva, y a la luz de lo expuesto, llevados por el odio, no sólo potenciamos lo que nos destruye, sino que también nos alejamos de lo que se compone con nuestro ser en la creencia de una vida carente de brillo.

Una vez hecho este recorrido es momento de volver al punto de partida.

7. Finalizando la travesía

En la introducción nos hemos hecho algunas preguntas que, directa o indirectamente, hemos respondido a lo largo de la ponencia. Sólo nos centraremos en una de ellas, aquella que se pregunta el motivo por el que algunos individuos eligen el camino que los lleva por el lado oscuro, para preguntarnos más concretamente, qué encuentran allí, qué es aquello que tiene tanta fuerza para que les lleve por esos caminos.

La respuesta no es alentadora; aunque parezca triste, este camino les brinda un relato para la vida: hubo un suceso al que vuelven una y otra vez, un suceso que pueden relatar en el que fueron el protagonista, como si de una película se tratara, y a raíz del cual se creen excepcionalmente perjudicados. En ese relato encuentran el sentido a sus vidas, un sentido pobre, eso sí, de poca cosa, pero tienen la ilusión de que ese padecimiento les pertenece y es lo más propio. Y como si se tratara de una marca a fuego le entregan su vida.

Ser en un crimen, el propio, aunque parezca paradójico, es matar una parte de sí a fuerza de ser. Pero desdichadamente ese asesinato fue en vano, puesto que si la muerte no está a la altura de nuestra vida, entonces esa vida no fue nuestra, como dice Octavio Paz:

Si no morimos como vivimos es porque realmente no fue nuestra la vida que vivimos: no nos pertenecía como no nos pertenece la mala suerte que nos mata. Dime cómo mueres y te diré quién eres [9, p. 59].

8. Conclusión

La sensación de ser vividos por algo que está más allá de nosotros no es una idea nueva. Ahora bien, la idea de apoderarse de la propia vida, de hacer aquello para lo cual hemos venido al mundo, en muchos individuos, se presenta como una fantasía irrealizable, como un ideal alcanzado por unos pocos, y otros, como si estuvieran inmersos en una Matrix,[8] esperan la liberación.

Erdosain, nuestro triste personaje del libro Los siete locos, reflexionando nos cuenta:

Yo creía que el alma me había sido dada para gozar de las bellezas del mundo, la luz de la luna sobre la anaranjada cresta de una nube, y la gota de rocío temblando en una hoja. Más cuando fui pequeño, siempre creía que la vida reservaba para mí un acontecimiento sublime y hermoso. Pero a medida que examinaba la vida de los otros hombres, descubrí que vivían aburridos, como si habitaran en un país siempre lluvioso, donde los rayos de la lluvia les dejaran en el fondo de las pupilas tabiques de agua que les deformaban la visián de las cosas. Y comprendí que las almas se movían en la tierra como los peces prisioneros en un acuario. Al otro lado de los verdinosos muros de vidrio estaba la hermosa vida cantante y altísima, donde todo sería distinto, fuerte y múltiple, y donde los seres nuevos de una creación más perfecta, con sus bellos cuerpos, saltaría en una atmósfera elástica. Entonces me decía: ¿Es inútil, tengo que escaparme de la tierra [1, p. 136].

Los malos ensueños son entonces esta pecera. Nadando en la fantasía de que La Vida está por llegar, nos quedamos detrás del cristal, esperando. Sin embargo, el reloj de arena comenzó a correr con nuestro primer grito y, aunque nosotros nos detengamos, nada interrumpe su imperceptible avance.

Y diríamos aún más, que esta pecera está recubierta por un espejo que sólo reproduce lo que hay allí dentro, y este mirarse al infinito es lo que finalmente se termina anhelando como la hermosa vida cantante y altísima.

Y ahora nos preguntamos, ¿cuántos acuarios más existen? Infinitos. Tú, ¿en cuál estás?


Barcelona, marzo 2015

Referencias

[1] Roberto Arlt. Los siete locos. Madrid: Valdemar, 2013.
[2] Joan Corominas. Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana. 3ª edición. Madrid: Gredos, 2008.
[3] Sigmund Freud. Duelo y melancolía (1917 [1915]). En Sigmund Freud Obras Completas, vol. XIV. Buenos Aires: Amorrortu, 1996.
[4] Josef Breuer y Sigmund Freud. Estudios sobre la histeria (1893-95). En Sigmund Freud Obras Completas, vol. II. Buenos Aires: Amorrortu, 1999.
[5] Sigmund Freud. Más allá del principio de placer (1920). En Sigmund Freud Obras Completas, vol. XVIII. Buenos Aires: Amorrortu, 2007.
[6] Sigmund Freud. Totem y tabú. Algunas concordancias en la vida anímica de los salvajes y de los neuróticos (1913 [1912-13]). En Sigmund Freud Obras Completas, vol. XIII. Buenos Aires: Amorrortu, 2000.
[7] René Girard. La violencia y lo sagrado. Barcelona: Anagrama, 2012.
[8] Anselm Grün. La sabiduría de los padres del desierto. Salamanca: Sígueme, 2010.
[9] Octavio Paz. El laberinto de la soledad, Postdata, Vuelta al laberinto de la soledad. México: Fondo de Cultura Económica, 2012.


Notas

1 La denominada ley del talión (latín: lex talionis) se refiere a un principio jurídico de justicia retributiva en el que la norma imponía un castigo que se identificaba con el crimen cometido. El término «talión» deriva de la palabra latina «talis» o «tale», que significa idéntica o semejante, de modo que no se refiere a una pena equivalente sino a una pena idéntica. La expresión más conocida de la ley del talión es «ojo por ojo, diente por diente» que aparece en el Éxodo (Antiguo Testamento). 
2 Sigmund Freud, en Totem y tabú [6, p. 76]: «Si alguien ha llegado a satisfacer el anhelo reprimido, no puede menos que mover igual anhelo en todos los miembros de su sociedad; para sofrenar esa tentación es preciso que ese a quien en verdad se envidia sea privado del fruto de su osadía, y no es raro que el castigo dé a sus ejecutores la oportunidad de cometer a su vez la misma acción sacrílega so capa de expiarla». 
3 Jerónimo de Estridón (340-420) es considerado Padre de la Iglesia, uno de los cuatro Grandes Padres Latinos. 
4 Fuente: http://etimologias.dechile.net/?rencor 
5 Luis César Amadori (1902-1977) fue un director de cine, guionista, escritor, músico y productor argentino nacido en Pescara, Italia. 
6 Tango Rencor: música: Charlo. Letra: Luis César Amadori. 
7 Al respecto, véase la ponencia de Silvina Fernández titulada El odio y sus despliegues: algunas particularidades. 
8Matrix es una trilogía de películas de ciencia ficción escritas y dirigidas por los hermanos Wachowski. 

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