Textos para pensar


El carácter como contribución a la rigidez física

Fabián Ortiz [CV]

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«El carácter es para el hombre su demonio»
Heráclito


«Hay muchas variedades de psicoterapia, y muchos caminos para aplicarla. Todos son
buenos si llevan a la meta de la curación
»
Sigmund Freud


1. La escucha sí, pero también la mirada

El psicoanálisis comenzó siendo una «talking cure», una cura a través de la palabra que hasta entonces le había sido negada o retirada a los pacientes considerados enfermos mentales.[1] Sigmund Freud y Josef Breuer rompieron los esquemas tradicionales y comenzaron a escuchar a las histéricas que acudían a sus consultas con la intención de librarse de sus espantosos síntomas. Esa manera de actuar por parte de los médicos —que perseguían un efecto de abreacción o catarsis, en el que el recuerdo recuperara el monto de afecto que le correspondía— supuso un punto de inflexión en el tratamiento de las afecciones psíquicas y colocó la primera piedra para el desarrollo posterior del psicoanálisis tal como hoy lo conocemos.

Sin embargo, algo parece haberse perdido en el camino.

Lo dicho en una sesión tiene preeminencia. Los analistas trabajamos con el lenguaje. El poder de las palabras señala el camino en la dirección de la cura. Analizante y analista se las tienen que ver con un universo significante. Etcétera. De esta especie de catecismo psicoanalítico son rescatables muchas verdades contrastables en la clínica, tantas como descartables son otras muchas por toparse con un límite que es pura limitación: en el trabajo con pacientes hay un universo que excede al de la palabra. Tiene que ver con aquello que no se dice pero que también es un observable, y muy útil para dirigir la cura.

Un paciente que llega cabizbajo, pero que nada más cruzar el umbral de la consulta adopta una actitud altanera, petulante, para recuperar aquella pose al marcharse. Otro que presenta una respiración agitada cada vez que se refiere a un asunto concreto. Otro que retuerce las manos sobre el regazo. Otro que suda copiosamente, víctima del nerviosismo. Otro que se tumba en el diván completamente rígido, como una tabla o como si descansara en un ataúd. Otro que cruza las piernas y los brazos, para permanecer así hasta que escucha que se ha terminado el tiempo. Otro que se sienta sobre sus talones… Interpretar todo este material, no sólo lo que el paciente dice con palabras, es una actividad que, poco a poco, de manera progresiva, muchos psicoanalistas han ido dejando de lado. Acaso por desconocimiento, acaso por la incomodidad que lleva implícito ese ejercicio de articulación entre cuerpo y lenguaje, que es generador de una tensión constante.

El asunto abre, entre otros posibles, un debate acerca de lo que —al tomar en cuenta el material visible y operar en relación con él— cae en el campo psi y lo que pasa al terreno de lo que sería ya una clínica médica, siempre más preocupada por lo que es capturable por la vista (desde las vivisecciones hasta las tomografías axiales computarizadas, pasando por las radiografías, la observación microscópica, las ecografías o las endoscopias) que por lo que el paciente dice que le aqueja.[2] Si es cierto que un cuerpo no puede ser pensado sin palabras, no lo es menos que el campo significante es incapaz de dar cuenta de todo aquello que supone un cuerpo si no se rompe con la idea de que ese cuerpo sería el producto de una amalgama entre psique y soma. Abandonar esta dualidad y poder pensar al sujeto del análisis como un devenir en el que también hay un cuerpo, sin caer en la mera terapéutica corporal —lo que supondría ir a parar a un casillero distinto al del psicoanálisis—, es un horizonte al que resulta deseable perseguir, aun con la íntima convicción de que, como tal horizonte, se alejará un poco a cada paso que demos.

Por lo tanto, la escucha sí, pero también la mirada como proveedora posible de alguna verdad que el sujeto trae aunque no esté en lo discursivo.

 2.  El carácter: de la rigidez psíquica a la corporal

Términos como «carácter», «personalidad» o «temperamento» parecen remitir a lo mismo en el habla popular, e incluso en ciertas ramas de la psicología; no así en el campo del psicoanálisis, donde Freud relacionó el carácter directamente con la resolución del complejo de Edipo, además de trabajar algunos tipos de carácter que con una cierta regularidad se iba encontrando en su trabajo terapéutico.

