Textos para pensar


¡Qué asco de mundo!
Otra vuelta sobre el olfato

Fabián Ortiz [CV]

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Nota del Editor

El presente texto fue distribuido como soporte para la ponencia del mismo título pronunciada por el autor en las XV Jornadas Psicoanalíticas del EPBCN, tituladas Aperturas en Psicoanálisis (IV).

1. Antecedentes

Después de mi trabajo para las xiii Jornadas del epbcn titulado ¿A qué huele una pulsión? he continuado con la labor de reunir nuevo material que me permitiera avanzar en la aparentemente descartada —cuando no obviada de antemano— relación entre el olfato y las pulsiones.

No es mucho lo que he sumado, de hecho es casi nada, proveniente de otros psicoanalistas, lo que me rearma en la convicción de que el mundo sensorial relacionado con lo olfativo ha sido y sigue siendo menospreciado en este ámbito. A diferencia del ámbito psicoanalítico, el de la antropología de los sentidos ha aparecido ante mí como una fuente generosa de material para establecer algunas conexiones.

Traigo aquí lo que definiría como una intuición que me planteo perseguir, en la esperanza de que aporte novedades y contribuciones, en el bien entendido contexto de unas jornadas psicoanalíticas cuya convocatoria se produce bajo la nominación de Aperturas.

2. Objetivos

La ponencia se plantea brindar nuevo material, a partir de algunas observaciones clínicas que intentaré sustentar con apuntalamientos teóricos y lecturas complementarias, para relacionar el sentido del olfato en tanto agente del mecanismo del asco y los efectos que de esta relación se deriven en el psiquismo, en particular en el desarrollo de ciertas manifestaciones de la neurosis obsesiva, aun cuando no resultan en absoluto descartables sus posibles alcances a la histeria y a la fobia.

El lugar de privilegio que ocupa el olfato en el desarrollo del asco y cómo aquél aparece relacionado de forma indisociable con el rechazo hacia lo genital y lo excrementicio —y su opuesto, la atracción voluptuosa—, tan frecuente en algunas manifestaciones de la neurosis, sera uno de los pilares sobre los que se apoyara esta ponencia de espíritu ensayístico.

3. El lenguaje del asco olfativo

Ya en otro lugar nos referimos a la dificultad para predicar algo sobre el mundo de los olores, a no ser por la recurrencia a la metáfora o la comparación. Casi todo huele «a algo» o «cómo a» otra cosa: «Nuestro sentido del olfato puede tener una precisión extravagante, pero es casi imposible describir cómo huele algo a alguien que no lo ha olido [...] El olfato es el sentido mudo, el que no tiene palabras» [1]. Solemos referirnos a un olor apelando a otro olor o a algún otro sentido, como la vista o el tacto: un olor suave como el terciopelo, un aroma denso como el negro azabache, un perfume dulce como el azúcar quemado. Sin embargo, existen estudios que intentan demostrar que todas las lenguas integran en su sistema léxico una serie de términos para designar los olores percibidos por sus hablantes, y que cada una de estas lenguas establecerá después límites diferentes a las gradaciones de los olores [7]. El análisis lingüístico de los términos de olor arroja una conclusión: los principios de organización de los olores no son universales, si bien se encuentra de manera regular una organización evaluativa de ellos (bueno-malo, agradable-desagradable), así como una dimensión ligada a la intensidad que conduce a usos metafóricos, sobre todo para los aspectos negativos, lo que incluye una evaluación moral.

