Atención clínica y consultas


Envidia


Son muchas las personas que dicen sentir envidia sana ante determinados hechos o situaciones. No saben que ese es un sentimiento imposible, porque la envidia es, en sí y por sí, insana, dañina. La envidia sana debería llamarse ambición, que es una posición desde la cual trabajar para llegar a alcanzar o a poseer eso de lo que el envidiado parece gozar.

La envidia, recogida en los Evangelios como uno de los siete pecados capitales, se aloja en el comentario descalificador, en el acto desleal, en el ataque gratuito, en la crítica carente de un afán constructivo. Y, como mecanismo de base inconsciente, sabemos de ella sólo después de que ya ha estropeado algo en la realidad; en general, eso que queda dañado es el vínculo con los otros.

A diferencia de los celos, que necesitan de un tercero para poder manifestarse, la envidia es algo que acontece entre dos. Y como el rencor, es un afecto que no produce más que sufrimiento, tanto en quien los experimenta como en sus víctimas.

En cada persona, la intensidad y la energía de la envidia se hallarán en proporción con sus deseos reprimidos, con la cantidad de anhelos incumplidos y de fantasías no alcanzadas. Es posible que aparezcan sentimientos de inseguridad o baja autoestima, de incertidumbre y malestar en la relación con los otros. La persona envidiosa no goza de su envidia, aunque pueda parecer lo contrario; el envidioso oculta su malestar presentando una piel de cordero que le permita hacerse pasar por un buen amigo o confidente, de preocupado y bienhechor siempre dispuesto a acercarse al objeto de su envidia para ofrecerle su bondad envidiosa.

Dejar de sufrir por eso que se vive como una falta, una tara o una injusticia del destino puede comenzar con una terapia psicoanalítica, espacio donde desplegar el malestar y hablar sin tapujos de aquello que resulta inconfesable, a veces hasta para el propio interesado.


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