El carácter, en el uso coloquial, señala una manera de ser-y-estar-en-el-mundo, atravesado y sustentado como está por frases del tipo «Fulano tiene mucho carácter» o «Pepito tiene un carácter fuerte» o «Juanita es de carácter débil». También es común la expresión «¡eh, qué carácter!», lanzada contra alguien que muestra una actitud que nos desagrada.

Según algunas definiciones del Diccionario de uso del español de María Moliner, carácter es «característica o peculiaridad; manera de ser que distingue a una cosa o una persona de otras»; «manera de ser de una persona, con referencia a su actitud y reacciones frente a la vida en general y en su trato con otras: “Una persona de carácter abierto”»; «cualidad de la persona que se mantiene firme en su línea de conducta y es capaz de dirigir a otros. Energía, entereza, firmeza»; «conjunto de rasgos bien definidos en la manera de ser o de actuar de alguien, particularmente un artista, o en su estilo».

Lo que se repite, de ahí que debamos tenerlo en cuenta, es la expresión «manera de ser». O sea, que el significado de «carácter» tiene una estrecha relación con «el ser»; de acuerdo al carácter, uno «es» de una manera o de otra.

Y para el psicoanálisis, ¿qué es el carácter? No son muchas las referencias que Freud hizo sobre él. Carácter y erotismo anal y Algunos tipos de carácter dilucidados en la labor analítica son dos de los pocos textos donde «carácter» aparece mencionado en el título. Sin embargo, la formación del carácter tiene una importancia fundamental en la constitución de la personalidad psíquica, y derribar una coraza caracterológica puede llevar años de análisis, sin garantía alguna de éxito, todo sea dicho. «Lo que llamamos el carácter de un hombre está constituido en buena parte por el material de las excitaciones sexuales, y se compone de pulsiones fijadas desde la infancia, de otras adquiridas por sublimación y de construcciones destinadas a sofrenar unas mociones perversas, reconocidas como inaplicables. Así, en la disposición sexual universalmente perversa de la infancia puede verse la fuente de una serie de nuestras virtudes, en la medida en que, por vía de la formación reactiva, da el impulso para crearlas”.[3]

Si apelamos al Diccionario de psicoanálisis, tenemos que «la noción freudiana de carácter deriva de la doble hipótesis del psicoanálisis sobre la supervivencia de una organización pulsional pregenital y el destino asignado a esa formación en la historia del sujeto».[4] El carácter, podemos afirmar, es el heredero del complejo paterno (tras la resolución o destrucción del complejo de Edipo), y su formación es independiente de si la educación del niño fue muy rígida o muy laxa, porque de lo que se trata es de lo que ocurre en ese vector y de la crueldad que en sí mismo posee el superyó para lanzarse contra el yo en forma de prohibiciones, admoniciones, persecuciones y generación de culpabilidad.

Así, aquella «manera de ser-y-estar-en-el-mundo» a la que parece aludir el saber popular está a la vez tan cerca y tan lejos del «ser esencial» del sujeto que posee el doble filo de una peligrosa arma blanca: por un lado, el carácter se ha forjado al calor de las identificaciones con aquellos primeros objetos amados, lo que en sí mismo puede ser leído como una enajenación; por otro, el sujeto lo lleva encima como una tarjeta de visita que lo representa —así lo cree— mejor que nada ni nadie, foto-fija o fosilización de una forma de presentarse ante los demás derivada de las defensas yoicas. La rigidez caracterial psíquica suele llevar de la mano a otra rigidez, la corporal, como expresión somática de aquélla, sedimentación también ésta de lo vivido y sufrido en los primeros años del desarrollo.

La coraza caracterológica es una construcción que el sujeto realiza a partir del material adquirido en la infancia, y supone un continuo regreso —cuando no un anclaje— a los puntos de fijación, aquellos donde la libido se desplegó para gran satisfacción de la pulsión del niño. De ahí la constitución férrea, granítica, de puro bloque que presenta la coraza del carácter, que, vista desde otro ángulo, en realidad es el resultado de un conflicto, una lucha, una defensa para poder conservar algo precioso, un tesoro infantil como pudieron ser aquella primera pelota o aquel muñeco tan amado.