Según la hipótesis Sapir-Whorf[1] del determinismo lingüístico en su versión fuerte, las palabras organizan las categorías necesarias para que el ser humano pueda conocer el mundo y compartir ese conocimiento. Es decir, el lenguaje vendría a determinar la cognición, sería una herramienta capaz de dar forma a las ideas, un equivalente del pensamiento. En la versión débil, la hipótesis plantea que el lenguaje tendría una cierta influencia en la manera de conceptualizar y memorizar la realidad, fundamentalmente en un nivel semántico. Ambas versiones de la hipótesis han sido duramente criticadas, pero aun así permiten dejar abierta la pregunta sobre si el lenguaje genera el universo cultural donde habitan los humanos —en el que vendría a ser la esencia de la cultura— o si ese universo adquiere forma y significación en virtud de un compromiso sensorial y cognitivo —un consenso— que preexis-te al lenguaje [14]. En esta última dirección van algunos estudios que se han realizado con bebés, y que demuestran que el cachorro humano puede pensar un amplio abanico de estímulos (olfativos, visuales y otros) antes incluso de disponer de palabras. Esto confirma, según Pinker, que «no se piensa en inglés, en chino o en apache, se piensa en un lenguaje del pensamiento» [19]. Este lenguaje se ha llamado en ocasiones «mentalés», que sería una lengua mental, anterior a cualquier manifestación en una lengua concreta y que, en opinión de quienes desarrollan este concepto, las subyace a todas.[2] Sería muy parecido a lo que Freud llama «lenguaje arcaico o regresivo», el lenguaje figural, la referencia simbólica, esa forma de expresión que existía en condiciones previas al desarrollo de nuestro lenguaje discursivo [11]. Además, no todos los olores percibidos son nombrados; muchos, de hecho, quedan en un estadio infraverbal. El asunto se pone interesante cuando se le pregunta a alguien por un determinado olor que, de no mediar la interrogación, habría quedado en ese nivel infraverbal: entonces ocurre la recurrencia a la metáfora, porque el informante rara vez permanece mudo ante la pregunta; así, se «inventa» un lenguaje en el mismo momento en el que intenta describir sus sensaciones. Esto encierra un efecto calmante para el interrogado, ya que la percepción sólo se cierra, se termina, después de la denominación. Esto significa que la denominación participa de la percepción, al menos en parte, y no siempre viene a asociarse más tarde y como por casualidad [3].

Diversas investigaciones confirman también el carácter eminentemente adaptativo de los olores, de lo que se puede inferir una organización centrada en el humano y sus actividades. Es decir, que la percepción sensorial es un acto no sólo físico, sino también cultural, una vía de transmisión de valores culturales [5].

Según esta premisa, la percepción a través de los sentidos puede cobrar una gran diversidad de dimensiones culturales. «Cada uno de los sentidos puede estar vinculado a distintas series de asociaciones y se puede conceder más valor a unos que a otros [...] Un olor puede significar santidad o pecado, poder político o exclusión social». De acuerdo con Classen y los seguidores de la antropología de los sentidos, los sentidos no son meramente ventanas al mundo desprovistas de cualquier coloración, como tampoco es aceptable pensar que desde que adquirido la posición erguida sobre dos piernas el humano ha renunciado a connotar de significado su entorno mediante otros sentidos que no sean el de la vista y, en menor medida, el del oído.[3] «Se deben descifrarlos significados codificados en cada uno de los sentidos. Esta operación permite descubrir un profuso simbolismo sensorial». Así, las sociedades quedan prioridad a la vista serían analíticas y se interesarían en la estructura y la apariencia, las que prioricen el oído serán sintéticas y estarían inclinadas a la interioridad y la integración; sin embargo, la visión, considerada racional y analítica en Occidente, puede estar asociada a la irracionalidad en otra sociedad. Los antropólogos de fines del siglo pasado eran renuentes a examinar o reconocer la importancia cultural del olfato, el gusto y el tacto, por considerar estos sentidos «inferiores» y situarlos más cerca de lo «animal» o más propio de pueblos marcados por un cierto primitivismo. La postura coincide con lo socialmente aceptado por nuestra cultura, judeo-cristiana y mayoritariamente católica, donde lo inferior equivale a lo que debe mantenerse oculto, porque es lo sucio, lo moralmente reprobable, la morada de las bajas pasiones, del deseo sexual, lo excrementicio, lo vergonzoso y hasta lo execrable. Para Classen, Howes y Synnott, esta devaluación de los olores en nuestra civilización se relaciona con la reevaluación de los otros sentidos que tuvo lugar durante los siglos xviii y xix. Científicos y filósofos de esa época consideraban que la vista era el sentido de la razón y la civilización, y el olfato era el sentido de la locura y la incivilidad. Los humanos que daban importancia al sentido del olfato eran considerados poco desarrollados, salvajes, proletarios, degenerados y víctimas de otras aberraciones como pervertidos, lunáticos e idiotas [6].

En el mundo occidental los códigos olfativos han servido para apoyar a la élite «fragante» o «inodora» y estigmatizar a grupos marginados como los judíos y los negros. Esos códigos se emplean en distintas culturas para expresar e imponer divisiones y jerarquías entre ambos sexos. En ciertas tribus de Brasil las mujeres y los niños huelen «fuerte» a los hombres, quienes consideran de sí mismos que desprenden un «olor suave»; así, en Occidente la mujer ha estado tradicionalmente asociada a los reinos «inferiores» del tacto, el gusto y el olfato, los ámbitos del dormitorio, la cocina y la habitación de los niños, a diferencia del hombre, que se ha relacionado con los reinos «superiores» e «intelectuales» de la vista y el oído, los ámbitos de la erudición, la investigación y el gobierno.

Si esto ocurre en un nivel colectivo, es perfectamente trasladable al ámbito de lo subjetivo, ya que es impensable concebir a un sujeto despojado de toda marca procedente de la cultura donde se desarrolle. El niño que se somete a la educación recibirá no sólo palabras de aprobación por una conducta adecuada a la expectativa de sus criadores, o de rechazo cuando haga algo que los encargados de su cuidado quieran evitar en él, sino que esas palabras irán acompañadas de una gestualidad que subraye el desagrado o la desaprobación que provoquen sus acciones. El asco y la vergüenza así generados aparecerán como barreras para la satisfacción pulsional y, con dependencia de la fuerza que el superyo adquiera tras el sepultamiento del complejo de Edipo, surgirán como formación reactiva o rasgo de carácter (cuando no ambas cosas) en la posterior vida pulsional del adulto. «El recuerdo hiede actualmente como en el presente hiede el objeto, y así como en el asco apartamos el órgano sensorial (cabeza y nariz), así «preconciente» y el «sentido de conciencia» se apartan del recuerdo. Esta es la represión, dice Freud en una de sus cartas a Wilhelm Fliess [9]. Es lo que Chade denomina el «carácter olisco» [4], formado por el movimiento de vaivén del péndulo hasta el otro extremo de aquello que en su día fue fuente de un intenso placer: a fin de evitar la tentación de acercar demasiado la nariz, la boca, la mirada, las manos, el neurótico olisco husmearía, olfatearía a tientas, como quien fisgonea en el aire, en busca de algún indicio, con la velocidad de lo anticipatorio, de lo pulsional que palpita en lo recóndito de su memoria, en busca de la molécula olorosa que le permita fruncir la nariz y el ceño, para entonces, protegido en su inexpugnable castillo moral, poder exclamar: «¡Qué asco de mundo!».

4. El olor en la consulta

Un hombre pide análisis. Ronda los 50 años de edad, ocupa una posición de privilegio en una gran empresa de ámbito estatal y vive en pareja con una mujer con quien mantiene «una convivencia cómoda», según su propio juicio. No tienen hijos. La reciente muerte de su padre lo ha sumido en una profunda tristeza, que él mismo atribuye a la pérdida y al trabajo de duelo. Sin embargo, el motivo de su consulta es el sentimiento de culpabilidad que le embarga todos los días, en diferentes momentos de su vida cotidiana. Una manera de castigarse que le aplaca esa culpa es producirse apneas, durante las cuales cuenta los segundos, a veces minutos, que transcurren hasta que vuelve a activar su respiración.

El transcurso del análisis revela que este hombre otorga una gran importancia al universo olfativo. Después de un cambio de consulta, se sienta en el nuevo recinto y emite una queja de esta manera: «Me gustaba más la otra, olía mejor». Su vida sexual también está marcada en cierta forma por el poderoso mundo de los olores. Otro día comenta: «Los genitales de mi pareja no son bonitos, pero lo que me molesta no es a la vista, sino que yo relaciono esa fealdad con el mal olor, y automáticamente siento que huelen mal». Con independencia de lo que entiende en un plano intelectual (él sabe que su partenaire no huele mal), el hombre siente que su pareja no está a su altura: «Su olor me ofende y me preocupa a nivel social, porque la desluce, y al final acaba por darme asco». Por asociaciones, llega a un recuerdo de cuando tenía entre tres y cinco años: juega con su tía, que está sentada y le hace cosquillas, él hunde su cabeza entre los muslos de ella, que viste pantalones vaqueros, y entonces percibe un penetrante olor a pescado, que a la vez le atrae y le repele.