Abordar el tratamiento de pacientes neuróticos sin tener en cuenta las formaciones del carácter y su contribución a la rigidez física sigue siendo hoy, más de un siglo después del nacimiento del psicoanálisis y de los primeros ensayos de una articulación entre el abordaje de lo psíquico y lo somático, motivo de debate en el campo psi. Desde analistas que parecen negar la existencia de un cuerpo[5]—que no es el organismo, sino el cuerpo derivado del psiquismo— hasta terapeutas abiertos a todo tipo de mixturas más o menos atrevidas, un amplio abanico se despliega cada vez que se intenta una aproximación a lo corporal en el campo de la psicología profunda.

Una clínica que no incluya este interés por lo corporal estará lejos de lo que propone: dar cuenta de lo que ocurrió en el acto, intentar comprender aquello que surgió de la práctica. En tiempos donde los pacientes presentan cada vez menos dilemas morales y, quizás como trueque, traen a la consulta malestares o, directamente, desafíos como bulimia, anorexia, síndromes variados, flirteos con el sida, dolores corporales, adicciones multicolores, eyaculación precoz, anestesia vaginal, lumbago crónico, crisis de ansiedad y una plétora de otros síntomas somáticos, parece harto difícil desanudar esa complejidad sin inclinarse[6] para observar qué hacen, más allá y más acá de la constelación significante en la que se hallen enmarcados.

El ramillete de reacciones psíquicas y corporales que el paciente introduce en la terapia suele contar con un origen particular, que se remonta a aquellos años infantiles y es necesario comprender para desvelar qué los originó; a partir de este saber, que se irá adquiriendo con el despliegue del tratamiento, y sólo a partir de él es posible proceder al análisis del carácter. Porque aun cuando el sujeto que llega a la consulta manifieste su deseo y hasta su decidida intención de cambiar eso que reconoce como un lastre para su vida, como una pesada losa con la que carga desde hace años, muy pronto el terapeuta verá que el deseo y la actitud decidida dejan paso a todas las tretas necesarias para evitarse el doloroso trabajo de aprender a conocerse, lo que equivale a erosionar primero y derribar después la coraza de su a la vez odiado y estimado carácter.

Esas tretas, las diversas trampas que el sujeto utiliza desde niño para hacer frente a su vida afectiva —como refrenar la agresividad, la rabia, la excitación o el placer—, se ajustan a la vez a los mandatos familiares, de la sociedad y de la cultura. «Los niños no lloran», «deja ya de correr, que molestas», «las niñas se sientan con las piernas cerradas», «no grites», «quédate quieto», «eres tonta»; frases que pueden escucharse en cualquier hogar o escuela, provenientes de padres, abuelos, tíos, cuidadores o maestros, dirigidas a pequeños seres humanos que aprenderán así a no llorar (o a llorar en privado o sólo un poco), a no correr, a no sentarse (ni sentirse) de forma confortable, a hablar tan bajo que ni se les escuche (o a enmudecer en presencia de otros), a no moverse (o a hacerlo de forma torpe e inarmónica), a negarse el acceso al mundo del conocimiento, a no disfrutar con el juego, a respirar de manera angustiada (lo que equivale a no saber respirar), a reducir su campo vital a aquello que creen que los demás esperan de ellos. La rigidez corporal, la anestesia, la tensión innecesaria, son sólo algunas consecuencias directas derivadas de esa forma de adaptación al dictado de los demás.

Los bloqueos musculares y los emocionales guardan una correspondencia, la coraza muscular destinada a proteger al sujeto lleva de la mano una coraza caracterial; otra vez, psique y soma demuestran que no existe el uno sin el otro, desmienten la dualidad tan querida por el pensamiento occidental. Ambas corazas presentan puntos de contacto, como si a cada rasgo del carácter le correspondiera un anclaje en lo corporal. Así, la forma de hablar, la expresión del rostro o la corporal dicen del sujeto tanto o más de lo que él mismo sea capaz de expresar con su decir.[7]

Corporalidad y vida afectiva están estrechamente ligadas, y así como los diques psíquicos impuestos por la educación y la cultura aportan el material con el que se erigen las corazas, el desbloqueo se hace posible a través de un análisis del carácter que incluya la observación de lo que se expresa más allá y más acá de las palabras.