Atento a todo aquello que flota en el ambiente susceptible de ser percibido por sus fosas nasales, nuestro paciente describe en ocasiones cuánto le agrada cierto perfume que ha quedado en la consulta o cómo le irrita el olor a sudor de un paciente que acaba de irse, aunque y esto es lo interesante él no se ha cruzado con nadie, sólo sabe que alguien cuyo olor corporal le ofende ha estado allí. Su mundo, en buena medida, se divide entre lo que le agrada y lo que no según le dicta su nariz, como quien husmea en busca de indicios que luego le permitan decir «esto me huele mal» o «me huele bien» mientras se desliza por el filo de eso que el lenguaje aporta a lo olfativo para hacerlo aprehensible, casi siempre a través de la comparación y la metáfora.

«El olor comparte con el gusto una individualización de la experiencia», asegura Le Breton [15]. El impacto del olfato en la memoria es enorme. Cuando olemos algo se despiertan asociaciones que tienen incidencia directa en el recuerdo y la memoria. La anosmia[4] incide en la pérdida de recuerdos. El olfato se encuentra estrechamente relacionado con el sistema límbico, ya que una parte de él son las llamadas formaciones olfatorias (bulbo, pedúnculo olfatorio, estría olfatoria y lóbulo piriforme). El sistema límbico permite recordar experiencias, agradables o no, relacionadas con un determinado olor, y emite una respuesta fisiológica ante estímulos afectivos. Desde esta perspectiva, las apneas voluntarias que se provocaba nuestro paciente podrían tener una traducción bien como mecanismo de defensa (protegerse de un recuerdo o moción pulsional despertados por un aroma, provocarse una forma de anosmia pasajera), bien como él mismo las interpretaba, es decir, como castigo físico, pero en relación con el par de opuestos sadismo-masoquismo, para obtener así una satisfacción por la vía del síntoma. Cabe aún una tercera posibilidad para ese bloqueo voluntario de la respiración: el deseo de evitar que entrase en su cuerpo aquello que consideraba malo, objeto de contagio, contaminación, intoxicación.

Sentir agrado o desagrado, atracción o repulsión, gusto o disgusto, placer o asco ante determinados olores es el resultado de operaciones fisiológicas muy complejas, que anteceden a cualquier posibilidad de análisis por nuestra parte. Precisamente porque el sistema límbico actúa antes de que entren en acción estructuras cerebrales superiores, y por su efecto sobre el sistema endocrino y el sistema nervioso autónomo, nuestra vida afectiva se ve alterada con harta frecuencia por el universo olfativo que nos circunda sin que seamos conscientes de tal alteración. Los olores llegan a veces antes que ninguna otra percepción consciente y nos tocan en el interior: incorporamos moléculas que nuestro sentido del olfato interpreta y relaciona sin nuestra participación activa, somos invadidos por ese intruso que se impone y abre el cuerpo íntimo al mundo exterior. Como dice Tim Jacob[5] «el olfato es sin duda el más emocional de nuestros sentidos».

5. ¡Qué animal!

Cuando nos acercamos a otro, el olor corporal marca la diferencia entre humanos. «Es siempre el otro, enemigo y extranjero, que huele mal. Odor y odium comparten la misma raíz latina», dice Bruno Lutz [16]. Siguiendo a Le Breton, encontramos que «el olor es antropológicamente un marcador moral» [15]. Así, todo lo que soy o me representa frente al otro es motivo de agrado, en contraste con lo que atañe, afecta o se relaciona con el otro, que me provoca desagrado, molestia, rechazo y hasta asco [10]. No es inhabitual encontrarse a neuróticos obsesivos que en el desarrollo del análisis manifiestan su desprecio o directamente su asco hacia todo aquello que no pertenece a su esfera yoica. La fórmula que expresara su pensar sería: «Todo lo que es mío es agradable, todo lo ajeno es asqueroso».[6]

Podemos ir más allá por la senda de lo asqueroso y relacionarlo con lo peligroso. Muchos animales, en particular los mamíferos terrestres, se guían por el olfato para determinar lo que deben o no deben comer. Es probable que el humano primitivo privilegiara también lo olfativo para saber si podía o no ingerir algún alimento, si una determinada sustancia podía resultar peligrosa o incluso letal en el caso de comerla. Erguido ya sobre sus dos piernas, el olfato fue paulatina pero rápidamente —en términos evolutivos— relegado y postergado ante otros sentidos, como la vista o el oído: lo visual y lo auditivo permitían entonces percibir los peligros y la presencia de alimento a distancia, y la posterior adquisición del fuego mermaría de manera considerable no sólo la amenaza de intoxicación, sino también la pestilencia de aquello que antes debía ingerirse crudo. Si lo asqueroso puede ser peligroso, la lectura posible desde la neurosis (tanto para la neurosis obsesiva como para la histeria y la fobia) relaciona lo potencialmente peligroso con lo tentador, aquello factible de satisfacer una moción de deseo antiguamente reprimida, y que se ha de mantener a distancia para preservar al sujeto de la angustia que desprende su proximidad.

El relegamiento de lo olfativo separó también al humano de la cercanía de los genitales ajenos. Ahí bien podría radicar una parte del horror del neurótico obsesivo ante la visión de los órganos sexuales externos del otro: el asco se erige entonces como una barrera con el propósito de eludir el recuerdo de la propia animalidad [17]. Lo que Freud atribuye a la educación en el recorrido necesario para la sofocación pulsional del perverso polimorfo que es todo cachorro humano [12], en el caso del obsesivo alcanza un grado superlativo por la fuerza que adquiere uno de los tres «diques psíquicos» que se erigen como contención del deseo: el asco predomina, por encima de la moral y la vergüenza, hasta alcanzar las más altas cotas. Es por eso que los niños, antes de que la educación haga su efecto sobre ellos, sienten poco o ningún asco ante asuntos que a los adultos nos echarían para atrás por su repugnancia; ocurre también con ciertos estados psicóticos, en los que el asco ante las deposiciones y la suciedad en general merma de manera considerable, hasta llegar a desaparecer por completo en ocasiones. Por lo tanto, el refrenamiento de lo pulsional que empuja al humano a gozar con lo asqueroso estaría en relación no sólo con el influjo de la cultura, sino sobre todo con la rebaja o directamente con la ausencia de la represión [17]. El asco adquiere un papel destacado como barrera para que actúe la represión sobre lo olfatorio, el ámbito de irrupción más temprana en la vida pulsional del nacido inter faeces et urinam[7]; cuando la represión es fallida nos hallamos ante determinadas manifestaciones de la perversión, en las que el olor de algunos objetos —los excrementos para el coprófilo, el pie o los cabellos para el fetichista— adquiere un papel importante.

El niño y el loco serían una forma de protohumano. Pero hay incluso personas que han hecho de lo asqueroso virtud, como es el caso de algunos santos bebedores de pus y otras excreciones generalmente consideradas asquerosas; ¿de qué estaríamos hablando entonces? ¿De superhumanos, de personas que, después de establecida la represión o la sublimación de las pulsiones han logrado volver atrás para impulsarse por encima de sus propios diques psíquicos, en un salto asistido por la fuerza libidinal de la entrega amorosa a Dios? Nos detendremos aquí, por temor a alejarnos demasiado de la senda que pretende recorrer este trabajo.