 3. Reich, la coraza y lo irreductible

Así como es posible curarse de una cardiopatía pero resulta imposible curarse de tener circulación sanguínea, las cosas funcionan de manera similar cuando hablamos del carácter: se puede transformar una caracteropatía, pero es ineliminable el poseer un determinado carácter. De la misma manera, la coraza caracteromuscular es útil en cuanto protege al sujeto de estímulos del exterior que percibe como peligrosos o amenazantes, pero a la vez lo protege de sí mismo, de su interior, de una vida afectiva que no sabe cómo encauzar para tener una salud. La coraza, aunque se perciba como algo pesado, provee de un cierto equilibrio, de ahí que en cuanto aparecen las primeras noticias desagradables en la terapia el paciente quiera abandonarla y volver a refugiarse tras su muro de protección.

No se trata de destruir la coraza caracterial, sino de aprender de qué materiales está hecha (rehistorizando la vida del paciente), qué sentido tiene (está ahí por un buen motivo, como cualquier síntoma) y qué consecuencias positivas comportaría el poder aligerarse de su carga (aprender a vérselas con los desarrollos de angustia, a afrontar el sufrimiento o incluso el placer sin necesidad de buscar refugio tras la barrera de su carácter).

Esta tarea, que tan pocos pacientes se deciden a realizar o disponen del valor y la paciencia que requiere, sólo es encarable dentro de un proceso psicoanalítico que no lateralice la trabazón entre carácter y cuerpo. Hacer más flexible la coraza conlleva que pueda reactivarse de forma espontánea cuando sea necesario, sin que aparezca como un parapeto que impida hacer una vida en la que amar y trabajar sean objetivos alcanzables.

Un pionero en el análisis del carácter fue Wilhelm Reich, quien formó parte de la Sociedad Psicoanalítica de Viena[8] y mantuvo una relación cálida con Freud hasta que diferencias notables en la concepción de la teoría y en la terapéutica los llevaron por caminos divergentes, hasta el punto que Reich dejó de llamar psicoanálisis a su actividad posterior. En su trabajo con pacientes y en sus desarrollos teóricos Reich defendió que los seres humanos poseemos un carácter, una personalidad integral, que es individual, diferente en cada uno de los casos e irreductible. Consideraba que no es posible cambiar ni modificar el carácter, sino sólo analizarlo y acaso también —como hace el psicoanálisis con el malestar y el padecimiento— elaborarlo para transmutarlo o para reducir sus efectos negativos.

En su famosa obra Análisis del carácter (1927-1929) Reich ya señalaba la importancia de tomar como material de trabajo el modo de comportarse del paciente en la sesión. Que siguiera la regla fundamental sería lo ideal,[9] pero ¿qué hacer cuando el paciente no habla, enmudece angustiado durante largo rato o llora en silencio? La pregunta de Reich no es baladí, y aún hoy habrá quien se incline por esta u otra manera de proceder.[10] Sin embargo, su propuesta era hacer una relectura de la idea freudiana de no interrumpir al paciente en su discurrir analítico: esto sería así siempre y cuando el progreso de la terapia fuera en la dirección de una curación, pero no cuando la actitud del paciente jugara a favor de las resistencias al análisis, ya que el carácter es, esencialmente, un mecanismo de defensa narcisista, una alteración crónica del yo.