6. Cómo se estructura el ámbito de lo asqueroso

Son muchas las referencias a los pares de opuestos en la obra freudiana: amor-odio (a la que opone la indiferencia), actividad-pasividad, sadismomasoquismo y tantas otras. El ámbito de lo asqueroso también se estructura en torno a pares de opuestos: inorgánico-orgánico, vegetal-animal, humano-animal, nosotros-ellos, yo-tú, exterior-interior, seco-húmedo, fluido-viscoso, rígido-flexible, deslizante-pegajoso, inerte-serpenteante, líquido-cuajado, vivo-muerto (descompuesto), salud-enfermedad, belleza-fealdad, e incluso algunos que pueden parecer incapaces de generar asco, como arriba-abajo, derecha-izquierda, helado/caliente-fresco/templado, recogido-suelto, moderado-excesivo, uno-muchos (por ejemplo: un gusano frente a cientos de gusanos). No todos los términos que aparecen en primer lugar son inmunes a la percepción del asco ni los que aparecen en segundo término se consagran exclusivamente a él, sobre todo cuando se trata de la oposición entre animal y humano [17]. Para el caso que nos ocupa, el del neurótico obsesivo, adquiere especial relevancia el par de opuestos yo-tú (y, por extensión, el nosotros-ellos), es decir, el que va del sí-mismo a lo ajeno, esa distancia que determina el territorio de lo íntimo y de lo privado. El mismo olor que toleramos y hasta es posible que nos agrade en nosotros resulta repelente en la alteridad.

Sabemos que el neurótico obsesivo tiene poderosamente erotizado el pensar. Podríamos decir que está enfermo de pensar. Ya hemos dicho que lo que se huele (a diferencia de lo que se palpa, lo que se ve o lo que se gusta) no da tiempo al pensamiento reflexivo, ya que es invasivo en su poder evocador. Los procesos de pensamiento del obsesivo poseen una carga libidinal que, por un lado, lo demoran ante cualquier acción y, por otro, adquieren para él una fuerza profética: muchos obsesivos creen que por el mero hecho de haber pensado algo ese algo se haría realidad (de ahí que, para protegerse de sus pensamientos de aniquilación y destrucción, desplieguen después un sinnúmero de acciones y rituales que resultan absurdos para el observador, pero que a ellos los tranquilizan, porque calman su angustia). Es posible conjeturar que cuando el obsesivo piensa algo relacionado con los olores que lo envuelven, eso que ha olido, sin mediación de la reflexión, conforme en gran medida el mundo que habita. «Órgano de ideación[8] y sentido olfativo están al servicio de la función de realidad», dice Ferenczi en Thalassa. Ensayo sobre una teoría de la genitalidad [8]. En esa obra considera que existe una marcada analogía entre el funcionamiento olfativo y la ideación, «que puede ciertamente estimarse la olfación como el prototipo biológico de la ideación.[9] El animal que olfatea, «saborea» porciones mínimas del alimento antes de decidirse a absorberlo; del mismo modo, el perro olfatea el órgano sexual de la hembra antes de confiarle su pene. ¿Y cuál es, pues, según Freud, la función del órgano de ideación? Una tentativa de acción con un gasto mínimo de energía. ¿Y la atención? Una exploración voluntaria y periódica del mundo exterior mediante los órganos de los sentidos, donde el órgano de percepción no transmite a la conciencia más que pequeños fragmentos de la excitación externa. Órgano de ideación sentido olfativo están al servicio de la función de realidad, ya se trate de la función egoísta o de la función erótica.

Función egoísta y función erótica, dice Ferenczi en esta traducción. Podríamos leer pulsiones de autoconservación y pulsiones sexuales, de acuerdo a la terminología freudiana. En cualquier caso, viene a decir que el olfato, como los otros órganos de los sentidos, se pone al servicio de la interpretación de la realidad, que la percepción del mundo a través de los olores determina una manera de moverse en ese mundo. De aquí podemos extraer que, en el caso del neurótico obsesivo, todo aquello del mundo que le resulta ajeno (y una característica de la neurosis obsesiva es su eficacia asocial) es, sin medias tintas, sencillamente asqueroso.

7. El asco moral

También lo ajeno puede generar en el obsesivo un tipo particular de asco: el asco moral, que no debe confundirse con el desprecio, ya que no son equivalentes. «Su olor me ofende y me preocupa a nivel social, porque la desluce, y al final acaba por darme asco», decía nuestro paciente; quizás se trata de una inversión: el otro me despierta asco moral, me preocupa su imagen social, y finalmente acaba por resultarme asqueroso también su olor corporal, el de esos genitales que huelen mal aunque no huelan mal, pero basta con que esto sea así para mí, porque así lo determina mi órgano de ideación (para seguir con la terminología manejada por Ferenczi).

Al obsesivo le repele y le asquea todo aquello que no forma parte de sí mismo y de su mundo, atrapado como está en una ambivalencia afectiva que se le manifiesta en la conciencia con gran nitidez. Los otros son para él, por decirlo así, seres imperfectos, borrones vivientes que no merecen su consideración, aunque pueda incluso llegar a amarlos por la misma razón que al principio ama el niño: por necesidad.[10] El tipo de asco que alimentan la estupidez o cualquier servidumbre moral destruye el deseo y, ante la mirada del obsesivo, anula cualquier posibilidad de reivindicar la virtud de la persona juzgada estúpida o abyecta en algún sentido.[11] El asco, el desprecio por lo asqueroso del otro, ayuda a generar (definir) el carácter, colabora para que el asqueado adquiera una superioridad moral, aun en asuntos triviales, de la vida cotidiana, que pueden resultar hasta burlescos: es todo eso que conforma las tan conocidas manías del neurótico obsesivo, manías de corrección, de orden e higiene extremos, un ramillete de rasgos que configuran una especie de comedia deliberada, una mofa de uno mismo, a no ser porque uno mismo es miope y hasta ciego frente a ellas [17]. Y ya sabemos que la superioridad moral es una rica fuente de alimento para el superyó, a quien el yo del neurótico obsesivo se somete con particular mansedumbre. De ahí que sentir asco por uno mismo, aun cuando puede parecer una contradicción frente a lo antes aseverado, también sea posible para el obsesivo: no sólo el otro huele mal por mostrar alguna tacha moral, sino que es él mismo quien puede llegar a despreciarse mediante algún hedor (a heces, a sangre menstrual, a sudor pestilente, a flujo vaginal) solo perceptible por él, en una traducción del asco moral al lenguaje de lo olfativo.

8. El olor en la consulta (bis)

Llegados a este punto, después del recorrido algo sinuoso que nos ha conducido hasta aquí, aparecen ante nosotros más interrogantes que respuestas concluyentes. En virtud de la notable presencia que el mundo de los olores y el ámbito de lo asqueroso muestran en la vida de la mayoría de los seres humanos, la pregunta sobre qué hacer con ello en nuestra tarea clínica se impone por derecho propio. Si uno de los objetivos del psicoanálisis es traer a la conciencia lo inconsciente reprimido para, a partir de allí, conseguir que el sujeto deje de repetir su síntoma, produzca sus recuerdos y reelabore las resistencias que le impiden avanzar en el análisis, la evocación olfativa no puede ser menospreciada. El sinnúmero de asociaciones que el recuerdo de un aroma facilita de manera casi instantánea, la vía regia que es capaz de trazar entre el presente amnésico y un pasado preñado de reminiscencias, estas mismas posibilidades piden paso hacia una clínica que deje de menospreciar lo pulsional relacionado con lo oloroso como si de una materia de la que es necesario apartarse se tratara.

9. Agradecimientos

A mis colegas y compañeros Josep María Blasco, Silvina Fernández, María del Mar Martín y Olga Palomino, por ser ellos el marco analítico, profesional y afectivo que hace que acontezcan ideas y desarrollos. A Juan Carlos de Brasi, a quien debo buena parte del enfoque y el título de este ensayo, además de la orientación para dirigir mi búsqueda hacia la antropología, que se me ha presentado como un caudal de información apasionante y esclarecedora en muchos aspectos. A la doctora en antropología Camila Del Mármol por sus recomendaciones bibliográficas. A Eva Rodríguez, por su confianza, su estímulo, sus puntillosas correcciones y su habilidad en la búsqueda de documentación online.