Las resistencias caracterológicas resultan más difíciles de vencer porque, a diferencia de lo que ocurre con el síntoma, que resulta carente de sentido incluso para el propio padeciente, el carácter se presenta recubierto de una racionalización tan cerrada que no aparece como patológico. El carácter sería, así, lo patológico que al sujeto no le molesta («yo soy así»). En este punto se parece al perverso, donde el carácter sería una forma de goce, siempre igual, siempre asegurado. La complejidad del rasgo de carácter en comparación con la formación del síntoma hace que el sentido y el origen de aquél se sitúen muy lejos de cualquier posibilidad de acceder a la conciencia. Esto se debe a que cada rasgo individual de carácter, cada marca, cada inscripción, ha necesitado de años para su formación, lo mismo que su contribución a la construcción de la coraza.

Esta coraza caracterológica posee una finalidad económica muy concreta: protege al sujeto contra los estímulos exteriores, a la vez que lo defiende de los estímulos libidinales internos. Las energías eróticas y sádicas se consumen en formaciones reactivas neuróticas, en intentos de compensación (homeostasis) y en otros síntomas. El análisis aparece como una amenaza para el equilibrio obtenido por la vía neurótica, de ahí que las resistencias caracteriales resultan con mucha frecuencia un obstáculo insalvable para el terapeuta.

La resistencia caracterial, tal como la concebía Reich, no se muestra en el contenido del material que el paciente aporta a la sesión, sino en ese otro observable que es su comportamiento en general: su forma de hablar, de moverse, en la expresión del rostro, en las actitudes de burla, altanería, socarronería, cobardía, amabilidad, censura, desafío… El carácter desempeña el mismo papel en la vida cotidiana que en la terapia, es un mecanismo de defensa, de ahí que lo específico de la resistencia caracterial no es lo que el paciente dice sino cómo lo dice y cómo actúa. Así se ahorra, tanto en el marco de la sesión como fuera de él, una cuota de displacer, a la vez que preserva un equilibrio psíquico y consume parte del monto libidinal reprimido.

La coraza caracterológica es el producto de determinadas condiciones sociales y culturales y de su influencia sobre la sexualidad infantil (un conflicto sexual y sus maneras de resolverlo). Un cambio en las condiciones sociales producirá otro tipo de carácter o de coraza, donde están unidos lo reprimido y lo represor.

Reich incluía en su cuadro del análisis caracterial la energía vegetativa:[11] comenzó a tener en cuenta una unidad cuerpo-psique, donde el psiquismo acaba padeciendo las consecuencias de la estasis de aquella energía básica del cuerpo, como si se tratara de una materialización de la libido.

A partir de un cierto momento, apoyado en la creencia de una satisfacción sexual por la vía genital, Reich se encamina a investigar y trabajar con las fuentes energéticas en el cuerpo, lo que supone un giro teórico y en la terapéutica. Así, se irá produciendo un pasaje de la coraza caracterológica a la coraza muscular, de la cura por la palabra al trabajo sobre el cuerpo y de éste al trabajo con la energía orgónica.[12]

«En el análisis del carácter encontramos la función de la coraza también bajo la forma de actitudes musculares fijadas crónicamente. La identidad de estas funciones puede comprenderse sólo a base de un principio: la coraza de la periferia del sistema biopsíquico», afirma Reich.[13] Y enseguida va a hablar de una identidad funcional entre la coraza caracterológica y la hipertensión muscular: «Todo aumento de tono muscular en dirección a la rigidez indica que ha sido ligada una excitación vegetativa, una angustia o la sexualidad». Esto señala el lugar donde se produjo un bloqueo afectivo.

Reich afirmó que la coraza muscular se divide en siete áreas o sectores que forman anillos alrededor del cuerpo en su correspondiente área, y en ese anillo la energía permanece estancada. Las áreas se corresponden con Ojos, Boca, Cuello, Pecho, Plexo Solar, Cintura o Pelvis y Genitales.[14] Con el fin de analizar estos anillos o áreas en cada paciente para intentar su desbloqueo, Reich comenzó a introducir la manipulación física en su terapia, a través de masajes, movimientos corporales, la emisión de frecuencias sonoras y otros ejercicios. Ese fue, quizás, el salto con el que salió del casillero del psicoanálisis para, definitivamente, dejarse caer en otro campo distinto.