Barcelona, enero-abril de 2015

Referencias

[1] Diane Ackerman. Una historia natural de los sentidos. Barcelona: Anagrama, 1992.
[2] Jöel Candau. «El lenguaje natural de los olores y la hipótesis Sapir-Whorf». Revista de Antropología Social, 2003.
[3] Ernest Cassirer. La philosophie des formes symboliques 3. La phénoménologie de la connaissance. Paris: Les Éditions de Minuit, 1972.
[4] Flora Chade. Aportes para una comprensión psicoanalítica del olfato. La fase oral-olfatoria. Buenos Aires: Editorial Proa XXI, 2005.
[5] Constance Classen. «Foundations for an Anthropology of the Senses». International Social Science Journal, 1997.
[6] Constance, Classen, D., Howes, A., Synnot. Aroma.The Cultural History of Smell. London: Routledge, 1997.
[7] Héctor Enríquez. «La categorización de los olores en totonaco». México: Dimensión Antropológica, año 11, vol. 30, 2004.
[8] Sándor Ferenczi. Obras Completas, vol. iii. Madrid: Espasa Calpe, 1927.
[9] Sigmund Freud. Cartas a Wilhelm Fliess (1887-1904). Buenos Aires: Amorrortu, 2008.
[10] Sigmund Freud. «La negación (1925)». En Sigmund Freud Obras Completas, vol. xix El yo y el ello, y otras obras (1923-1925). Buenos Aires: Amorrortu, 1984.
[11] Sigmund Freud. «Rasgos arcaicos e infantilismo del sueño». En Sigmund Freud Obras Completas, vol. xvi: Conferencias de introducción al psicoanálisis (Parte III) (1916-1917). Buenos Aires: Amorrortu, 1984.
[12] Sigmund Freud. «Tres ensayos de teoría sexual». En Sigmund Freud Obras Completas, vol. vii: «Fragmento de análisis de un caso de histeria» (caso «Dora»), Tres ensayos de teoría sexual, y otras obras (1901-1905). Buenos Aires: Amorrortu, 1984.
[13] David Hume. Investigación sobre los principios de la moral. Madrid: Alianza Editorial, 1751.
[14] Tim Inglod. Key Debates in Anthropology. London and New York: Taylor & Francis e-Library, 2005.
[15] David Le Breton. El sabor del mundo. Una antropología de los sentidos. Buenos Aires: Nueva Visión, 2007.
[16] Bruno Lutz. Los sentidos de la existencia ordinaria: de la percepción a la alimentación. México: Argumentos, Estudios Críticos De La Sociedad, 21, nº 57.
[17] William I. Miller. Anatomía del asco. Madrid: Santillana, 1998.
[18] Fabián Ortiz. ¿A qué huele una pulsión?. En Textos para pensar, 2013. EPBCN Ediciones, 2017.
[19] Pinker Steven. L’instinct du langage. París: trad. del inglés por Marie-France Desjeux, O. Jacob, 2013 [1994].


Notas

1 La hipótesis original fue formulada por Edward Sapir y Benjamin Lee Whorf, siendo éste, discípulo del primero, quien tomaría las teorías de su maestro para desarrollarlas a lo largo de la década de 1940. 
2 El principal impulsor del «mentalés» es el filósofo estadounidense Jerry Fodor. 
3 Entre la Edad Media y la modernidad desaparecieron conceptos sensoriales tradicionales como el olor de santidad y aparecieron nuevos como la verdad fotográfica [6]. 
4 Merma considerable o carencia de la capacidad olfativa. 
5 Profesor del Departamento de Neurociencias de la Universidad de Cardiff (Reino Unido). 
6 Aunque también valdrían calificativos como «imperfecto», «tarado», «defectuoso» y similares. 
7 Entre heces y orina. 
8 Se refiere al cerebro. 
9 Las cursivas son mías. 
10 Y en el caso del neurótico obsesivo, para tener alguien a quien maltratar, aparte de sí mismo, con sus ceremoniales y autoexigencias rituales. 
11 «Los negocios, los libros, la conversación; un estúpido está completamente incapacitado para todo esto y, salvo que se le condene por su condición social a la más burda monotonía, sigue siendo una carga inútil sobre la tierra... Salvo el afecto de los padres, que es el lazo más fuerte y más indisoluble de la naturaleza, no existe otra relación que tenga la fuerza suficiente para soportar el asco que provoca este carácter. Incluso el amor, que puede sobrevivir a la traición, la ingratitud, la maldad y la infidelidad, se extingue ante ese carácter cuando se percibe y se reconoce» [13]. 

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