Más allá de la posible confusión entre lo que difiere entre un cuerpo y un organismo —y aquí estamos en la función de la palabra como constituyente de ese cuerpo que no es el cuerpo hecho de células, tejidos, tendones y demás—, resulta interesante subrayar que Reich percibió algo límite en materia de una terapéutica: que si bien es cierto que lo dicho y lo no dicho crean una realidad interior y exterior en la que se instala el sujeto, también hay una realidad corporal que posee un grado de influencia equivalente en los procesos psíquicos, y que sin una labor específica sobre esta otra realidad, sin una intervención sobre el cuerpo del paciente, determinadas vías de asociación, ciertas formas de pensamiento y algunas manifestaciones del inconsciente resultarán inaccesibles para el análisis. Y aquí es donde las resonancias entre lo trabajado por Reich y una disciplina como es el seitai resultan de gran interés para el campo analítico.

4. Seitai, otra forma de pensar al ser humano

La expresión japonesa «seitai» equivale a decir «el cuerpo que se autorregula». Haruchika Noguchi fue su fundador en Japón, y él estableció el concepto «taiheki», que en una traducción burda podría entenderse como «aquello que el cuerpo tiene tendencia a hacer», como un hábito. El introductor del seitai en Catalunya fue Katsumi Mamine, hace más de 30 años; en una obra suya, El cuerpo es… Un concepto del seitai,[15] se basan los posteriores desarrollos.

El seitai centra su práctica en la observación de la manifestación del movimiento espontáneo y en la capacidad del cuerpo para autorregularse. Lo que nos interesa destacar en este caso es otra capacidad, ya apuntada unos párrafos arriba: la de abrir nuevas puertas a la emergencia de lo inconsciente mediante la manipulación del cuerpo.

«¿Qué es tener ilusión? Vibrar por algún motivo. ¿Qué es lo que vibra? Tanto la psique como el cuerpo. Cuando el cuerpo está contraído, es decir, posee poca amplitud de tensión y distensión, es difícil forjarse ilusiones, por más motivos que haya. Por otro lado, si el cuerpo está flexible, o sea, si su movimiento es amplio y espontáneo, los alicientes nacen de la nada, ya que vuela la imaginación. Podríamos citar innumerables ejemplos de semejantes mecanismos. Cuando se acumula tensión en la zona de la boca del estómago (“Tengo aquí como una bola que no me deja respirar”), sentimos irritación, preocupación o nos hace sufrir cualquier tontería. Por otra parte, la rigidez de cintura vuelve al hombre terco, obstinado, falto de decisión o del impulso necesario para realizar sus proyectos, etc. En resumidas cuentas, se acostumbra a estudiar la influencia de la psique sobre el cuerpo, pero no la del cuerpo sobre la psique».[16]Es decir, que desde la perspectiva del seitai, una determinada carga de tensión y su progresiva acumulación vienen a enmascarar la insensibilización del «deseo de la vida»[17] y la pérdida del movimiento autónomo, con consecuencias directas sobre la manera de percibir los afectos y de actuar en relación con el mundo exterior.

Algo del cuerpo antecede a los procesos de pensamiento: primero es la necesidad de movimiento y sólo después, la respuesta, sin mediación del pensamiento consciente; esto se parece bastante al proceso que sustenta la asociación libre, donde el sujeto se abandona a «una actitud particular de la atención, por entero diversa de la requerida en el caso de la reflexión».[18] Se pregunta Mamine: «¿De dónde nace la actividad consciente, psíquica, mental, etc., de la que tanto se enorgullece el ser humano? (…) De hecho, primero necesitamos movernos: inventamos entonces el tenis, el fútbol o lo que sea; sentimos el deseo de expresarnos y luego encontramos diversos modos de realizarlo; antes de reflexionar ya está despierta la actividad mental. Previo a toda actividad existe el deseo, que se canaliza en una dirección u otra según lo decida el gusto o disgusto (…) Es erróneo, por tanto, observar solamente al hombre bajo su faceta consciente, relegando su cuerpo al papel de mero soporte o herramienta de la mente. Porque todo comienza a partir de una célula, una célula que crece».[19]

También se fija el seitai en la acumulación de tensión por reacción refleja e instantánea ante los acontecimientos cotidianos. Dice Mamine: «(…) una tensión intensa ya está creada. Podemos convencernos y adoptar a posteriori toda clase de posturas racionales, pero la respuesta refleja es lo que es y sólo puede adoptar dos formas: la expansión o el encogimiento, hacia afuera o hacia adentro, la tensión o la distensión, la carga o la descarga, el “¡verá quién soy yo!” o el “pobre de mí…”». Esto guarda una relación, o al menos podemos encontrarla sin esfuerzo, con la concepción reichiana del «contacto [psíquico] sustitutivo», producto resultante de la lucha entre el deseo y la frustración; este conficto deriva en falta de autoestima y en la formación del contacto sustitutivo, llamado así por oposición al contacto vegetativo inmediato. Algunos ejemplos cotidianos de esta transacción podrían ser la risa demasiado estridente, el apretón de manos forzado, la afabilidad tibia, la ostentación narcisista de conocimiento superficial, la expresión carente de sorpresa o deleite, la adhesión rígida a determinados puntos de vista, la modestia ostentosa en la conducta, los gestos de grandiosidad en la conversación, la búsqueda infantil del favor de los demás, la jactancia sexual, la coquetería indiscriminada, la sexualidad promiscua y —desde el punto de vista de la economía sexual— nada sana, la conducta exageradamente altanera, la conversación afectada o exageradamente refinada, el comportamiento dictatorial o condescendiente, el exageradamente jovial, la conversación rígida, el comportamiento lascivo, la tendencia a la conversación sucia, el donjuanismo o el desasosiego.[20]

Mamine destaca también lo que él llama la «presión psicosomática», una tensión en la boca del estómago que no se percibe en el cuerpo, sino como inestabilidad psíquica, y que cuando desaparece se esfuma con ella la alteración psíquica que la acompaña, con manifestaciones como la ansiedad, la angustia o similares. «La inestabilidad del movimiento mental o los impedimentos a su fluir libre se resuelven generalmente cuando se relajan las zonas físicas correspondientes».[21]

Y podríamos cerrar esta superficial pero a la vez ilustrativa aproximación al seitai con una referencia de Mamine a las formaciones del inconsciente —aunque no lo llame así— como ligadas de manera estrecha al estado corporal: «Tanto la actividad consciente como la no voluntaria (la imaginación, las asociaciones de ideas, los recuerdos, los sueños, etc., y todo lo que emerge del subconsciente) están profundamente condicionadas por esta necesidad de activar las zonas correspondientes del cuerpo para que en ellas se produzca un ulterior relajamiento».[22]

 5. Qué debe saber un analista

Freud se mostró convencido de que un psicoanalista debe ser el hombre más culto de su tiempo. Aunque tal afirmación dejaría abierta la puerta para todo tipo de especulaciones y debates, en su artículo ¿Pueden los legos ejercer el psicoanálisis?,[23] cuando se refiere a la formación de los analistas, sostiene lo siguiente: «Si algún día se fundara una escuela superior psicoanalítica —cosa que hoy puede sonar fantástica—, debería enseñarse en ella mucho de lo que también se aprende en la facultad de medicina: junto a la psicología de lo profundo, que siempre sería lo esencial, una introducción a la biología, los conocimientos de la vida sexual con la máxima extensión posible, una familiarización con los cuadros clínicos de la psiquiatría. Pero, por otro lado, la enseñanza analítica abarcaría disciplinas ajenas al médico y con las que él no tiene trato en su actividad: historia de la cultura, mitología, psicología de la religión y ciencia de la literatura. Sin una buena orientación en estos campos, el analista quedaría inerme frente a gran parte de su material».

Reich, por su parte, también tenía una idea que, como mínimo, debería resultar inquietante para quienes tratamos con pacientes: «El psiquiatra [léase “psicoanalista”] que no ha estudiado las funciones bioenergéticas de las emociones tenderá a pasar por alto el organismo como tal, y a permanecer estancado en la psicología de palabras y asociaciones. No encontrará su camino hacia los antecedentes y orígenes bioenergéticos de todos los tipos de emociones».[24]

Ante asuntos como el que plantea esta ponencia, el interrogante se reabre: si es cierto, como afirman, entre otros, el creador del seitai y Reich, que el cuerpo posee una influencia directa sobre los procesos psíquicos, ¿de qué trabaja un analista que desconozca absolutamente este saber? ¿Puede resultar igual de eficaz para dirigir la cura aquel que sepa y reúna experiencia en prácticas corporales que un terapeuta que lo ignore todo al respecto? ¿Podrá, además de escuchar, observar de igual manera a sus pacientes el analista con una formación, aunque sea básica, en lo que dice el cuerpo que quien es ciego ante esa visión del material de trabajo? ¿Son posibles análisis tan peliagudos como el del carácter por parte de analistas desinformados de lo corporal?

6. Agradecimientos

En orden cronológico: a Eva Rodríguez y Ana Sáncer, por haber sido la primera escucha y por su feedback entusiasta; a Silvina Fernández y Olga Palomino por sus lecturas y comentarios siempre valiosos; a Mª del Mar Martín y José María Blasco, por sus correcciones y sugerencias.

Barcelona, 14-20 de abril de 2014


Notas

1 La situación continúa en el presente, según cuál sea el enfoque del tratamiento. Véase al respecto la psiquiatría promovida por el DSM (siglas en inglés correspondientes a «Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales») en sus variadas ediciones. 
2 Mi trabajo regular con personal perteneciente al sistema sanitario público catalán (ICS) me anoticia de que una de las principales reclamaciones de los pacientes gira en torno a la escasa o nula capacidad de los médicos de escuchar sus padeceres. 
3 Freud, S. Tres ensayos de teoría sexual, «Obras completas», Vol. VII, Amorrortu Editores (1905). En 1920 añadió: «Se ha podido establecer que incluso ciertos rasgos de carácter presentan relaciones con componentes erógenos determinados. Así, la obstinación, la parsimonia y el espíritu de orden pueden hacerse derivar de la actividad de la zona erótica anal. Una fuerte disposición uretral-erótica determina la ambición». 
4 Laplanche, J. y Pontalis, J-B. Diccionario de psicoanálisis, Labor (1994). 
5 Al respecto, véase la ponencia titulada Los psicoanalistas no tienen cuerpo, Josep Maria Blasco, presentada en las XIII Jornadas del EPBCN ‘Aperturas en psicoanálisis (II)’. 
6«Klinein», raíz griega de la que proviene «clínica», significa inclinarse o acostarse (Fuente: http://etimologias.dechile.net). 
7 Lo que no podemos asegurar en ningún caso es qué dice eso que dice una expresión facial o corporal, ya que estará entramado con la historia del sujeto. 
8 Donde, entre otras labores, fue el responsable de los seminarios de clínica psicoanalítica. 
9 Después, en realidad, casi ningún paciente se dedica a asociar libremente en las sesiones. 
10 Resulta muy interesante observar que ya por entonces Reich censuraba la supuesta «pasividad analítica» entendida como un limitarse a guardar silencio por parte del terapeuta o la idea de que el analista es «una pantalla en blanco», asuntos éstos que aún hoy, casi un siglo después, continúan siendo defendidos con vehemencia por ciertas corrientes analíticas. 
11 Sobre este punto encontramos una estrecha relación con la concepción que supone la base del seitai. Cf. al respecto el apartado 4 de este texto. 
12 Reich, W., op. cit.
13Op. cit.
14 La similitud con la teoría de los siete chakras, que es la base del yoga, resulta como mínimo llamativa. 
15 Mamine, K., autoedición, 1983. 
16 Mamine, K., op. cit.
17 Una referencia, ésta a la «vida», de resonancias freudianas, donde el creador del psicoanálisis oponía «vida» a «enfermedad». 
18 Freud, S., Premisas y técnica de la interpretación, «Conferencias de introducción al psicoanálisis», «Obras Completas», Amorrortu Editores, volumen XV. 
19 Mamine, K., op. cit.
20 Reich, W., op. cit. 
21 Mamine, K., op. cit.
22 Mamine, K., op. cit.
23 Freud, S., «Obras Completas», Amorrortu Editores, volumen XX. 
24 Reich, W., op. cit.

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